EL PEOR OSO DEL CONGRESO
4 Diciembre 2022

Daniel Samper Ospina

EL PEOR OSO DEL CONGRESO

Tengo dos hijas adolescentes que cantan a todo volumen canciones de reguetón mientras me piden plata para asistir a los conciertos de moda.

—Ya salieron las boletas para Harry Styles… —me dijo la última vez la menor, que tiene catorce años—. ¿Me das para comprar las boletas?
—¿Cómo así que “me das”? —la corregí—. ¡La plata se gana, no se pide!

Me enteré entonces de que, contra todo pronóstico, Harry Styles no era el nombre de una peluquería del barrio Las Villas, sino un artista que se presentó en Bogotá en un apocalíptico concierto que remedaba las consecuencias del cambio climático: en el coliseo donde fue el espectáculo hubo migraciones de la gente de lateral a la platea, extenuantes oleadas de calor, decenas de desmayados, hambrunas. Y cualquiera podía vivir aquel simulacro del calentamiento global por módicos 500 mil pesitos.

—Por nada del mundo —le dije—. Si quieres ir a un concierto, que sea el de Juan Luis Guerra: en el otro te pueden robar…

Me contestó que no sabía quién era Juan Luis Guerra, pero a los dos días se juntó con su hermana mayor para exigir  boletas para el espectáculo de Bad Bunny y, como si se tratara de un argumento definitivo, puso en el altavoz de su celular el aullido de una suerte de puertorriqueño con problemas de dicción cuya inspiradora lírica aprendí de memoria: “¡Tú no eres bebecita, tú eres bebesota!”.

Qué letra, dios mío; qué palabras: ¿para qué leer a Bécquer, a Rubén Darío, a Roy Barreras, si tenemos a este luminoso bardo mundial que elogia a la mujer con una economía de palabras envidiable?

Les negué el dinero para las entradas de forma rotunda y les exigí, por el contrario, que entraran en razón. 

—¿No saben ustedes que en el mundo hay una guerra, que el dólar está disparado, que en Colombia la ministra de Minas enfrentó una moción de censura porque nos podemos quedar sin gas?
—A mí me gustaría que tú te quedaras sin gas —anotó como único comentario la menor.

Había diez mil billones de razones para estar preocupadas por el destino gasífero del país, pero poco parecía importarles.

—¿Saben al menos cómo se llama esa ministra? ¿Podrían decirme cómo se llama siquiera un ministro, o solo se saben los nombres de cantantes de reguetón? —las reté.

La menor quebró el silencio.  

—¿Osuna? —se atrevió.
—¡Eso es! —la felicité—. ¡El ministro Osuna!
—Osuna es un cantante —aclaró la mayor.

Hice una pausa dramática y tomé aire para llamarlas a la reflexión:

—No les pido que sean las Greta Thunberg del barrio, pero al menos que sepan algo de actualidad… 
—Desde que te volviste youtuber no sigo youtubers, y no sé quién es Greta Thunberg —dijo una.
—¡A eso me refiero! —clamé—. Greta no es una youtuber, sino una lideresa ambiental. 
—Ya sé cuál es esa dijo la otra—: me salió en un sticker. 

Les advertí entonces que no solo quedaban suspendidos los conciertos sino que, de modo obligatorio, debían observar el canal del Congreso para que se sacudieran de tanta indiferencia y contribuyeran de alguna manera a su propia formación. 

A regañadientes logré que se sentaran frente al televisor, pero sucedió entonces lo que todos pudimos observar: una congresista de la oposición llevó al recinto una gigantesca olla de aluminio que instaló sobre unos palos de leña mientras el salón se llenaba de humo. 

—¿Y esto? —se impresionó la menor.
—¿Esto es lo que querías que viéramos? —preguntó la mayor.

Asentí sin que me salieran palabras de la boca.

—¿Y por qué cocinan? ¿No es mejor que pidan algo a domicilio? —preguntó la más chiquita.
—Cocinan una ley —les mentí.

La ministra (y la bancada que la respaldaba) exhibieron entonces sus zapatos tenis y mostraron unos carteles en que nos invitaban a hacer lo mismo: calzar tenis. En honor a la ministra. 

—Mis tenis se están lavando —anotó la menor—. ¿Es grave?

Enseguida un miembro de seguridad ingresó afanosamente al recinto y tomó la olla con sus propias manos, sin limpiones de por medio.

—¡Se va a quemar! —se aterró la menor.
—No, a menos de que aparezca Isabel Zuleta —la tranquilicé.
—¿Quién es ella? ¿Otra congresista? 
—Una youtuber: ¿no te ha salido en ningún sticker?


Para entonces una espesa capa de humo blanco asfixiaba el salón; la congresista Carolina Arbeláez, propietaria de la olla, perseguía al señor de seguridad, para recuperarla; y la representante Susana Boreal tomaba un palo de la leña para señalar en un monitor el comportamiento del dólar.

Como ciudadano colombiano, he sido testigo de disparates de toda índole que suceden en el Congreso: cuando Moreno de Caro soltó unos alacranes (que murieron envenados luego de picar a Iván Moreno); cuando lanzaron a la bancada del Centro Democrático cuatro ratas vivas, el célebre ratentado que más parecía un acto de adhesión. Incluso cuando Alirio Barrera ingresó de modo triunfal por las escalinatas del Congreso montado a lomo de Pasaporte, su caballo, fallecido a la postre seguramente por alguna infección adquirida en el recinto. 

Pero llevar una olla a un lugar que de por sí es una olla superaba mi paciencia: ¿qué sigue? ¿Qué la raspen en la comisión económica? ¿Qué el Partido Conservador la utilice para hacer sus cocinados? Por si fuera poco, en lugar de sentirse ofendidos, algunos miembros de la izquierda pedían que regresaran la olla y sacaban guitarra en torno a la fogata mientras entonaban canciones de protesta. 

Durante media hora mis hijas observaron aquel sainete sin pestañeos y poco antes de que se traumatizaran decidí apagar el televisor.

—¡Queremos seguir viendo! —exigió la menor.
—Mejor vayan a oír a Osuna. Siempre y cuando se trate del cantante, no del ministro.
—¡Queremos saber qué pasa con la olla!
—No: están muy chiquitas para ver este tipo de contenidos —mentí a sabiendas de que las dos ya no son bebecitas sino bebesotas.
—Me discriminas por ser mujer y usar tenis —dijo la menor.
—Tus tenis se están lavando —me defendí.

A cambio de que nunca más observaran el canal del Congreso, y para formarlas como mujeres de bien, yo mismo les compré las boletas para el siguiente concierto y les ofrecí un bono en la peluquería de Harry Styles.


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