Mi pacto histórico
29 Noviembre 2022

Daniel Schwartz

Mi pacto histórico

Bogotá es una ciudad en construcción. Cada día aparece una nueva obra pública, la del primer carril del improbable metro, el arreglo de una vía o la demolición de alguna casa familiar para construir un edificio que será igual a todos los demás. Es por eso una ciudad de polisombras, de manteles verdes y negros que esconden las transformaciones y el arduo trabajo de los obreros de la construcción.

Hace un par de días vi cómo retiraban las polisombras de un edificio recién terminado y de manera inconsciente pensé en mi circuncisión. Recordé esa clase de educación sexual que nos dio la psicóloga del colegio, de apellido Castro –qué ironía–, en la que me usó de ejemplo, frente a todo el salón, para explicar que a los judíos les quitaban el prepucio. Todos mis compañeros se rieron, y la doctora Castro, para resarcirse, mencionó la ya anticuada teoría de que los penes sin prepucio eran más higiénicos. Ese día, y las semanas siguientes, sentí como si me hubieran vuelto a circuncidar.

Seguí con mi vida y comencé a ver referencias al prepucio en todas partes: una señora quitándose del cuello una bufanda, un niño desenvolviendo un bombombun, en el hombre calvo con saco cuello tortuga del TransMilenio, en la niña que pela un banano… A donde volteara a mirar aparecía frente a mí, una y otra vez, esa cicatriz primigenia.

Esa cicatriz, que es la ausencia de algo que debería estar ahí, me lleva a pensar en todo lo que un padre puede hacer para que su hijo haga parte de su historia. Primero, Dios ordenó a Abraham que se circuncidara como prueba de su devoción, luego, Abraham circuncidó a su hijo Isaac, a quien años después estuvo a punto de sacrificar en un monte en la tierra de Moriah. La circuncisión es el primer paso, el mensaje de un padre a su hijo sobre cuánto es capaz de hacerle. Abraham le cortó a Isaac su prepucio, luego casi lo degüella. Algunos académicos sostienen que el ritual de la circuncisión se originó, precisamente, como un reemplazo al sacrificio de niños. Dios le dijo a Abraham que la circuncisión sería el símbolo de su pacto, y que debía hacerlo después con su hijo, y él con el suyo, y así por siempre.

Hoy los pactos de sangre no existen, excepto este, doloroso e incisivo, firmado por parte del padre a nombre de su hijo recién nacido. La circuncisión, sea litúrgica o secular (muchos gentiles mandan a circuncidar a sus hijos con la excusa de la higiene), es algo así como la primera venganza del padre sobre el hijo: que cargue con la misma imposición que él debió cargar, que sepa que el mundo es duro y que esta es apenas la primera de muchas cicatrices. Que entienda, a los ocho días de nacido, cuánto mal le puede hacer el mundo y que nunca olvide cuánto control tiene él sobre su cuerpo. También es la manera en que el padre deja huella en la crianza de su hijo: la madre, quien gesta y alimenta al recién nacido, no es la que propone la circuncisión. Es el padre, sin mayor conexión con el cuerpo del niño, quien decide castrarlo, pues él mismo fue castrado. Y lo hace al hijo varón como venganza por alejarlo de su amada; compite con el hijo y lo ataca prematuramente quitándole un trozo de su hombría y guardándola para sí. 

¿Qué clase de persona sería yo si no me hubieran circuncidado? ¿Qué viene después del prepucio? ¿El pospucio es acaso la vida en ausencia del prepucio? ¿Será la mutilación lo único que tienen en común un judío converso y una mujer trans? Me pregunto si existirá algún cementerio de prepucios. Si deberíamos, como hacen en el litoral Pacífico colombiano con el cordón umbilical, plantar nuestro prepucio junto a un árbol, y que ese sea nuestro árbol por el resto de nuestros días.  ¿Cuántos de los que sacaron la cédula sefardita habrán acogido el pacto abrahámico? Dicen que con la circuncisión se pierde sensibilidad, ¿estaré acaso perdiéndome de un mundo de placer que jamás podré conocer?

En Estados Unidos es cada vez más popular el movimiento en contra de la circuncisión. Muchos médicos aficionados buscan, quizá porque ellos mismos están circuncidados, restaurar la zona prepucial y reconstruir un órgano similar al prepucio, una copia, un pospucio. Esto siempre se ha hecho. Muchos judíos en la antigüedad lo intentaban para pasar desapercibidos. Un padre de familia tiene montada en su sótano en los suburbios de Nueva York la planta de producción del TLC Tugger, un dispositivo de estiramiento que se coloca en la zona prepucial durante la noche. Consiste en unas poleas amarradas a la cabecera de la cama que tiran de la punta del pene con la esperanza de que algún día, y contra toda evidencia, el prepucio se regenere. El hombre, que además es músico e hizo un álbum entero con letras sobre el horror de la circuncisión, se refiere a sí mismo como un “intactivista”, es decir, un activista por el derecho a dejar intacto el prepucio de los recién nacidos. 

He pensado si yo circuncidaría a mi hijo. Si lo hago, quizá pensará que su pene me pertenece, como yo varias veces pensé que el mío le pertenece a mi padre, y como mi padre seguramente habrá pensado que el suyo le pertenece a mi abuelo. Quizás no. En realidad, el pene circuncidado de un hijo no pertenece al padre, sino a la historia, a la antigüedad, al pacto de nuestros ancestros, a unos patriarcas que no sabemos si alguna vez vivieron, porque en realidad no está en uno decidir si le corta el pene a su hijo o no; la decisión fue tomada milenios atrás. Uno sabe, y los ancestros también lo supieron, todo lo que la circuncisión le costará al hijo. Es un sacrificio que puede terminar en una posible burla en el colegio, o en un pogromo, puede ser una cicatriz que lo diferencie de los demás durante toda su vida, y esta es quizá la esencia misma del judaísmo.

Estoy tan marcado por esta cicatriz que, aun sabiendo la carga ética que significa circuncidar a un hijo, no la condeno, y quizá terminaré haciendo lo mismo con el mío. No seré yo quien se quite de encima la carga de 5.000 años de historia, a la que se refirió mi tío abuelo cuando le entregó un jugoso cheque a mis padres cuando nací, con la condición de que me criaran como un buen judío. Ese es el Pacto Histórico que tengo en mi cuerpo y que probablemente tendrá mi descendencia, a quien no busco marcar por venganza, sino por miedo a romper el pacto.

Este Pacto Histórico, sin embargo, no es exclusivo del pueblo judío. Todos los años el mundo cristiano, y hoy el mundo entero, celebra la circuncisión de Jesús: el primero de enero, Año Nuevo, ocho días después del nacimiento de Cristo, celebramos el momento en el que José, celoso por no haber concebido a su propio hijo y rehusando a su condición de simple testigo, le cortó el pene al hijo de Dios.

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