MUERTE AL PEATÓN
27 Noviembre 2022

Daniel Samper Pizano

MUERTE AL PEATÓN

Iba a pasar. Seguramente, ya había pasado antes. Y pasará muchas más veces, a menos que el Gobierno o la Alcaldía se decidan a proteger al eslabón más débil y abandonado del universo del transporte: los peatones. El 5 de noviembre Cristian Meza, trabajador del IDU casado y con dos hijos, caminaba por una calle de Bogotá, cuando un motociclista invadió abusivamente el andén y puso en riesgo a quienes por allí transitaban. Meza protestó. El piloto, prevalido del poder altanero que otorgan los motores, descabalgó, sacó un destornillador y le propinó varias heridas mortales.

Los andenes bogotanos están atestados de ciclistas, ciclomotoristas, rapitenderos, patinadores y motos que hacen temblar a los indefensos ciudadanos. Y ay del que proteste, porque puede correr la suerte de Meza. Desde que la Alcaldía decidió convertir a Bogotá en la Capital de la Bicicleta, los pedalistas reclaman abundantes y supuestos derechos, exhiben poco civismo y, en la práctica, no acatan ninguna obligación. Se gastan millonadas de dineros públicos en ciclovías, pero se permite a los ciclistas que ocupen los espacios ajenos. Los pasos de peatones, sagrados en otros países, son aquí una invitación a cazarlos. 

Estupendo aparato es la bicicleta: promueve el ejercicio, respeta el medio ambiente y hay modelos para todos los bolsillos. Pero el zapato es más empleado como medio de locomoción urbano y sin embargo nadie lo protege. Cuántas veces los atemorizados ciudadanos de a pie nos apartamos para evitar que nos arrolle un velocípedo que prefirió la acera a la ciclovía... Antes yo me quejaba por estos filibusteros, pero dejé de hacerlo desde que un sujeto se bajó de su cicla machete en mano para preguntarme intimidante “qué era la joda”. Nunca vi que decomisaran una bicicleta o multaran una moto por movilizarse en el andén. Tampoco recuerdo campañas contra la ocupación de aceras ni a favor de los derechos del caminante. En cambio, cada vez hay más quejas por el maltrato a los peatones. Solo que los invasores ya no solo amenazan con sus ruedas e insultan al que protesta. Hemos pasado directamente a la fase del peatonicidio.

Con todo, las estadísticas oficiales prueban que es más peligroso viajar en moto que en cualquier otro recurso. El año pasado murieron en accidente de tránsito 7.270 colombianos. De ellos, 60 por ciento (4362) eran motociclistas; 20 por ciento (1454), viandantes; 11,7 por ciento (851) ocupaban otro tipo de vehiculos y 2,3 (167), ciclistas.

También la cifra de peatones que mueren atropellados es escandalosa: cuatro diarios, 28 semanales, 120 al mes. Culpables, carros, ciclas, buses o, más probablemente, motos, pues, según el Gobierno, el 39 por ciento de las víctimas fatales lo son “por causas asociadas a una motocicleta”. No es de extrañar, pues de 16 millones de vehículos que circulan por el país, 10 millones corresponden a este tipo de automotores.

Las motos se han convertido en el transporte preferido de los colombianos. Atiborran calles y avenidas, vuelan por carreteras y autopistas y trepidan por las trochas campesinas, donde han desplazado a burros, mulas y caballos. Gracias a planes de crédito insuperables, están al alcance de cualquier economía familiar y confieren una libertad de desplazamiento barato que contrasta con casi todas las demás opciones. Además, son versátiles y su combustible resulta más económico que el de los carros. Pero deja efectos lamentables a causa de la inexistente educación vial de muchos de sus usuarios. Por eso, entre 2020 y 2021 subió un 48 por ciento el número de víctimas mortales de esta máquina inventada en Estados Unidos hace poco más de 150 años. 

Buscando mejores recaudos y frenar la evasión, el Gobierno acaba de rebajar sensiblemente el SOAT (Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito) a millones de vehículos, entre ellos las motos de bajo cilindraje. Supongo que se trata de una medida inteligente desde el punto de vista fiscal y un alivio ante las protestas de quienes utilizan este medio. Pero es también una decisión peligrosa que promueve el uso de la moto y, por lógica, fomentará los accidentes. Hacen falta educación y controles. O lo que una publicación bogotana, contagiada por la jerga burocrática, describe como fórmulas que “reduzcan la siniestralidad, para lo cual buscarán que el beneficio aplique a quien no incurra en accidentalidad”. 

Si yo fuera propietario de una motocicleta supongo que estaría muy contento con la reducción del SOAT, y si estuvera pensando en comprar una, quizás daría el paso. Pero soy peatón, como Cristian Meza, y tiemblo más que ayer al recorrer la jungla de las aceras colombianas, escenario de huecos, basuras, atracadores, bicicletas que imponen su poder sobre los indefensos paseantes y motos que consideran el andén como un buen atajo.

El árbitro guerrillero

Descubro una curiosa anécdota en el reciente, recomendable y memorioso libro de León Valencia Agudelo La izquierda al poder en Colombia. En alguna andanza proselitista, Valencia, que fue guerrillero y luego politólogo y gestor de paz, recibió el honor de pitar la final de un torneo regional de fútbol. Con ánimo de cooperar, aceptó el silbato. Pero una decisión suya provocó controversia y un jugador la emprendió a golpes contra él. Como el Tite Socarrás, León salió “bueno pa’ las trompás”, y terminaron el jugador en la enfermería y el árbitro trompadachín detenido por lesiones personales. Moraleja: A veces es más peligroso el fútbol que la guerrilla.


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