¡Pero si el rey va desnudo!
12 Septiembre 2022

Jorge Enrique Abello

¡Pero si el rey va desnudo!

¡Pero si el rey va desnudo! Con esta frase termina uno de los cuentos más divertidos y paradójicos del danés Hans Cristian Andersen, consignado en el volumen de 1837 Eventyr, Fortalte for Børn o como el mundo entero lo conoció: Cuentos de hadas contados para niños

La historia que ha venido saltando de generación en generación, divirtiéndonos a todos es más o menos así: Se dice que hace mucho tiempo existió un rey muy vanidoso, que alguna vez escuchó que había unos sastres que estaban confeccionando un vestido con una tela maravillosa, única en el mundo. La característica principal de esta tela es que los estúpidos no podían verla. Curioso el rey, envió a dos cortesanos a qué ratificaran el hecho. Al entra al taller de los supuestos sastres que intentaban hacer malabares en el aire con una tela inexistente, los dos cortesanos, para no pasar por pendejos, confirmaron la belleza de la pieza y así se lo expresaron al rey; que decidió admirarla con sus propios ojos y al ser llevado al taller de los estafadores que le iban a cobrar una fortuna por el vestido, afirmó que no había tela igual y encargó un vestido para él, aunque no estuviera viendo absolutamente nada. Días después el vestido fue terminado y para celebrarlo el rey decidió salir a la calle con su nueva adquisición, no sin antes hacer un pago suntuoso a los creadores de semejante espejismo y advertir al pueblo que los estúpidos serían incapaces de ver el nuevo traje del emperador; y así nuestro rey salió en calcetas y desnudo, apenas ataviado por la corona real. Todo el mundo aguantó la respiración al verlo caminar complétamente empeloto, pero como nadie quería pasar por idiota, celebraron la belleza del traje, lo cual enorgullecía profundamente al rey; sin embargo, después de pasarse un rato en cueros por su reino, un niño que no entendía nada gritó: ¡Pero si el rey va desnudo! Al oír esto, todos los cortesanos comenzaron a despertar de pronto, como de un embrujo y a comentar y reírse a carcajadas de su soberano; quien no tuvo más remedio que entrar veloz a palacio para tapar su desnudez, agobiado por la vergüenza. 

Andersen no solo era un gran escritor, sino además, un mago para representar la moral de su época y así educar a través de la fantasía a las nuevas generaciones. Esa moral con el tiempo se ha convertido en una fábula universal y nos sigue hablando hasta hoy. El escritor danés crea una pícara paradoja entre la vanidad del poder y la cegués que ella nos trae; pero por encima de eso, lo que más me gusta a mí; es que demuestra que lo que usted ve no siempre es lo que está viendo; Y con esa mirada quiero analizar tres momentos que han ido sucediendo lo a largo de las últimas semanas; Comienzo con el Pacto Histórico, la izquierda del país, que desde que se fundó la república no había tenido la oportunidad de tener un presidente que los representara y por fin la tuvo al ser elegido en agosto pasado Gustavo Petro como presidente de Colombia. Me es difícil contradecir la mayoría de los discursos del presidente y debo aclarar que no pertenezco a su colectividad, pero, aun así; son discursos que terminan hablando de lo más importante en este tiempo que vivimos; que es humanizar los actos del hombre en medio de la sociedad tan cruel en que vivimos. Donde somos lobos para nosotros mismos: Temas que requieren definitivamente otro enfoque como la guerra, el tráfico de drogas, la productividad del campo, los recursos no renovables, la infancia, la grave inequidad que padecemos como país en vías de desarrollo, la división de nuestra sociedad, la inclusión y el respeto por la vida como un valor sagrado que no puede seguir sujeto a algún tipo de transacción; son fundamentales para que demos el salto a una sociedad civilizada. Por eso, ver las intervenciones de algunos de sus funcionarios, resultan algo extraño, por decir lo menos, tanto como el traje nuevo del emperador. No reconocer que el gas es considerado hoy día energía limpia es contradictorio; primero si quien lo dice es la ministra de Minas, y segundo si cuando se acaben las reservas hay que comprárselo a Venezuela, aun sabiendo que hay descubrimiento de nuevos yacimientos; o ni siquiera esperar que se agote, para empezar con la compra como propuso el embajador en Venezuela suena raro.

Pretender acabar de un tajo con la contratación por servicios y contratar a todo el mundo como empleado, como propuso la ministra de Trabajo implosionaría al empresariado y a la industria; pero lo más grave, al mismo Gobierno que no tendría cómo pagar ese exabrupto. 

Insistir en la teoría del decrecimiento sin un plan de acción pragmático es matar una discusión que en algún momento todos vamos a tener que poner sobre la mesa: ¿Cómo vamos a hacer para que la economía no termine devorando los insumos con que se enriquece y con los cuales el hombre cimienta su existencia sobre la tierra? No basta con decir: ¡dejen de crecer! ¿Cuál es el camino? Es que si digo pan no comeré, solo habrá ausencia como decía la Pizarnik. 

Los he visto embriagados también a algunos nuevos en el poder y no solo de mando como es el caso del senador Alex Flórez que se los tomó todos para envestirse de persona importante e insultar a quien se le parara al frente. En cuatro años el Pacto Histórico tendrá que dejar una huella indeleble que cambie el destino del país, como no se ha podido en los últimos 200 años, pero no así. 

Es posible que a veces de tanto esperar que nos suceda algo, cuando sucede, quedamos tan atónitos que nuestra respuesta nos deja ver desnudos frente a la concurrencia; como el principe Carlos, hoy Charles III, que a la muerte de su madre se baja del carro en las puertas de Windsor a abrazarse con la gente colmado de dicha infinita por haber esperado 70 años que su mamá estirara la pata para él poder ser rey; olvidando el luto que lo agobiaba. Para no ir más allá, su gesto en la firma de proclamación de su reinado, no pudo ser más elocuente, al pedir con musarañas irritantes que le quitaran el tintero de la mesa, porque no quería que nada estorbara la firma de su rúbrica en el acta real; la cual estampó como cuando un beodo firma un cheque sin fondos en el bar donde se pasó de excesos, ¡zas! ¡La reina ha muerto!

El último momento que vale la pena observar y que aún me tiene profundamente conmovido, sucedió en Cannes la semana pasada con el estreno de The Whale de Aronofsky, cinta protagonizada por Brendan Fraser. El público entero de la sala lo aplaudió de pie durante seis minutos entre lágrimas. No solo era el regreso de un actor que todos amamos, sino el de un actor que Hollywood desechó al engordarse y dejar de ser un héroe de acción; que lo olvidó, porque ya no cumplía con el modelo estético que construye éxitos. Qué bello fue ver coronarse a Brendan Fraser, con su vestido de rey ballena que dejaba al desnudo sus muchos más de 100 kilos de belleza imperfecta; pero que paradójicamente contiene mayor verdad que la de los dos momentos anteriores que les mencioné. Esta ovación fue a una actuación que desnuda al espectador y nos termina hablando de nosotros mismos, nuestros vicios y nuestro dolor de no poder conectarnos con un mundo que nos engaña todo el tiempo y al que somos incapaces de quitarle el velo para que nadie piense como en el cuento de Andersen, que somos unos imbéciles. 

¡Viva el rey, viva Brendan Fraser!

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