TÍPICO DE CIRCOMBIA
16 Octubre 2022

Daniel Samper Ospina

TÍPICO DE CIRCOMBIA

Todos sabemos que una semana en Circombia no termina jamás; que en la pista de circo que tenemos por país es normal que en apenas una semana un senador ingrese un caballo al recinto del Congreso; Iván Mordisco ofrezca una entrevista radial para certificar su resurrección;  el presidente declare que tiene enemigos internos, con lo cual no sabe uno si habla de una conspiración política o de que padece reflujo; y un representante a la cámara, semejante a Bob Marley, confiese que fuma marihuana mientras la galería conservadora se aterra: ¿en serio les impresiona? ¿No se dan cuenta, acaso, de que a estas alturas lo que fume una persona nos importa un cacho?

Gustavo Petro se vuelve amigo de José Félix Lafaurie y ofrece comprarle millones de hectáreas de tierra con dinero que no tiene; la ministra de Cultura arma fiesta de saltimbanquis por presentar una ley que amplía el nombre de su ministerio por uno en plural; el congresista Polo Polo parece perder otra vez su curul y recuperarla nuevamente; el ministro de Hacienda desautoriza a la ministra de Ambiente; la ministra de Minas desautoriza al ministro de Hacienda; el presidente llega tarde a todas las citas; el Gobierno advierte que por el Acuerdo de Escazú no podrá cumplir su promesa de campaña construir un tren elevado, eléctrico y humano que conecte las dos costas; el senador Roy Barreras propone crear una moneda latinoamericana que se llamaría —es una propuesta personal— el roy.

—¿Cuánto vale esta novela?
—Dos roys con 70 armanditos.
—¿Y ese libro de poemas del senador Barreras?
—Es gratis.
—Gracias, vuelvo más tarde.

Y los titulares de cada día demuestran que somos un viaje al pasado: el guerrillero Iván Márquez reaparece en escena para negociar su ingreso a un proceso de paz; Emilio Tapias protagoniza un escándalo de corrupción; James Rodríguez se lesiona: ¿estamos en el año 2010, acaso? ¿Qué sigue? ¿Que estrenen Pasión de Gavilanes? ¿Que los mejores colaboradores de Petro renuncien a los tres meses? 

Pero sin duda alguna la noticia más delirante de esta locura con cordilleras en que malvivimos fue el episodio de brujería que sucedió en el Congreso. Mientras aprobaban el Acuerdo de Escazú, congresistas del Centro Democrático denunciaron que en el tercer piso del recinto estaban cometiendo un acto de brujería que resultó ser el ingenuo bochinche de unos activistas ecológicos que prendieron velas a un frailejón de peluche, a manera de altar: unos simples locos de altar.

Desde épocas de mamá Regina no se observaba un evento de brujería parecido. El único antecedente protagonizado por un muñeco de vudú fue el de Iván Duque cuyos alfileretazos por su mal gobierno picoteaban de forma directa los nervios y la popularidad de su patrón, Álvaro Uribe. 

Los hechos sucedieron así:

Los congresistas sesionaban cuando un olor a humo impregnó el ambiente.

—¿Ustedes huelen algo raro, como a incienso? —preguntó Paloma Valencia. 

—Es que debió de llegar Daniel Carvalho —le respondió Oscar Villamizar. 

En ese momento se levantó el senador Polo Polo y exclamó con arrojo: 


—Miren: en el tercer piso… ¡Nos están haciendo brujería! 

—Es verdad: están quemando algo… —certificó Miguelito Uribe. 


La senadora Isa Zuleta, que en ese momento pasaba por la zona, reaccionó: 

—¿Qué están quemando? ¿Dónde? ¡Yo quiero! —dijo extasiada. 


Elaboraron teorías mientras observaban a la distancia. Algunos especularon con que la protagonista de aquellas prácticas oscuras era Irene Vélez, dispuesta a espantar la mala energía que, en términos literales, está dejando su gestión. 

Fue entonces cuando el congresista Oscar Villamizar se caló la cachucha de policía que heredó de Iván Duque y denunció lo que sucedía: 

—¡Presidente! —vociferó ante Roy Barreras—: ¡exigimos que cesen las prácticas diabólicas en el recinto y saquen ese muñeco de vudú!  

—Ese es el doctor Alirio Barrera —aclaró el doctor Barreras. 

—Me refiero al de arriba… 

—Ese es un peluche de Ernesto Pérez... —aclaró de nuevo el presidente del Congreso. 

—¿Ese es Ernesto Báez? —preguntó el honorable Villamizar, mientras se quitaba la cachucha. 

—¡Pérez! ¡Ernesto Pérez, el de la canción! —le dijo Paloma Valencia.

Miguelito Turbay se puso de pie y entonó el pegajoso estribillo.

Entonces apareció una misteriosa silueta, de frondoso y erizado cabello y barbilla coronada por un feo lunar con pelos.

—¡Una bruja! —exclamó, horrorizado, el honorable Villamizar. 

—¡Cacémosla! —ordenó María Fernanda Cabal.

Toda la bancada inició entonces una cacería de brujas, como en sus mejores tiempos, hasta que el presidente del Senado pidió orden de nuevo: 

—Por favor, los congresistas de allá: dejen quieto al senador Bolívar… 

—¿Es el senador Bolívar? —preguntó, desconcertado, Oscar Villamizar. 

—¿Y la olla? Si no es una bruja, ¿por qué tiene esa olla? —indagó, sagaz, Paloma Valencia. 

—Es donde busca la economía colombiana: seguramente quiere proponer una ley para resucitarla con alguna idea tomada de la Argentina —aclaró un representante.

—¿Y por qué tiene la escoba, entonces? —preguntó el senador Barrera (o su caballo). 

—Es la misma con que barría el Pacto Histórico en las encuestas… 

Los congresistas, entonces, regresaron a sus curules tarareando la canción de Ernesto Pérez, porque a todos se les pegó, mientras buscaban nuevos rastros de hechicería: una bolsita con pelos negros de alias La Gata, o la toma de posesión del senador Polo Polo, para quienes dudaban de que no estaba poseído; al menos un amarre con dos dientes de César Gaviria atados por un chamizo del falso pelo del ingeniero Hernández.

Pero no encontraron nada y la jornada continuó sin mayores percances hasta que debatieron asuntos económicos. Porque, por si faltaran noticias preocupantes, la semana cerró con un precio de dólar tan elevado como el abortado tren elevado: a 4.700 pesos (equivalentes al día de hoy 7 roys con 12 armanditos).  

Definitivamente hay que pedirle un porro al congresista Carvalho.


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