Luis Alberto Arango
5 Mayo 2023

Luis Alberto Arango

Apellidos y arrogancia

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La arrogancia como actitud sistemática para tratar a las personas es antipática y odiosa. Cierra puertas y no inspira a construir una sociedad más incluyente y justa.


En la literatura, el cine y la televisión encontramos casos de personajes que, por llevar ciertos apellidos, se sienten con derecho a menospreciar a los demás. Esta actitud de superioridad y arrogancia ha sido representada, por ejemplo, con buen grado de detalle en los libros de la serie de Harry Potter o en la novela de televisión Yo soy Betty, la fea. 

Harry Potter, escrita por J.K. Rowling, es una de las series de novelas fantásticas más famosas del mundo y presenta al personaje Draco Malfoy, quien encarna casi a la perfección la arrogancia basada en su apellido. Proveniente de una familia de magos de sangre pura, Malfoy se siente superior a otros estudiantes, especialmente a aquellos de sangre mestiza o hijos de muggles. A lo largo de la serie, Malfoy intenta imponer constantemente su superioridad sobre los demás.

En la famosa y muy querida telenovela Yo soy Betty, la fea, el personaje de Marcela Valencia, interpretada por Natalia Ramírez, es otro ejemplo de un personaje arrogante. Marcela es la vicepresidenta de la empresa Ecomoda y está comprometida con el protagonista masculino, Armando Mendoza. A lo largo de la historia, Marcela tiene una actitud despectiva y condescendiente hacia Betty, la protagonista, debido a su apariencia y estatus social. Marcela también es arrogante en su trato con otros empleados y colegas, considerándose superior a ellos.

Lamentablemente, para algunos, la arrogancia representada en personajes ficticios como los mencionados, se materializa en la vida real en personas que forman parte de nuestro círculo cercano, ya sean amigos, conocidos, compañeros de trabajo, jefes o familiares.

La arrogancia basada en el apellido, aunque puede tener otras causas, no solo es injusta y discriminatoria, sino que también puede ser el reflejo de una profunda inseguridad personal o puede estar relacionada con un trastorno narcisista de la personalidad. Este trastorno se caracteriza por un exagerado sentido de autoimportancia, una gran necesidad de admiración y una falta de empatía hacia los demás.

“Para algunos, la arrogancia representada en personajes ficticios como los mencionados, se materializa en la vida real en personas que forman parte de nuestro círculo cercano”.

Según expertos en psicología, quienes se enorgullecen de su apellido y lo utilizan como justificación para menospreciar a otros pueden estar compensando su propia falta de autoestima y buscando una fuente externa de validación. Este comportamiento puede ser el resultado de una crianza en la que se les enseñó que su valor dependía de su linaje, en lugar de sus acciones y logros personales.

Este tipo de arrogancia no solo daña a quienes la reciben, sino que también impide el desarrollo emocional e intelectual de quienes la practican. Al aferrarse a la idea de que su apellido les otorga un estatus superior, estas personas se cierran a la posibilidad de aprender de los demás y de establecer relaciones genuinas basadas en la empatía y el respeto mutuo.

Algunos ejemplos de maltratos usuales incluyen el desprecio verbal, la discriminación, la humillación pública, la manipulación emocional y la negación de la dignidad. Estos comportamientos son perjudiciales tanto para quienes los reciben como para quienes los practican, ya que cierran oportunidades y limitan el desarrollo emocional e intelectual. (1)

Como sociedad, es fundamental promover valores de igualdad, respeto y tolerancia. Debemos enseñar a las generaciones futuras que el verdadero valor de una persona no se encuentra en su apellido, sino en su carácter y en la forma en que trata a los demás. A fin de cuentas, es nuestro carácter y comportamiento lo que realmente nos define, no el apellido que llevamos.

“Es esencial reconocer que todos nosotros tenemos el poder de marcar la diferencia y promover el respeto y la empatía en nuestras propias interacciones”.

Para enfrentar a individuos arrogantes que basan su superioridad en su apellido, es importante no permitir que su comportamiento nos afecte personalmente. Para ello es preciso tener en mente que su actitud proviene de una inseguridad interna y no de una verdadera superioridad. Es menester hacer el esfuerzo de tratar a estas personas con cortesía y respeto, pero no sentirse intimidado por ellas. Si es necesario, se deben establecer límites claros y comunicar las expectativas de un trato respetuoso y equitativo.

En lugar de imitar la conducta de aquellos que se enorgullecen de su apellido, se debe ser amable, respetuoso, empático y solidario con los demás. Estas cualidades nos permiten construir relaciones sólidas y enriquecedoras, además de contribuir a nuestro crecimiento personal, espiritual, intelectual y social.

El trato amable y respetuoso hacia los demás no solo nos convierte en mejores personas, sino que también abre puertas en la vida de formas inimaginables. La arrogancia, por otro lado, cierra oportunidades y atrapa al ser en un círculo vicioso de inseguridad y aislamiento. Al cultivar la empatía y la comprensión, podemos superar las barreras que nos separan y crear una sociedad más inclusiva y justa para todos.

“Para enfrentar a individuos arrogantes que basan su superioridad en su apellido, es importante no permitir que su comportamiento nos afecte personalmente”.

La educación, la cultura y los medios de comunicación juegan un papel clave en el cambio de mentalidad que elimina la creencia de que un apellido otorga superioridad. Los padres, educadores y creadores de contenido tenemos la responsabilidad de fomentar y ser ejemplo de valores como la igualdad, el respeto y la humildad, enseñando a valorar a las personas por sus acciones y no por su linaje.

Para quienes tienen que soportar a un arrogante semana tras semana, la mala noticia es que difícilmente cambia, salvo que un duro golpe de la vida sea una lección para reflexionar y replantear su comportamiento. 

Así que lamentablemente, en ocasiones, no nos queda más remedio que tolerarlo. No obstante, es esencial reconocer que todos nosotros tenemos el poder de marcar la diferencia y promover el respeto y la empatía en nuestras propias interacciones, lo que a su vez puede inspirar a otros a seguir nuestro ejemplo y contribuir a un entorno más inclusivo y armonioso.

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(1) Esta lista presenta una breve descripción de los tipos de maltratos usuales de parte de una persona arrogante:

1. Desprecio verbal: Hacer comentarios sarcásticos, burlones o despectivos hacia los demás, especialmente hacia aquellos que consideran inferiores en términos de estatus social o económico.

2. Discriminación: Tratar a las personas con menos respeto, privilegios u oportunidades basándose en su apellido, o por cualquier otra razón, lo cual puede manifestarse en el ámbito laboral, educativo o social.

3. Humillación pública: Exponer a otras personas a situaciones vergonzosas o humillantes en público, con el fin de reafirmar su posición de superioridad.

4. Manipulación emocional: Utilizar la culpa, la vergüenza o la intimidación para controlar a los demás y mantener su posición de poder.

5. Negación de la dignidad: Ignorar o invalidar los sentimientos, pensamientos y necesidades de los demás, tratándolos como si no tuvieran valor o importancia.

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