El cura Pacho
22 Enero 2022

Enrique Santos Calderón

El cura Pacho

Si no sabemos asumir bien lo que nos ha pasado; si no se conoce, ni se comparte ni se siente el dolor de las centenares de miles de víctimas del conflicto, no se abrirá la puerta de la reconciliación.

A su infatigable activismo político (hoy anda repartiendo volantes en las calles) el expresidente Uribe ha decidido añadirle el quehacer periodístico. Publicó hace un mes una columna en El Tiempo y en días pasados otra en Semana sobre Chile, donde en marzo asume el poder Gabriel Boric, quien representa todo lo que Álvaro Uribe aborrece.   

No menciona al nuevo mandatario de izquierda pero sí hace crípticas alusiones al riesgo de que ese país pase al “Estado totalitario” y sufra la “supresión de libertades”. El escrito no es modelo de buena prosa porque lo de Álvaro Uribe es el Twitter. El primero que soltó este año fue contra la Comisión de la Verdad y lo que le cuesta al Estado. Pero en los tuits que cada día envía el expresidente sobre temas como austeridad o despilfarro en el gasto público aún nos falta leer alguno sobre los escándalos de contratación o de desaparición de dineros públicos que han sacudido al gobierno de sus afectos. No pretendo que Uribe incorpore verbos como “abudinear” (pegajoso aunque injusto) a su nuevo léxico periodístico, pero brillan por su ausencia las condenas de estos zarpazos al erario.
  
Prefirió arrancar el 2022 atacando a sus viejos fetiches. En este caso a la Comisión de la Verdad (CV) que preside el padre Francisco de Roux, hombre ecuánime y honesto como pocos. El cura Pacho, como le dicen sus allegados, es un cristiano auténtico que se echó al hombro la ingrata tarea de propagar la causa de la verdad y la reconciliación en un país aún desgarrado por los odios de la guerra.

La Comisión ha escuchado a más de treinta mil personas; se ha reunido con decenas de jefes guerrilleros que han expresado arrepentimiento, con más de trescientos militares que han reconocido responsabilidad y con miles de familias afectadas que han narrado los horrores sufridos.  Algunos, muy pocos, de estos testimonios han salido por televisión y todos impactan por la crudeza de sus verdades.

Me parece necesario y terapéutico que el país se entere a fondo de todo lo sucedido. Si no sabemos asumir bien lo que nos ha pasado; si no se conoce, ni se comparte ni se siente el dolor de las centenares de miles de víctimas del conflicto, no se abrirá la puerta de la reconciliación. Y no es que se ignore lo ocurrido:  hace décadas los medios nos abruman con la matanza de cada día. De mis recuerdos de niño cuando comencé a ojear prensa aún tengo grabadas las fotografías en El Tiempo y El Espectador de hileras de cadáveres campesinos al lado de las carreteras. Aquí nadie puede desconocer lo que ha pasado. Lo que se produce, pienso, es un mecanismo de “negación”, una suerte de escapismo: todos sabemos del horror pero preferimos rehuir la tragedia.
    
El gran reto de la CV arranca por su nombre. A muchos no les gusta la verdad, no les interesa que se escuche o quieren que sea la propia. ¿Y cuántas verdades puede haber en un conflicto tan largo, complejo y degradado como el colombiano?  No hay en América un país con tan larga tradición de una violencia política que se recicla sin cesar. Otro desafío es que la Comisión actúa en medio de un conflicto aún vivo y de una sociedad dividida por el tema de la paz, lo que conlleva el riesgo de que sus conclusiones destapen heridas en lugar de cauterizarlas. Las comisiones que han operado en otros lugares (Suráfrica, Cono Sur, Centroamérica…) lo han hecho una vez terminadas las guerras o dictaduras en sus territorios. Simbolizan un cierre real y marcan un antes y un después, como lo ha explicado Eduardo Pizarro.

Para De Roux La Verdad es el camino de la reconciliación y de lo que él llama La Paz Grande, que nada que llega.  Pero la forma como se divulgue, presente o comente esa Verdad resulta crucial. Se requiere oír las verdades de todos los actores del drama y precisar responsabilidades, no necesariamente culpabilidades ni sanciones pues no se trata de una “verdad judicial”.  Tampoco son concebibles una verdad “oficial” ni una culpa exclusiva porque lo que aquí tenemos es, en palabras del profesor Álvaro Guzmán Barney, “un nido de víboras y un pecado compartido”, donde es imposible atribuir responsabilidad particular a una clase social, gremio económico o partido político.

¿Con qué va a salir entonces la Comisión?  Por cosas que ha dicho De Roux en entrevistas y conversatorios se entiende la incomodidad que sus palabras generan en ciertos círculos del poder. Dice, por ejemplo, que no ha habido liderazgo político desde la cúpula del Estado, ni espiritual desde la Iglesia para aclimatar la paz; que es imposible dejar de lado las responsabilidades de los altos mandos y que las guerrillas que aún actúan son sordas al clamor del pueblo y dañan todo lo que tocan. También ha reconocido la labor del gobierno en los PEDT (que estima más eficaz que la del anterior) y considera fundamental el papel de los empresarios.

Me enteré de que la Comisión entregará su informe el 28 de junio, una semana después de la elección del nuevo presidente de la República.  Sus once integrantes llevan cinco años de dedicación exclusiva y muy poco les falta entonces para producir su diagnóstico y recomendaciones finales. Un trabajo monumental e infinitamente complejo. No quisiera estar en los zapatos del cura Pacho. Salga con lo que salga la CV lo más probable es que unos y otros le caerán encima. Si logra producir una interpretación de conjunto, que recoja un sentir colectivo en esta realidad infernal, el cura Pacho se merece el cielo.

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