VUCA: Volatility, uncertainty, complexity and ambiguity. (Volátil, incierta, compleja y ambigua.) Son las iniciales que definen no la realidad de Colombia a una semana de Petro presidente, sino el presente de la realidad del orbe entero. 


Ya llevamos algunos años con esta sigla rondando en papers o conferencias de prospectiva e innovación. VUCA describe agudamente el nuevo mundo de la cuarta revolución industrial, que nos impone el reto como seres humanos de transformarnos radicalmente al esfumarse la normalidad de las líneas de producción seguras, de las oficinas multitudinarias de empleados somnolientos, de padres de familia que con un solo trabajo durante toda la vida y en la misma empresa, lograban sacar adelante a cinco hijos y mandarlos a todos a la universidad, salir de vacaciones dos veces al año y pensionarse para disfrutar de los nietos en los almuerzos domingueros eternos de risas y tranquilidad, viviendo a plenitud esa normalidad que hacía de este mundo un lugar seguro en el que en cada edad ya sabías el rol a ocupar y qué personaje ser en el libreto social que se te imponía. 
Los peligros apenas asomaban en la televisión de los cincuenta y no eran humanos precisamente; más bien eran historias atómicas de ciencia ficción con Gotzilas destructores que arrasaban Tokio cada semana o exploradores interestelares que buscaban salvarnos de los horrores del espacio exterior. Fueron décadas en donde todos querían olvidar el holocausto de la Segunda Guerra Mundial y más bien la glorificaban para volverla ensueño en la gran pantalla, con títulos, como El gran escape, Los doce del patíbulo, Cuando las águilas se atreven o Fuerza 10 de Navarone. 


En la era de nuestros padres y abuelos el mundo era certidumbre; habitaban un lugar en donde las clases medias de los países desarrollados tenían comprado su boleto de ida y vuelta, con hipoteca de ida y vuelta también; para así despedirse sin dejar más huella que la de la firma en los documentos del banco. Era un mundo que no se modificaba, sino que se iba alimentando de sus ruinas, sumándole placas tectónicas a la realidad para que se viera siempre igual, como si pese a la muerte, en la vida no pasara nada.


En los 80 todo comenzó a cambiar cuando la computadora llegó a las casas como un electrodoméstico necesario, no para lanzar cohetes, sino para ayudar a hacer de la vida cotidiana algo más fácil. Hoy la inteligencia artificial nos tiene clasificados a todos, las alcantarillas de Londres miden a cada segundo el nivel de las aguas y lo computan para manejar las compuertas del Támesis y evitar una inundación en la isla, los pilotos administran el vuelo que ya hicieron desde tierra y los aviones en sus trayectorias son supervisados hasta por la fábrica de los motores con los que vuelan, velando por la seguridad de cada kilómetro que avanzan; el internet de las cosas nos indica qué comprar, qué racionar o cómo mantener nuestra casa, de tal manera que el mundo dejó la mecánica del hombre en desuso y la sumergió en los números binarios de un algoritmo, abocándonos a un mundo artificial que no podemos palpar en la vida cotidiana. 


La economía y el dólar después de 2008, cuando quebraron a medio globo al dejar caer un gigante como Lehman Brothers, terminaron de moldear esta realidad en la que hoy vivimos, en donde el 1 por ciento de la población tiene la misma cantidad de dinero del 99 por ciento restante. 


Nuestros padres jamás imaginaron que esto originaría pequeñas guerras de quinta generación por todo el mundo, la proliferación del negocio de drogas prohibidas, que erosionan la moral social de los países emergentes que las producen pero que a la vez sostiene sus finanzas subterráneas; y por sobre todo, una inequidad mundial en la que todas las cifras varían constantemente, como los exámenes de laboratorio de un infectado pandémico de hoy en día.


La llegada a la presidencia de Colombia de Gustavo Petro es una consecuencia necesaria de este nuevo mundo y su primera semana, después de un magnífico discurso en la transferencia de mando, lo ratifica. Incluso, él mismo mencionó este hecho en sus palabras de posesión frente al Capitolio Nacional el 7 de agosto, cuando se refirió a que aún desconocía el destino de esta aventura del cambio; y fue honesto porque el mundo hoy es incertidumbre.

 
Hace más de tres mil años los budistas habían ya definido el término VUCA como lo conocemos: como lo impermanente y a la realidad como inasible y relativa desde la pobre percepción de nuestros sentidos. Son muchos los iluminados que saben que la dimensión verdadera en la que se mueve el hombre es la incertidumbre, aunque nosotros insistamos en seguir viviendo en ese par de décadas después de la bomba atómica que les pertenecieron a nuestros padres, cuando la vida solo era un camino en ascenso a una tranquila pensión.


El primer anuncio de que el mundo  comenzaba a cambiar, lo recibí hace ya 30 años de mi maestro de historia del arte en la universidad, el legendario Camilo Lleras. Puso en mis manos un libro escrito por un profesor de lógica y matemática de la época victoriana, dedicado a una muy joven alumna. Me refiero a Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. En él, en una especie de alucinación, una niña cae por lo que en física hoy se conoce cómo un rabbit hall, entrando en otra dimensión, en donde nada está acorde con la mecánica con la cual siempre ha vivido y para regresar a casa debe fumar opio, hacerse grande, luego chiquita, conocer a un gato que se hace invisible y tratar de entender la gramática de un sombrero loco que ajusta el tiempo como le da la gana.

 
Como a mí me lo aconsejó mi querido maestro, hoy yo le aconsejo a usted que lea este maravilloso libro para que entienda que la cifra del mundo es una adivinanza, que desde siempre todo es mutable e inasible, que todo lo que es está siendo y será; y que si no quiere sentir miedo por los cambios que vienen, aprenda a caminar con los ojos vendados porque en lo que aparentemente no se ve, está la raíz de todo y por supuesto el camino. Feliz día del no cumpleaños.

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