Daniel Coronell
12 Marzo 2023

Daniel Coronell

HABLANDO CON PETRO

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Con la excepción de una conversación por videoconferencia, llevaba casi siete meses sin ver cara a cara al presidente. Encontré a Gustavo Petro mucho más delgado. Antes de iniciar la entrevista formal, le pregunté si le gustaba vivir en la Casa de Nariño. Me respondió “No” de una manera rotunda. Me dijo que echaba de menos su propia casa y que el Palacio es terriblemente frío. Mientras caminábamos hacia el salón de los gobelinos, con el director de CAMBIO, Federico Gómez Lara, noté que el presidente respondía con una ligera inclinación de cabeza el saludo militar de los miembros del batallón guardia presidencial.

Acababa de posesionar a un embajador y de atender un consejo de ministros cuyo tema principal había sido el paro minero en Antioquia. Cuando el fotógrafo Pablo Salgado le pidió unos segundos para tomar el retrato que acompaña el artículo, el jefe de Estado se percató de que llevaba puesta una chaqueta deportiva ligera gris clara. Estaba vestido para viajar al Chocó –como estaba escrito en su agenda– y no para tomarse una foto presidencial. 

En segundos le trajeron desde la casa privada un blazer azul que tenía un escudito plateado en la solapa izquierda. Cuando le pregunté sobre el significado de ese pequeño pin me dijo que era alusivo a la “Cruz de Boyacá”, la máxima condecoración que otorga el país y que él recibió de su antecesor Iván Duque en un acto tirante cuya fotografía se convirtió rápidamente en modelo para memes.

Petro tenía unas botas de amarrar que cambió por unos mocasines cuando ya estaba sentado en la silla donde nos atendió. Todos sabíamos que la entrevista iba a ser difícil y el lenguaje corporal del presidente se encargó de mostrar la tensión. A cada pregunta molesta –y por las circunstancias muchas lo fueron– el presidente pasaba los pies por detrás de las patas de la silla como si se estuviera aferrando a ella. Otras veces metía su mano derecha entre el saco o apretaba con fuerza los brazos cruzados.

La conversación arrancó por el tema más complicado: las acusaciones que pesan sobre su hijo Nicolás Petro y que fueron entregadas por su exesposa Day Vásquez, en entrevista con la directora de Semana. Dichas acusaciones sobre las relaciones del diputado Nicolás Petro con el repatriado extraditable Samuel Santader Lopesierra, el hombre Marlboro, y Alfonso ‘el turco’ Hilsaca, procesado por homicidio y concierto para delinquir, están respaldadas por una serie de chats que la exesposa le entregó a esa publicación. 

Con el paso de los días la situación ha empeorado para el primogénito presidencial. Por ejemplo, Nicolás aseguraba que no conocía a Lopesierra pero el periodista Norbey Quevedo, de la Agencia de Periodismo Investigativo, publicó en las últimas horas fotos que prueban que el hijo del presidente y “el hombre Marlboro” estuvieron en la misma fiesta el pasado 31 de diciembre. 

El presidente sabe que no hay una explicación satisfactoria sobre el nivel de vida que lleva su hijo y ha pedido que la Fiscalía lo investigue. Eso en cuanto a la responsabilidad penal, en cambio el mandatario sostiene que no hay responsabilidad política pese a que Nicolás es miembro de su partido y en esa condición aspiró a la Gobernación del Atlántico.

Percibí cierto complejo de culpa cuando el mandatario contó que no había criado a su hijo mayor, que lo dejó de ver por años y que lo reencontró cuando ya estaba grande e interesado en la política. 

El presidente, acariciándose nerviosamente el cuello, habló de los señalamientos –contra su hermano Juan Fernando Petro a quien acusan –sin que hasta el momento se conozcan pruebas– de lucrarse con pagos de los delincuentes interesados en la paz total. Afirmó que lo único que conoce es el rumor y que pidió que la investigación siguiera porque su hermano ya había sido llamado a interrogatorio por la Fiscalía. En un momento de la entrevista, el jefe de Estado dijo “eso me duele porque sé que cuando salga de aquí ya no tengo familia”.

