Daniel Samper Ospina
12 Mayo 2024

Daniel Samper Ospina

JÁLELE AL RESPETICO, PETRO

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A ustedes les consta que he defendido las políticas del gobierno humano; que, armado con el palo de escoba con que protegí a mi familia la noche aquella en que se metían al conjunto del lado, estaba dispuesto a seguir la directriz presidencial de rodear los centros de poder cuando el líder mayor resultara víctima de algún golpe blando, fuera el que fuera: desde acatar el Estado derecho hasta pegarse de nuevo en la rodilla. Solo bastaba con que hiciera un leve guiño y allá estaría, en la primera línea, dispuesto a entregar la vida misma en una guerra civil para defender el tren moderno, eléctrico y elevado, entre otras transformaciones que la oligarquía nos quiere frustrar. 

En el más reciente escándalo de corrupción del petrismo también estuve a la altura y aún hoy pienso que, si de veras alguien, a espaldas del presidente, naturalmente, implantó la instrucción de comprar congresistas, el gobierno no adelantó la transacción en el baño de Palacio, y eso es un cambio. (Recordemos que el antecedente en esa materia lo tenía el doctor Álvaro Uribe cuando bajó el bizcocho del excusado para que doña Yidis Medina tomara asiento, y posteriormente se puso de rodillas para pedirle el voto como si le pidiera la mano. Para ese entonces, Uribe no había aprendido a soltar el poder, pero sí el inodoro, y la diva de Barranca jugó un papel en la relección tan importante como el papel higiénico en los hechos posteriores). 

En caso de que sea cierta, la compra de congresistas por parte del petrismo ha sido digna, por más de que los protagonistas del escándalo se llamen Sneyder, Olmedo y Alethia; y por más de que, según la confesión del protagonista, le hubiesen pagado tres mil millones al senador Iván Name y apenas mil al representante Andrés Calle: ¿es eso coherente en un gobierno que pregona la igualdad?

He sido tan leal a Petro como Juan Carlos Ídem, Juan Carlos Leal, el superintendente de Salud que está acabando con el sistema.  Y todo lo he hecho por disciplina de partido. Por eso secundé al presidente cuando dijo que Keralty había financiado a algunos congresistas, en parte porque supuse que Keralty era otra funcionaria corrupta —o una amiga de Daysuris, al menos— y en parte porque tenía razón: si los congresistas fueran éticos, no se habrían dejado financiar por una firma médica, sino por el clan Torres, por ejemplo.

Leal. Fiel y leal. Y a cambio de nada, porque no me han tirado un miserable contrato, como a otros influenciadores. He perdido amigos por defender la insólita política de paz total, siempre delirante: esta semana, para no ir más lejos, el Gobierno legalizó el Internado Agrario Gentil Duarte, un colegio construido por las disidencias de las Farc. Es la única obra que acaso pueda entregar el Gobierno, pero ¿qué tipo de tareas pueden ordenar en un colegio de la guerrilla? Me imagino las frases del comandante profesor: “Saquen las cartulinas que vamos a armar un cartel (con la gente de Sinaloa)”; “Hoy en Geometría veremos el polígono: carguen sus fusiles”. 

Y hace un par de semanas, Otty Patiño celebró la noticia de que las disidencias se estuvieran reestructurando con estas palabras: “es una reorganización interna a la que tienen derecho”, dijo. “Bienvenida si ello contribuye a que estén centralizadas”. Por  poco les sugiere que monten retiro espiritual en Paipa, como el del Gobierno, para “repensarse” como organización: jornadas de trabajo en equipo guiadas por un “coach empresarial” que, mientras camina de lado a lado de la tarima, con micrófono de diadema y presentación en Power Point, los guíe en esta nueva fase de reingeniería corporativa que les permitirá “descubrir las debilidades/ oportunidades del grupo guerrillero en un entorno cada vez más retador para descifrar el nuevo bench marking de la lucha armada”. Si consiguen realizar pescas milagrosas con responsabilidad ambiental, habrá valido la pena. 

Defender al Gobierno ha sido un ejercicio de estoicismo. Es difícil justificar los delirios del jefe en plaza pública, las caídas tanto suyas como de la acción de Ecopetrol, pero lo he hecho con el mismo rigor con que Nerú ablanda la primera espalda de la nación. 

Sin embargo, la forma en que el presidente culpó de los escándalos de corrupción de La Guajira a “los cachacos” me llenó la copa. Como toda respuesta a ese saqueo, dijo en palabras textuales: “Los cachacos que mandamos buscaron fue robarse la plata”, frase por la cual cualquiera pensaría que es cierto que nació en Zipaquirá. 

Así las cosas, pues, hasta acá llego. Renuncio a mi militancia en el Pacto. Me fundí. No enarbolaré arma alguna en la guerra civil que ambiente Berto. 

Los cachacos hemos sido discriminados de forma infame. Inspiramos comentarios desobligantes. El único cantante que nos ha dedicado una estrofa amable fue Juanes cuando dijo: “tu piel tiene el color de un rojo atardecer”. Parecía describir a mi hermana Juanita en las playas de Bocagrande. Playas que visitamos para mover la economía aunque los granos de arena se nos cuelen entre las medias y las sandalias y a pesar de todas las estafas de las que somos víctimas (porque a los cachacos nos estafan en las playas: la última vez retiré las cesantías para poderme pagar las trencitas). 

Crecimos entre lanas y sinusitis y aun así sonreímos. Despertamos burlas despiadadas cuando procuramos integrarnos sin ritmo a los trencitos bailables. Y todo lo aguantamos con agrado porque el bogotano es como la sabanera en el ajiaco: buena papa. 

Pero que ahora el caudillo incomprendido culpe a los cachacos de los crímenes cometidos por los  corruptos que él mismo nombró es algo inaceptable. A los cachacos que lo eligieron alcalde: a los cachacos que el dejó sin metro y ahora sin entradas dignas a la ciudad. De modo que hasta acá llego, señor presidente. Respetico, Petro. Como me sucede cuando voy a la playa, tiro la toalla. Y quedo ardido. 

No permitiré que nos mancille. Los cachacos somos como nuestro propio derriere: gente recta. Lo que usted ha hecho con nosotros no tiene nombre. Y en eso se parece a Olmedo, Sneyder y Alethia.

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