EL LÁPIZ DE FRANCIA
26 Junio 2022

Ana Bejarano Ricaurte

EL LÁPIZ DE FRANCIA

“Quiero contarle, mi hermano, un pedacito de la historia negra; de la historia nuestra, caballero, y dice así”. Ese estribillo histórico, en la voz del colosal Joe Arroyo, da inicio a una de las canciones más icónicas y sabrosas de la salsa colombiana. Y viene a la mente el himno del Joe en Rebelión porque estamos presenciando un momento histórico definitivo en el cual se remueven los cimientos de la desigualdad racial en Colombia. Arroyo hablaba sobre la esclavitud, abolida en 1851, y tal vez desde entonces no había ocurrido un hecho tan trascendental para la población afrocolombiana como el del pasado 19 de junio. Su protagonista: la vicepresidenta electa Francia Márquez Mina, y emociona tan solo escribirlo. 

La vida de Márquez es uno de los relatos más extraordinarios de transformación social que la política colombiana ha presenciado en la historia reciente. Una madre adolescente y soltera, minera artesanal, empleada doméstica, después galardonada activista ambiental, lideresa social, abogada y ahora vicepresidenta de la República. 

Su sola presencia, sin contar su inteligencia y elocuencia, ya resulta estremecedora para el debate público. Una digna representante del feminismo colombiano, porque aunque Marta Lucía Ramírez rompió ese techo de cristal no hizo nada para avanzar o agradecer a la causa que la puso ahí y se quedó sentada sobre los vidrios rotos. Y, por supuesto, Francia es un poderoso símbolo de la población afrocolombiana, y su triunfo constituye un resarcimiento para una comunidad que ha vivido con las uñas, ignorada por un Estado racista e indolente.

Y ese racismo estructural también se para sobre un estamento que se le percibe muy incómodo con el triunfo de Márquez. Fueron sencillamente repugnantes la cantidad de manifestaciones racistas en reacción a la posibilidad de esta mujer negra en el poder.  Arreciaron hace una semana, ante la noticia de que Francia ocuparía la elegante casa privada de los vices, gesta del ilustre arquitecto Rogelio Salmona. Les parece inconcebible. Cuántos “chistes” circulan en redes sociales y hacen alusión a su pasado humilde, a sus labores como empleada del servicio doméstico. Es la Colombia que celebra a los negros como el Joe y a otros músicos, a los deportistas, pero no resisten que se sienten en las sillas importantes. Aceptables para que críen a los hijos o limpien las casas, pero no si quieren gobernar, y ¿quién les explica que esa es una definición perfecta del racismo?

Porque ahora se escudan en que se exagera y que no se puede decir que cualquier crítica a la vicepresidenta electa es racismo. Que tenemos derecho a cuestionarla. Claro que sí, mientras esas críticas no se hagan en virtud de su raza. Mientras no se le minimice al compararla con las empleadas de servicio doméstico, cuando en todo caso gran parte de la vida de esos críticos se estructura sobre el intenso trabajo y dedicación de esas mujeres invisibilizadas.   

Tildan a Francia de radical y resentida. Y creo que es ambas cosas. Márquez representa una línea de pensamiento anticolonialista, de izquierda pura y dura, proteccionista y, sí, radical. Además le piden que no sea resentida, que deje atrás el pasado y olvide las décadas de racismo que enfrentó toda su vida y ahora con mayor intensidad. ¿Por qué? ¿Acaso no es mediante la develación de estos fenómenos y su discusión que podemos erradicarlos? La invitan a olvidar la antipatía con la que desde ya la reciben. Le proponen una reconciliación, “no profundizar heridas”, y ese será un buen paso para dar cuando reconozcamos la profunda segregación racial que existe en esta sociedad rota. 

También es cierto que la línea política de Márquez podrá meter en líos al presidente electo Gustavo Petro. Hasta podría resultar cuestionable para la economía colombiana y, si llega ese momento, la criticaré con ímpetu en caso de que lo merezca. Merece que se dialogue con ella como una estadista, que se fiscalicen sus propuestas de políticas públicas debatibles; en últimas, que se le tome enserio y cerremos las conversaciones condescendientes. 

Vendría bien que también lo haga Petro, quien mostró una actitud displicente y vanidosa con ella el domingo pasado al celebrar el triunfo del Pacto Histórico. Petro sabe que no controlará a Francia, porque ella es una ráfaga cuya fuerza nadie ha podido detener. Tal vez resulte siendo un verdadero contrapeso en el Gobierno y si llega ese momento, de pronto los que comparten memes clasistas se tragarán sus palabras y la celebrarán. Sería un gesto de justicia divina. 

Y cómo no aplaudir la dignidad con la que ha asumido el enorme costo personal que enfrenta al convertirse en símbolo de la lucha por la igualdad racial en Colombia. De ser recibida en entrevistas con preguntas sarcásticas e ignorantes; del discurso de odio que se multiplica en redes sociales en su contra solo por el color de su piel. Es una enorme proeza develar tanto racismo silenciado: es retomar el lápiz para seguir escribiendo “la historia negra, la historia nuestra, caballero”.

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