La privatización de la Luna
11 Mayo 2022

Laura Gil

La privatización de la Luna

El régimen Artemisa de la Nasa comprende un conjunto de acuerdos bilaterales no vinculantes con Estados Unidos sobre unas reglas básicas de exploración y explotación del espacio. Aspira a renovar un desactualizado marco espacial internacional. Colombia acabó de firmar su incorporación. Hizo bien. 

“El acuerdo con la Nasa es una apuesta por nuestras mujeres, porque el programa Artemisa, tiene como objetivo enviar a la primera mujer a la Luna posiblemente en la misión de 2024, después en la misión a Marte, y queremos ver colombianas en ese grupo”, dijo la canciller Marta Lucía Ramírez. Ese es un sueño algo lejano y esa no es la razón de peso para adherir.

El programa Artemisa tiene como objetivo el retorno de Estados Unidos a la Luna para instalar una presencia de largo plazo que permita explotar recursos mineros y desde la cual lanzar misiones a Marte y a otros cuerpos celestes. La Nasa abrió el proyecto a demás países, así como lo hizo con la Estación Espacial Internacional.

Ni corta ni perezosa, la administración Trump vio en la internacionalización de Artemisa un camino para imponer su visión del espacio. Los países deben, para entrar en el programa, aceptar el acuerdo base, que podrá complementarse con documentos adicionales conforme a las necesidades y potenciales de cada nación. A diferencia de la Estación Espacial Internacional, cuya administración está regida por un tratado internacional, los acuerdos Artemisa constituyen una manifestación política.

A pesar de que ocho países –Australia, Canadá, Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos, Japón, Italia, Luxemburgo y Reino Unido– redactaron los acuerdos Artemisa, lo cierto es que reflejan el interés de Estados Unidos en detrimento del escenario multilateral. Desde su adopción en 2020, 19 países los refrendaron y el gobierno de Estados Unidos se ha visto obligado a capturar firma por firma. Nótese la ausencia de las potencias espaciales –China, Rusia y la Unión Europea–. Salta a la vista el desconocimiento de la ONU, el escenario donde se ha negociado el grueso del régimen espacial.

Estados Unidos plantea en Artemisa líneas de conducta en exploración pacífica, transparencia, interoperabilidad, asistencia de emergencia, registro de objetos espaciales, publicación de datos científicos, preservación del patrimonio espacial ultraterrestre, recursos espaciales, evitación de conflictos en actividades espaciales y desechos orbitales. La mayoría no causa controversia; la Casa Blanca introdujo dos elementos polémicos.

El Tratado del Espacio establece que "el espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera". Esto ha sido considerado una prohibición de ocupación territorial y de extracción minera, algo de lo cual Artemisa se aparta. No solo promueve la explotación de recursos, sino crea también zonas de seguridad para las operaciones de actores estatales y no estatales, una figura que se parece mucho al establecimiento de colonias en el espacio.

Quizás esta Casa de Nariño, siempre tan plegada a Estados Unidos, entendió su acción como una oportunidad para complacer al aliado en una expresión más de subordinación. Así las cosas, ¿por qué Colombia acertó al estampar su aval? 

Podrá sonar contradictorio, pero cuantos más Estados suscriban los Acuerdos Artemisa, más posibilidades existen de atraer a China y a Rusia a un acuerdo global. No hay que pecar de ingenuos: ni Rusia ni China pretenden proteger el medioambiente lunar; les sirve la falta de regulación.

La explotación del espacio les abrirá la puerta a actores no-estatales. ¿Por qué quedar por fuera de posibles alianzas comerciales?  Hasta Francia, tan celosa del liderazgo de Estados Unidos, está considerando sumarse. 

Esta adhesión producirá en el corto plazo beneficios marginales, pero no acarrea costos y sí posibilidades. Si la privatización y la colonización de la Luna son inevitables, es mejor participar en la conversación.

Más Columnas