EN EL MATRIMONIO LAFAURIE CABAL
27 Noviembre 2022

Daniel Samper Ospina

EN EL MATRIMONIO LAFAURIE CABAL

Lo primero que le pareció extraño fue que se sentara en el suelo y no en la silla, como siempre, y que se enfundara en sus audífonos y abrazara un cojín. También le sorprendió que desempolvara los viejos pantalones de pana gruesa que usaba hace años, por la época en que él era un esbelto estudiante universitario, recién aterrizado en la capital, al que había deslumbrado aquella hermosura corpulenta y caleña que se bamboleaba al son de un merengue. Porque el flechazo —lo recuerda ella ahora, cuando las dudas la carcomen— fue en una discoteca al lado de la facultad. Sonaba una canción de Cuco Valoy. Comenzaban los años noventa. Los zapatos de César Gaviria aún no tenían huecos. Enrique Peñalosa abandonaba su primer doctorado. María José Pizarro comenzaba a gatear. Álvaro Uribe regalaba la ropa que ya no utilizaban Tomás y Jerónimo a Óscar, el mayordomo de la finca, para que vistiera a su hijo Guillermito. Gustavo Petro esperaba a su segundo varoncito, Nicolás, que vendría acompañar al primero, Nicolás. Y en aquel marco nostálgico de esa Bogotá de nubes grises, cuyo cielo siempre amenazaba lluvia, la joven María Fernanda Cabal, estudiante de Ciencias Políticas de la Universidad de los Andes, peinaba en una discoteca su copete Alf para que su frente, como si fuera cualquier frente del ELN, luciera despejada, mientras sus amigos comentaban los partidos de la selección Colombia, que por primera vez emocionaba: 

—Esa llave de Usuriaga y Rincón es imparable —decía uno.
—Pero ojalá no los pongan a trabajar porque se agarran de las greñas —añadía María Fernanda.

Fue entonces cuando sonó aquella canción de Valoy, —Cuco Valoy, no alias Vanoy— y aquel costeño de pantalón de pana gruesa de la mesa de enfrente, que parecía un fideo, se le acercó con su caminado de sabrosura:

—Ajá, y tú qué —le dijo—. Yo soy José Félix; estaba en un encuentro universitario de las facultades de Ingeniería.

—Mucho gusto —respondió María Fernanda, impactada por el vuelco que de inmediato sintió en su corazón. 

El hombre era evidentemente más bajo que ella y tendría que alzarlo al hombro si algún día salieran a bailar a Massai, en La Calera, sopesó la mujer. Pero le gustaba: había algo en él que le gustaba. El desenfado. El peinado con blower. Los mocasines sin medias. 

—¿Vamoj a comé ñame? —se animó él, frontal y masculino como siempre—. ¿O prefierej bailá?

María Fernanda no lo pensó dos veces: se abrochó los tenis Reebok y se entregó a la marea cadenciosa de aquel príncipe monteriano que se apropió de la pista de baile como si fuera un terreno en zona fértil.

Aquella primera cita fue mágica. Bailaron canciones de Wilfrido Vargas, éxitos de Manduco, y luego él la llevó a la casa en su Sprint recién comprado. 

—¡No joñe, tú sí erej bella! —le dijo ya en el carro, mientras una balada de Air Supply, presentada por Alejandro Villalobos, sonaba por la emisora 88.9.  Entonces se animó a pasar al ataque cual autodefensa en zona guerrillera, mientras el vaho del amor invadía la cabina y el copete extraterrestre se deshacía.

Pero ahora, treinta años después de aquellas postales de amor que se deslizan por su mente como música triste, María Fernanda sabe que algo sucede con su esposo. Lo nota nervioso cuando vibran las notificaciones del WhatsApp; nervioso cuando toma incómodas pero inevitables llamadas delante de ella:

—Ahora te marco —dijo la última vez: la vez que se desató la pelea. Porque ella entonces decidió confrontarlo.

—¿Quién era, ve? —lo auscultó mientras lo miraba con intensidad.
—Ejem, nadie… jeje: no era nadie: una pelada —disimuló él.

El silencio se tensó como cuerda en el ambiente y María Fernanda caminó hacia él, dispuesta increparlo:

—Esa —le dijo—, esa… era la voz de Petro: lo alcancé a oír…
—No hombe, qué va… era una pelá —insistió él.
—Pelada la calva de Petro: no me engañés, ve…
—Te digo que era una pelá que me gusta… 
—Alcancé a oír que te decían “esétera”, como solo lo pronuncia Petro…

A pesar de la evidencia, José Félix decidió negarlo una y otra vez, con persistencia de director gremial, y confirmó de ese modo que su mujer es fuerza letal del Estado. Porque entra a matar sin contemplación:

—Recogé tus dos corotos y andate pal infierno, con García Márquez —le gritó ella.

Y lo hizo porque para ese momento ya no había espacio para las dudas; porque todo, súbitamente, adquiría sentido: la vez que lo pilló en flagrancia vertiendo canela y aguardiente al agua que había puesto a calentar en la tetera. Los zapatos de gamuza marca Hevea que un día, de pronto, aparecieron en el clóset. La mochila de lana cruda que encontró escondida, debajo de la mesa de noche de él.

Ahora comprendía también por qué él se sentaba en el suelo, abrazado a un cojín, como si estuviera en una chimenea y suponía —y no se equivocaba al suponerlo— que lo que escuchaba por los audífonos en aquellos momentos era música de Silvio Rodríguez de la extraña lista —“Qué cosa fuera”— que apareció de repente en la cuenta de Spotify que compartían.

Dejó a su marido con las palabras en la boca y se encerró en su cuarto para llorar en silencio lágrimas gruesas, como las del pantalón de pana de aquel conquistador que, en otras épocas, se zangoloteaba en las baldosas junto con ella para azotarlas como si fueran derechos de las minorías: aquel galán con el que alcanzó a observar más de diez mil atardeceres, a cuidar cerca de treinta mil reses y a observar ocho mundiales.

Sonó la letra melancólica de Mendigo de amor, la salsa triste de Cuco Valoy, cuando José Félix abandonó la casa. En la mochila arhuaca llevaba la muda que usaría en Caracas durante las negociones de paz con el ELN.

Quiso despedirse, pero su mujer le dio la espalda y él ya no tenía tiempo que perder: en la portería lo esperaba Iván Cepeda en cuya caravana avanzaría hacia Catam. 

—¿Crees que papá vuelva? —preguntó el hijo a su mamá esa tarde, mientras tomaban las onces juntos: juntos y solos.
—No lo sé —atinó a decirle ella—: pregúntale por Twitter.

El cielo de Bogotá amenazaba lluvia mientras el avión avanzaba sobre el aire con destino a Caracas.


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