Mañana
18 Junio 2022

Valeria Santos

Mañana

El día después de estas elecciones Colombia seguirá siendo Colombia: divida y fragmentada. Mañana, la mitad del país despertará con ilusión por el porvenir de su voto o con rabia por haberlo perdido. Cualquiera de los dos escenarios profundizará la grieta que nos separa. Del necesario cambio deberá brotar la tan anhelada reconciliación. Pero para esto también debemos estar preparados, no hay proceso de transformación y de sanación que no genere resistencia. 

Al margen de quien sea el presidente, el país exige un cambio. Si bien una descamación real puede ser más evidente en una presidencia de Gustavo Petro, si el que nos termina gobernando es Rodolfo Hernández la mayoría de los colombianos se encargarán de exigirle también una verdadera transformación. Y me refiero a la mayoría porque aún existe en Colombia una poderosa minoría que siempre ha tenido el poder y que pertenece a una élite económica y política que se ufana de un progreso que en realidad ha sido excluyente y clasista.

Hoy quiero escribirles a los que, como yo, han tenido más de lo que necesitan, a quienes este país les ha dado tanto a pesar de tener tan poco. A ustedes, que van a votar para que todo siga igual, les digo: la resistencia al cambio únicamente lo hará más traumático. 

La mayoría de nosotros no sabemos qué es vivir en la pobreza, como vive el 40 por ciento de los colombianos; ni tenemos que trabajar en la informalidad, como subsiste el 60 por ciento de nuestros compatriotas. No nos tuvimos que endeudar con el Icetex toda la vida para después ni siquiera encontrar un trabajo. No fuimos desplazados de nuestra tierra, como los 8 millones de colombianos que por la violencia tuvieron que dejarlo todo. Tampoco hemos tenido hambre, como los casi 13 millones de colombianos que solo comen dos veces al día. Nacimos con oportunidades en un país donde un niño, para salir de la pobreza, tendrá que esperar 11 generaciones. 

Nos hemos enriquecido gracias a un sistema que nos favorece más a nosotros. Pagamos pocos impuestos sobre nuestra riqueza, somos los dueños de la mayoría de la tierra, estamos llenos de privilegios y aun así recibimos todos los beneficios que provee un Estado precario. Es el momento de ceder, incomodarnos, mirar hacia afuera, reeducarnos, confrontarnos con la realidad. Entender que no es justo ni sostenible seguir exprimiendo un país donde la mayoría no tiene la posibilidad de surgir. Este rumbo eventualmente también causará nuestra propia destrucción. 

Y no soy ingenua. No creo en las promesas de los candidatos alejadas de la realidad. El pragmatismo, aunque esté desvalorado, sigue siendo mi ley. Por eso, pragmáticamente, entiendo que Colombia no puede seguir así. El individualismo extremo, la ambición feroz, la competencia desleal, el desarrollo depredador, la violencia hegemónica no coexisten en un Estado social de derecho que debe servir a la comunidad y promover la prosperidad para todas y todos. 

Tengo claro que las promesas ambiguas de los candidatos, los proyectos y programas irrealizables son pura retórica. Tengo muchas reservas con ambos candidatos. El mesianismo, sus personalidades, sus discursos llenos de populismo barato serán un reto para Colombia, pero confío en el contrapeso de nuestras instituciones. Y, sobre todo, no me dejo llenar de miedo con infantilismos como la falacia de que nos vamos a volver como Venezuela. 

Mañana podemos comenzar a redefinir a qué le damos valor. El hombre blanco millonario exitoso “con pantalones” no puede seguir siendo nuestro único referente. Declarar como héroe al gran empresario colombiano no tiene nada que ver con valorar la libertad de empresa. La realidad es que en Colombia la empresa es poco libre. El 99 por ciento del tejido empresarial está compuesto por pequeñas y medianas empresas que están ahogadas compitiendo con grandes oligopolios que han gobernado con todos los presidentes para perpetuar sus prebendas. El “gran empresario” colombiano no puede seguir cooptando el poder. Una sociedad justa implica que el poder económico se separe del poder político y ceda sus beneficios para que justamente todas y todos puedan crear empresa en igualdad de condiciones. 

No podemos seguir alimentado solamente los valores económicos en una sociedad que necesita reconocer diferentes formas de progreso. Es necesaria la generación de riqueza, pero no es suficiente. El bienestar, la calidad de vida, el ser felices implica reconocer al otro en su infinidad de posibilidades, su complejidad y la belleza de su diferencia. Tenemos que ser capaces de valorar las distintas formas de trabajo, construir relaciones simétricas de respeto y admiración. Y ahí, alimentar los espacios públicos y encontrarnos en ellos. 

Podríamos despertarnos mañana con el propósito de romper con los significados inmutables, con los límites impuestos. Podemos construir algo nuevo, algo distinto, entre todas y todos. Mañana, aunque amanezcamos divididos –algunos felices, otros frustrados–, podemos comenzar una nueva conversación para escribir una historia diferente. Debemos hacerlo. 

Más vale que podamos entender por fin la importancia de la reconciliación. Después de esta campaña sucia, ruin y oscura tenemos que volver a definir la línea ética. No podemos seguir cultivando agresiones, matoneos y el aniquilamiento del otro. Así hemos venido alimentando por años nuestra violencia. El 28 de junio se presentará el informe final de la Comisión de la Verdad. Esta puede ser una buena oportunidad para entender, sanar y nunca olvidar para no volver a repetir.

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