Daniel Samper Pizano
26 Febrero 2023 03:02 am

Daniel Samper Pizano

DUENDES CENSURADOS

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¡Fantásticos cuentos de duendes y hadas,
llenos de paisajes y de sugestiones
que abrís a lo lejos amplias perspectivas
a las infantiles imaginaciones!

Cuentos más durables que las convicciones
de graves filósofos y sabias escuelas
y que rodeasteis con vuestras ficciones
las cunas doradas de las bisabuelas.

José Asunción Silva

Atención: hay nuevas versiones de los “fantásticos cuentos de duendes y hadas”. Círculos elitistas intentan modificar los textos originales para “protegernos”, y lavan el lenguaje a fin de no ofender nunca a nadie.

Esta sería Blancanieves, según los profesionales de la corrección: “Los enanitos son siete hombres que no necesitan que nadie los cuide y son responsables de sus propias tareas domésticas. (..) Ellos ponen en evidencia al príncipe cuando este se dispone a besar a Blancanieves y le preguntan si besar a una persona que está inconsciente le parece lo más apropiado, si no sería mucho más inteligente llamar a un médico.”

La Cenicienta: “Pregunta al príncipe si convocar a todas las mujeres para escoger esposa le parece una fórmula adecuada o más propia del que va a escoger un par de zapatos.  (...) Cuestiona ante el Hada Madrina los zapatos de cristal, rechaza la carroza para ir al baile y prefiere ir galopando”.

La Bella Durmiente: “Aurora recibe tres dones distintos a los del cuento clásico: inteligencia en vez de belleza, valentía frente a la dulzura y, en lugar de una melodiosa voz para cantar, su propia voz para decidir. Ella rescata al príncipe y lucha contra el dragón”.

Así, sucesivamente, se ofrece un manojo de cuentos tradicionales cuya esencia ha sido alterada “como herramienta de educación contra los mandatos de género, (que es) parte del germen de la violencia contra la mujer”. Juro que es verdad. La feminista que pretende reemplazar los legendarios relatos se identifica como psicóloga y presidenta de una oficina llamada Generando Igualdad. 

La peste de la corrección y el delique ya llegó a la literatura. Cabalga más veloz que la Fea Durmiente y está causando destrozos. Por ahora se ceba en los cuentos infantiles, pero no tardará en meterse con Don Quijote, Madame Bovary, Tom Sawyer y Cien años de soledad. Igual ocurre con ese legado milenario que son las lenguas. Los heraldos del delique consideran que su misión en el mundo es impedir que la literatura refleje la cruel realidad. Profesionales de la planitud, la blancura y la homogenización quieren rehacer a su gusto las tradiciones y el lenguaje de los pueblos. No les interesan los “paisajes y sugestiones” que menciona Silva, ni reconocen el valor y trascendencia de relatos que nacieron “en ignotos tiempos” y van volando “por entre lo oscuro”.

Ya los nuevos censores andan hurgando en ficciones y diccionarios. Pronto atropellarán la pintura, la música, la ropa, los planes de estudios, la manera de comer y, por supuesto, la alcoba. Han venido a reemplazar la mordaza religiosa y colaborar con la política. A Mafalda la prohibió la dictadura de Pinochet. A Susanita, la amiga chismosa de Mafalda, la desterrarán los comités generadores de igualdad.
 

Mafalda Basta de censu

La más reciente víctima de la purga pasteurizadora es el galés Roald Dahl (1916-1990), equivalente contemporáneo de los hermanos Grimm y Charles Perrault. Sus gremlins, que cumplen ochenta años de su aparición en el universo de la fantasía, han acompañado ya a dos o tres generaciones y llenado con su presencia libros, cómics, cines, tiendas y canales de televisión. La iniciativa de dar a luz estas criaturas mutantes, orejonas, azulosas, pequeñas, traviesas y algo perversas iluminó a Dahl cuando, siendo piloto en la II Guerra Mundial, escuchó historias de seres misteriosos que causan accidentes aéreos y perturban la mecánica de los aviones. Antoine de Saint-Exupéry, que también era piloto, quizás oyó cuentos parecidos que influyeron en El Principito, su encantador visitante del asteroide B612. Año de publicación: 1943. El mismo de Los gremlins.

El éxito de los duendes de Dahl es formidable. Ha vendido trescientos millones de libros y lo llaman “el Shakespeare de la literatura infantil”. Tres de sus títulos figuran entre los cien más recomendados de todos los tiempos para lectores jóvenes.

Los gremlins enfrentan ahora la tiranía correctora, que metió garra en la nueva edición inglesa. Una de las “conquistas” de los deliques ha sido desterrar los defectos físicos de los personajes. De la edición de 2001 a la de 2022 desaparecen docenas de adjetivos: gordo, flaca, pequeño, alta, viejo, enfermo, bajita... El texto se torna plano, neutro, inoloro e insípido. Las brujas, novela de 1983 que dio origen a una película y una ópera, registra cincuenta y ocho cambios y catorce supresiones. En general, se deshumanizan los géneros: en vez de padres y madres, hay “familias”. Ciertos colores están vetados: un saco negro pasa a ser solo un saco. Prohibida toda alusión a la locura, aun metafórica: rio como loco se convierte en rio salvajemente. Entran en escena mujeres inesperadas: un personaje que en Matilda (1988) viajó con Joseph Conrad, ahora lo hace con Jane Austin. ¿Contentas, ultrafeministas? Como es obvio, Dahl no ha autorizado desde su tumba ninguna enmienda. Lo desgracian sus herederos y su editor británico.

La escritora Mar Benegas, en un brillante ensayo sobre el tema, denuncia la censura de corrección política por “sibilina y peligrosa” y señala que quienes la perpetran dicen amparar a los niños “pero tienen poca confianza en la infancia y un menosprecio constante a su inteligencia”. Exige detener “la mediación conductivista que hace que hoy todos los libros tengan que servir para un fin políticamente correcto y ser pedagógicamente blanco”.

A su turno, la española Elvira Lindo, autora de Manolito gafotas, previene sobre “la mirada castrante” de unos supuestos expertos que ordenan que las brujas sean buenas, y los animalistas radicales que aspiran a revocar las fábulas milenarias.

A diferencia de la editorial inglesa Puffin Books, las que publican a Dahl en español y francés anuncian que no tocarán ni una coma del original. Es la única manera de respetar al autor y sus lectores. Algunos textos necesitan notas que aclaren o informen, pues ni el Quijote puede leerse hoy, cuatro siglos después de su aparición, sin estos apoyos. Pero no es preciso manipular nada. 

Confío en que los relatos canónicos para niños y jóvenes, que han sobrevivido a “graves filósofos y sabias escuelas”, también superarán los abusos de los generadores de igualdad

ESQUIRLA: ¿Para que nadie se ofenda debemos esperar que los poemas de Rafael Pombo se refieran a Simón el Discapacitado Mental, el Gato Presunto Delincuente y la Pobre Adulta Mayor? 

Cuando esta columna ya se encontraba en la etapa final de montaje se supo que la editorial británica Puffin cedió ante el clamor colectivo y decidió publicar los textos originales de Roald Dahl, no los censurados. La polémica quedará como coyuntura de defensa de la libertad… y multiplicadora de ventas.

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