Daniel Schwartz
21 Diciembre 2022 06:12 am

Daniel Schwartz

Nobleza y vulgaridad

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Los deportes, entendidos como competiciones relativamente no violentas que utilizan la fuerza corporal o ciertas habilidades no militares, existen hace miles de años, pero se reconocen como deportes apenas en los albores de la modernidad. Norbert Elías nos revela este hallazgo en su libro Deporte y ocio en el proceso de civilización, donde indaga sobre el contexto social que permitió que la gente utilizara buena parte de su tiempo libre para observar o practicar deportes. Según él, a partir del siglo XVII, cuando la reglamentación de la conducta y de los sentimientos se hizo más estricta y diferenciada, pero también mucho más equilibrada y con castigos menos severos, los nacientes Estados modernos pudieron monopolizar la violencia, y en el proceso, aparecieron nuevas maneras de ejercer cierta violencia, pues esta es imposible de erradicar. Una de estas nuevas formas de violencia son los deportes, expresiones máximas del “civismo” moderno, que significaron un cambio radical en los códigos sentimentales y de conducta. 

En el siglo XVIII aparecen en Inglaterra las primeras formas del juego de la pelota, el fútbol, y otras tantas competiciones deportivas.  Esto sucedió, cuenta Elías, porque la sociedad inglesa pudo al fin apaciguar la violencia luego de muchísimos años de conflicto.  Inglaterra logró terminar las guerras religiosas y las luchas de interés entre los grandes grupos de poder del momento. El sistema parlamentario, aun deficiente, sirvió como escenario para que las dos partes en disputa –los Whigs y los Tories– pudieran resolver sus diferencias de manera no violenta y a partir de nuevas reglas establecidas. 

Existe entonces una estrecha relación entre el régimen parlamentario y los deportes. A lo largo del siglo XVIII, actividades recreativas como el boxeo, la caza, las carreras y algunos juegos de pelota fueron llamados “deportes” por primera vez. También en este siglo las antiguas asambleas nacionales, Cámara de los Lores y Cámara de los Comunes, sustituyeron el campo de batalla como lugar para dirimir los conflictos. Elías concluye que el deporte, como lo entendemos hoy, es consecuencia del apaciguamiento de la violencia política.

Los deportes se practican en este nuevo escenario político dentro del espíritu de un pacto de caballeros. Quienes firmaron la paz y prometieron parlamentar sus conflictos eran, en su mayoría, miembros de la gentry, la nueva aristocracia terrateniente, y de la pequeña burguesía urbana. Eran ellos también quienes practicaban los deportes. Para ceder de manera pacífica a los reclamos de un grupo rival, era imprescindible un mínimo de confianza entre ambas partes; para ceder al rival un poco del poder político había que tener la absoluta seguridad de que no habría abusos ni represalias. Lo mismo pasa en el deporte: para jugar, es necesario confiar en que el otro cumplirá las reglas del juego.

Pero el fútbol de hoy ya no funciona bajo la misma lógica, ya no es relevante la confianza en el otro, ya no es un pacto entre caballeros, así muchos quieran ese fútbol de vuelta. Norbert Elias escribió su libro antes de que aparecieran el baile de Pelé y la picardía de Maradona, antes de que se cometieran injusticias o se lograran venganzas históricas en el terreno de juego, antes de que Suramérica untara de barro y sueños el deporte de lores, whigs, tories y gentrys. Elías escribió su libro antes de las grandes proezas en la cancha, de las que destaco dos jugadas argentinas: la de Maradona en 1986, cuando traicionó la confianza del rival al meter un gol con la mano y luego gambeteó a cinco ingleses antes de anotar su segundo gol; y la de Messi este año, quien, en un arrebato maradoniano, le enseñó al técnico de Países Bajos –defensor a ultranza de las buenas maneras y el orden táctico europeo– que no se puede ganar un mundial sin el desorden de un número 10.

Debería ser una rareza, pero no lo es, que tantos colombianos evoquen y añoren el señorío futbolístico de antaño y desprecien con tanto fervor a la selección argentina. El antiargentinismo, pienso yo, nace de un sentimiento reaccionario y atávico que busca defender las buenas formas del deporte de los caballeros, afortunadamente en vías de extinción. 

Dicen quienes desprecian a la selección argentina que los argentinos no saben ganar, pero eso es algo que solo diría quien está cómodo en la derrota. Dicen que los argentinos tampoco saben perder, que tienen actitudes antideportivas porque se burlan del rival, pero no entienden que, sin la vena del triunfo henchida en el cuello, es imposible ganar. Negar ese principio animal del que busca el triunfo es asunto de los verdaderos antideportivos. Creen que la humildad es el valor máximo en una competencia, pero confunden humildad con pequeñez, que es lo que sí tienen de sobra. Piensan que los argentinos son arrogantes porque se saben mejores. Qué le vamos a hacer, ¡son los mejores!

Aquellos que critican a la selección argentina no gustan del orgullo que demuestra pues piensan que es prepotencia. Eso, al final, habla más de su propia pequeñez que de la supuesta soberbia del otro. Aquí nos gustan las derrotas y las cosas pequeñas, no en vano la élite colombiana, a diferencia de otras en el continente, es pueril, ignorante y sin ambiciones. Esa pequeñez, la de apuntar con envidia la grandeza del otro, es la que nos dejó fuera del mundial y nos obligó a apoyar selecciones ajenas. O bueno, no tan ajenas: quizá una de las razones por la que tantos aquí apoyaron a equipos europeos y no al argentino fue un sentimiento de autodesprecio, un deseo de odiar al semejante, al que habla el mismo idioma que nosotros, al que también aprendió a jugar fútbol en el barro pateando una botella de plástico.

Dijeron, como si fueran los mismísimos nobles que inventaron este deporte, que los jugadores argentinos son vulgares. Como si el fútbol no fuera hoy el deporte vulgar por excelencia. Como si la vulgaridad del Dibu Martínez al recibir el guante de oro no los representara a ellos también. Como si no significara nada hacer ese gesto, tan vulgar como elocuente, frente al emir de Catar y el presidente de Francia. “¡Sacré bleu!”, dijeron los señores colombianos cuando el Dibu, como un gamín de barriada, meneó su pelvis frente a las autoridades del mundo.

Aquí en Colombia confundimos siempre el orgullo con la arrogancia y la humildad con la pequeñez. Por eso envidiamos al argentino y aspiramos a ser aceptados por el europeo. Algunos, imaginando un pasado sefardí, han logrado justificar su apoyo a una selección europea con la excusa de una nacionalidad inventada y que solo tiene valor para ellos mismos. Son antiargentinos porque, precisamente, la pequeñez es la incapacidad de rendirse ante la grandeza. Esa es, para mí, la verdadera arrogancia: no ver la grandeza de nuestros semejantes y buscarla lejos, en países que no tienen nada que ver con nosotros.

Como en 1986, Argentina, en representación de Suramérica, venció a Europa. Los villeros vencieron de nuevo la cultura de los nobles. Celebremos este triunfo.

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