¿SE VIENE EL "TRUMP TROPICAL"? 
16 Octubre 2022

Enrique Santos Calderón

¿SE VIENE EL "TRUMP TROPICAL"? 

“Las encuestas sirven para todo menos para saber quién va a ganar” dijo un politólogo mexicano cuyo nombre se me escapa. Frase para tener en cuenta en el cerrado duelo presidencial que libra Brasil, donde todas se pifiaron ampliamente en la primera vuelta: la ventaja de 13 puntos que otorgaban a Lula sobre Bolsonaro resultó de apenas cinco (48%-43%). Lo que suceda en el desenlace del 30 de octubre debería interesarnos por todo lo que significa nuestro gran vecino amazónico.
   
  Es la economía y la democracia más grande de América Latina (215 millones de habitantes), con la que compartimos una selvática frontera de 1.645 kilómetros. Brasil es, además, el primer pulmón del mundo con más de seis millones de kilómetros cuadrados de bosque tropical, que pierde a razón de 200 mil hectáreas diarias por deforestación y quemas. De seguir así, el mayor bosque tropical del planeta se convertirá pronto en un vasto potrero (aunque a ritmo menor, Colombia sufre un proceso similar). 
 
 La destrucción amazónica se disparó durante el radical mandato derechista de Jair Bolsonaro, que consideró las normas ambientales un obstáculo para el desarrollo económico y fomentó el ingreso de ganaderos, madereros, mineros y empresas agrícolas a la Amazonia. Su no descartable triunfo sobre el expresidente Lula da Silva sería una pésima noticia para el continente. Para el presidente Petro sería lidiar con un personaje que le ha sido reiteradamente hostil y que hace poco lo calificó como “defensor de la cocaína y amigo del comunista ladrón Lula”.
 
  Bolsonaro es un hombre agresivo e intolerante que promueve una política teñida de racismo, clasismo y un populismo religioso y patriotero que ha logrado cautivar a amplios sectores de la polifacética sociedad brasilera, entre los que se destacan empresarios, militares y evangélicos. Este capitán retirado del ejército estuvo 27 años en el Congreso, donde logró la aprobación de escasos dos proyectos, pero se destacó siempre por su estilo pugnaz y grosero que, según sus seguidores, “lo vuelve genuino” para la gente. 
 
   Su carisma es igual al de Donald Trump y se admiran mutuamente. The Economist de Londres, que dedicó portada reciente a este “discípulo tropical de Trump”, advierte que “los electores brasileros deben resistir el llamado de un populista desvergonzado” y hace votos para que entregue el poder si pierde la elección del 30. Válida inquietud, porque un presidente, que como Bolsonaro ha descalificado el sistema electoral de su país e incita a cada rato a la violencia, no se irá de buena gana. Igualito al gran matón del Norte. 
 
  Brasil está polarizado, pues, entre dos opciones radicalmente disímiles y dos estilos diametralmente opuestos. Los medios describen un cierre de campaña con Lula prometiendo en las favelas que “el pueblo volverá a comer tres veces al día” y Bolsonaro agitando en iglesias evangélicas y templos católicos su lema favorito de “Brasil encima de todo, Dios encima de todos”.
 
 Lula da Silva, dos veces presidente, sigue encabezando encuestas por escaso margen, pero aún carga con el lastre de su carcelazo por corrupción y la destitución de su sucesora Dilma Rousseff.  Es un izquierdista pragmático que ha virado al centro y en caso de ganar enfrentaría a un Congreso donde el bolsonarismo hoy tiene mayoría. Menuda escogencia la que tendrá en quince días la primera democracia de la región. Amanecerá y veremos.

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Cuando el presidente Petro afirmó ante un auditorio indígena en Caldono que el gobierno tenía “enemigos internos” surgieron las especulaciones de que aludía al minhacienda José Antonio Ocampo, quien ha tenido que precisar afirmaciones desatinadas de algunas ministras que impactan el entorno económico. El rumor cobró fuerza cuando Ocampo también dijo que no es posible comprar tierras con títulos de deuda pública como había sugerido el presidente.

Luego quedó claro que Petro se refería a las normas del Estado, que a veces actúan como una camisa de fuerza y fueron elaboradas a través de los años por lo que llamó “sectores sociales que no son propiamente los que nos han dado el triunfo”. Valga la aclaración porque en estos momentos de nerviosismo financiero, dólar subiendo y costo de vida disparado, lo que menos conviene es que el presidente entre en fricciones públicas con su equipo económico. Las quejas de banqueros y empresarios son otra cosa —previsibles, si se quiere, pero una crisis interna en el Gobierno por este tema resultaría costosa.

La no asistencia de Petro esta semana al Congreso Nacional de los Comerciantes también creó cierto malestar en este gremio. El presidente de Fenalco recordó que lo habían aplazado en septiembre para que pudiera estar presente y aprovechó para soltar varias críticas a las reformas tributaria y laboral. Por su parte, el presidente advirtió que se avecina una tormenta económica internacional y cuestionó el alza de tasas de interés que dictaminó el Banco de la República. 

A menos de tres meses de mandato petrista, la polémica sobre política económica puede volverse tempestuosa. Para que la tormenta anunciada no conduzca a un naufragio, más vale que gobierno y sector privado comiencen a remar en la misma dirección. El palo no está para cucharas.

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