DE PROVIDENCIA A GORGONA
4 Diciembre 2022

Enrique Santos Calderón

DE PROVIDENCIA A GORGONA

En 1995 el Ministerio de Defensa tuvo la peregrina idea de construir una base naval en Providencia, paradisiaca isla de 17 kilómetros cuadrados. Sus habitantes reaccionaron de inmediato contra un proyecto que podía significar un golpe mortal al ya precario equilibrio ecológico y cultural de su pequeño territorio. Viajé en ese entonces a la isla, me entrevisté con líderes locales, como la proverbial Josefina Huffington, y pude constatar el rechazo colectivo de los raizales a esta iniciativa.

Hace 27 años los argumentos de la Armada Nacional eran casi idénticos a los que hoy esgrime para construir una base en el Parque Isla de Gorgona. Con la diferencia de que en este aislado islote del Pacífico no hay nativos que puedan protestar y que la construcción ya está en marcha, ante la extraña pasividad de un gobierno que proclama la defensa de la naturaleza y el medio ambiente como eje programático.

Hoy, como ayer, se mencionan el control del narcotráfico, la pesca ilegal y la soberanía marítima como justificaciones para una obra de imprevisibles impactos ambientales sobre un tesoro ecológico excepcional, cuyo valor ha sido resaltado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. 

Gorgona, el mayor arrecife coralino del Pacífico, criadero de infinidad de especies marinas y sitio predilecto de apareamiento de las ballenas jorobadas, es conocida también como la “Isla Ciencia” por la cantidad de información que produce. Había sido desde 1960 una infernal colonia penitenciaria, clausurada luego por razones humanitarias y declarada en 1984 como Parque Nacional Natural

Pasar de isla prisión a isla ciencia y luego a base militar sería un retroceso inconcebible. No sé cómo se dio la licencia ambiental de la ANLA, ni qué piensan las ecólogas duras y puras del Gobierno, pero sí creo que convertir un recurso natural único en el mundo en una base antinarcóticos promovida por Estado Unidos  puede terminar en un ecocidio que, como advirtió el exsenador Jorge Robledo, “nos avergonzará ante el mundo civilizado”.

La Armada es una institución respetada y apreciada por los colombianos. Es la presencia marítima del país, único en Suramérica con fronteras sobre los océanos Pacífico y Atlántico, aunque no siempre convence la forma como promueve su presencia.  No convenció en Providencia su empeño en montar una gran base y no convence el de Gorgona, pese a que el comandante de Guardacostas diga que “no se trata de una base naval sino de una unidad muy básica”. 

En Providencia la maqueta inicial del proyecto tenía piscinas y canchas de tenis, lo que reforzó la sospecha de que se pensaba construir un centro de recreación para la oficialidad. Los raizales hoy recuerdan que lo primero que hizo la Armada después del reciente huracán que arrasó su isla fue construir una base en una zona poblada de manglares, pese a una consulta previa de 2015 donde la gente dijo que no quería una base en ese lugar. Y en Gorgona personas que han visto los planos del proyecto aseguran que incluyen cabañas y pisicinas.  

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Estuve en Gorgona por primera  vez en 1985  como periodista invitado a una misión  encabezada por el científico Jorge Reynolds, uno de los inventores del marcapasos,  para estudiar el corazón de la ballena jorobada. El más grande del mundo, que pesa tonelada y media, bombea mil litros de sangre en cada contracción y puede recibir a un hombre parado en su ventrículo derecho. Se trataba de tomar electrocardiogramas a las ballenas, cuando emergían para respirar, con dardos ultrasónicos que registran el movimiento y sonido del corazón de este gigantesco mamífero. El experimento se logró al cabo de dos días y fue una experiencia alucinante.  

Zarpando de Guapi, a la hora y media de un recorrido de 28 kilómetros se distingue desde muy lejos, como flotando en el inmenso y plomizo mar Pacífico, el solitario islote rodeado siempre de nubes atraídas por la humedad de su vegetación. Fuimos recibidos por un estricto director del Parque que nos advirtió que no podíamos perturbar ni a las cucarachas. Recorriendo la isla me impresionó su belleza exuberante y también las ruinas de la antigua cárcel en medio de la selva, con hierros retorcidos y pedazos de muros carcomidos que aún guardaban garabatos de los reos que allí languidecieron. 

Recuerdo en especial el emocionante espectáculo de recién nacidos ballenatos brincando felices en las aguas de Gorgona, empujados por sus madres a la superficie para que respiraran y llenaran sus pulmones de aire. ¿Los alejará el agite que traerá el ir y venir de corbetas y fragatas? ¿Resistirá la isla el impacto de la obra en ciernes? ¿Por qué no dejarla como está? 

Aún es tiempo para detener un proyecto que amenaza el ecositema de este pequeño paraíso de diversidad. El gobierno de la vida tiene la palabra.

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