El tema del poder de la primera dama, Verónica Alcocer, y de su posible participación en designaciones y remociones de funcionarios, lo irrita particularmente. Dice que “todo es carreta” y asegura que son suyos, y no de su esposa, nombramientos cuestionados públicamente como los de Concha Baracaldo en el ICBF y el del ministro de Transporte, Guillermo Reyes, así como la decisión de otorgarles nacionalizaciones relámpago a tres ciudadanos españoles, catalanes para más señas, que giran en la órbita de la primera dama. 

Debo decir, con preocupación democrática, que me quedé con la sensación de que el presidente no ve con malos ojos que su esposa eventualmente aspire a sucederlo. Si eso pasara constituiría un aberrante abuso de poder porque, como se lo dije a él, una cosa es ser candidata desde el asfalto y otra desde el trampolín de la presidencia del esposo. Petro asegura que jamás han hablado de eso. 

El presidente, quien siempre sostuvo que la Fiscalía debe ser independiente y no de bolsillo del ejecutivo, no rechazó la campaña que viene adelantando su amigo Héctor Carvajal entre los magistrados de la Corte Suprema de Justicia para ser elegido fiscal general. Carvajal es el anfitrión de los encuentros entre Petro y el expresidente Álvaro Uribe y su mayor mérito es la equidistancia entre ellos porque ha sido abogado del hoy presidente y de los hijos de Uribe. 

En mi opinión esos encuentros, propiciados por el pichón de fiscal Héctor Carvajal, son el anticipo de un trueque de gobernabilidad para Petro por impunidad para Uribe.  

Las reuniones han apaciguado a Uribe, quien hoy parece más preocupado por su proceso judicial que por la política. Pasó de ser el más vil insultador en redes sociales –obligado varias veces por vía judicial a rectificar infamias– al dulce y contemporizador abuelo que le pide a sus fanáticos no insultar al presidente Petro, a quien por años el propio Uribe cubrió de oprobio. 

En otra parte de la entrevista, el mandatario señaló tres veces que Roy Barreras, presidente del Senado, lo había insultado cuando sugirió que dentro de la paz total se estaba abriendo espacio una negociación con narcotraficantes.  Cuando le preguntamos si Roy seguía siendo un aliado, respondió: “Eso se lo dejo a él” “Los políticos hacen sus cálculos y toman sus rutas”.

Un día después de las afirmaciones recibió a Roy y se fotografiaron mientras el definido insultador de la víspera lo abrazaba.

Una respuesta del presidente me gustó mucho. Frente a la muerte de un oficial de la policía y a la controversia por la humillación de 79 miembros de la institución en una asonada campesina en el Caguán, Petro dijo que, a pesar de todo, no disparar contra los civiles había sido la decisión correcta. Sostuvo, con firmeza, que la fuerza pública se dignifica cuando respeta la vida y los derechos humanos.  

El presidente también dijo que no está dispuesto a que la reforma a la salud sea modificada por el Congreso hasta alejarla de la visión que él tiene sobre el futuro del sector. Confesó que no le había gustado la reunión sobre el tema con el expresidente César Gaviria y otros jefes políticos. Señaló que si se cruzan ciertas líneas rojas retirará el proyecto y dejará que el tiempo se encargue de darle la razón. En otra parte de la entrevista afirmó: “Si yo quisiera acabar con las EPS ¿sabe qué hago? No presento el proyecto”, y movió sus manos como mostrando el derrumbe de las piezas de un dominó.

Cuando terminaba la conversación se definió a sí mismo:
–Bueno, ahí vamos. El presidente de la resistencia…
–Pacífica –agregué yo.
–Sí ¿Y cuándo he usado violencia? –preguntó. 
–No, sí la ha usado –repliqué– pero hace tiempo que no.
–Hace rato no –concluyó Federico.

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