Daniel Samper Ospina
2 Junio 2024

Daniel Samper Ospina

VICKY, PRESIDENTA

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La semana comenzó con la especulación de que el presidente Berto se quiere quedar en el poder, lo cual explicaría por qué, a los 64 años, y en el momento de su vida en que más reflectores tiene puestos encima, haya decidido someterse a unos implantes capilares imposibles de tramitar con discreción. Era eso: tiene un proyecto de largo plazo y se aventuró a atravesar la vergonzosa exposición de su vanidad ahora, en estos momentos, a sabiendas de que en el 2032 nadie recordará el episodio y, en cambio, el pueblo entero se sentirá orgulloso de que lo comande un presidente de mechones ondulados que, visto desde atrás, podrá ser confundido con Isabel Zuleta: imagino al compañero presidente en el acto de inauguración del tren elevado, por ejemplo, en medio de una ventisca que le sacude los largos mechones, y se me pone la piel de gallina, los pelos de punta. 

Algunos pensarán que quedarse en el poder era parte esencial de su pelambre, por decirlo así: de su personalidad de líder caudillista y autoritario que, ya trepado en el poder, sabe que a las oportunidades las pintan calvas. A diferencia de él. 

Por eso desde el petrismo radical ambientan la idea de que el periodo de Berto requiera de lo mismo que su pelo: extensiones. Y que el trámite se surta por fuera de la Constitución, porque el Congreso no es una institución confiable, salvo cuando apoya al Gobierno, como lo hizo esta semana el representante Camilo Ávila: el Anatolio de las nuevas generaciones que votó una proposición de la reforma pensional sin conocerla, porque estaba en el baño: 

—¿Cómo vota el número uno, representante Ávila?
—No sé, secretario, estaba en el número dos.

Por lo demás, para hacer aprobar las reformas es necesario entregar estímulos a los congresistas que van de los mil a los tres mil millones, y con la deficiencia en el recaudo del mejor tiktoker tributarista del país la plata no alcanza. Mucho menos cuando, indiferente a la situación fiscal, Berto pretende abrir más sedes diplomáticas, una de ellas en Palestina. Será una embajada muy apetecida. Imagino la próxima reunión del cónclave en Palacio:

—Presidente: deme una embajada como a Benedetti; este escándalo me tiene acabado —le pedirá el ministro Velasco. 
—Claro que sí, te vas a la franja de Gaza —le responderá Berto, mientras piensa que el ministro Velasco es como la economista la Mariana Mazzucato que tanto lee: que sabe demasiado.

Es cierto que para admirar la maravillosa obra del gobierno del cambio se requiere que el Pacto Histórico se instale en el poder por lo menos un par de décadas porque el ritmo de ejecución de los ministerios así lo exige. El de la Igualdad, por ejemplo, ha sido de 0,48 por ciento en cinco meses: en 136 años habrá conseguido ejecutar los pendientes de 2024. Para ese entonces la primera línea del metro de Bogotá estará a punto de ser inaugurada, Álvaro Leyva promoverá una constituyente en la sombra y RCN repetirá Betty la fea.

Sin embargo, tanto el ministro de Justicia Néstor Osuna como Berto en persona rechazaron la posibilidad de seguir de largo, con lo cual las elecciones de 2026 parecen una realidad. A diferencia de sus folículos. 

El problema será determinar quién las ganará. Y yo tengo la repuesta.

Sí: reconozco que suenan alternativas novedosas como un Sergio Fajardo recargado que, en los debates de ahora, ya no responderá “pregúnteselo a un Google”, sino “pregúnteselo al ChatGPT”; o, claro, una “Trabaje Juiciosa Sumercé” cuyo mensaje de felicitación al presidente Berto (“¡Ganamos, Gustavo!”) la convierte en la primera representante de lo que podríamos llamar el “petrismo antipetrista”, la Chimoltrufia del cambio.

Sin querer demeritar el sentido de frescura de todos esos nombres (a los que podemos sumar el de un sorprendente Roy Barreras, el de un juvenil Germán Vargas Lleras), sospecho que en esa plancha despuntarán opciones femeninas inesperadas, una de cada lado: Laurita Sarabia, a quien postulé hace poco en este mismo espacio, y (suenan redoblantes) Vicky Dávila. Laurita Sarabia llevará como fórmula a la propia Marelbys Mesa, para jalar el voto de los Mesa, como Juan Mesa, por ejemplo. La fórmula de Vicky, por su parte, será la monja uribista o Paola Ochoa: la que acepte primero.

Como, al igual que su jefe, a Laurita le falta pelo para la moña, mi pronóstico es que la elegida será la mujer que quiso ser Marbelle. 

Lo predije hace unos días en el Zoom en Los Danieles y mi colega Lucas Pombo reaccionó como el Deportivo Flamengo frente a Millonarios: se rio en mi cara. Pero me sostengo. 

En estas delirantes épocas de redes sociales, para triunfar en las elecciones no se requieren grandes conocimientos de Estado, sino al revés: ser Trump, ser Milei. Y la estridente vocación viral de Vicky hará de su candidatura una aspiración tan sólida que ni siquiera la podrá atajar una adhesión de Íngrid Betancourt.

Desde ya la imagino. En la ceremonia de posesión dará gracias a la Virgencita y entonará una ranchera, y Circombia iniciará la era del vickismo. María Andrea Nieto regresará al SENA; Ricardo Henao será ministro de Deportes; Salud Hernández, de Salud.  El clan Gnecco abandonará la alianza que, según revista Cambio, hizo con el Pacto Histórico para apoyar al Gobierno. Y la oposición será encabezada por Hassan Nassar.

Con Vicky en la Presidencia los decretos se anunciarán con exclamaciones de ¡Urgente, última hora!; el senador Name, cuya sortija de oro le dobla anular, será acusado de hacer parte de la comunidad del anillo. Y las alocuciones serán el regreso de la cosa política: “Compatriotas, la cosa política sigue moviéndose”.

Juan Manuel Santos huirá al baño, pero estará ocupado por el congresista Camilo Ávila. Gabriel Gilinski nombrará en la dirección de Semana a Gustavo Petro, quien publicará portadas críticas y la insólita fórmula de una reforma tributaria. Y la presidenta lo llamará “tipejo peludo” porque sus implantes ya habrán crecido y serán idénticos, ay, a los de Isabel Zuleta, embajadora del gobierno en Palestina. 

Vicky Dávila, presidenta. Se acordarán de mí. Y qué viva nuestro circo.

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