Federico Díaz Granados
10 Septiembre 2023 05:09 pm

Federico Díaz Granados

Cincuenta años después

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Hugo Renato Fernández y Lucy González trabajaban en el corazón de la “Zona de Carbón” en la ciudad de Coronel al sur de Chile. Él dirigía una escuela en un antiguo barrio de invasión que Salvador Allende había legalizado y ella sembraba el amor por el conocimiento a los niños en una escuela primaria en otro barrio popular de la ciudad. Ambos militaban en el Partido Socialista y eran parte de la Brigada Socialista de Profesores que hacía parte de SUTE (Sindicato Único de Trabajadores de la Educación).  El martes 11 de septiembre de 1973 se celebraba el Dia del Maestro y Lucy preparaba una ollada de espaguetis para atender a algunos compañeros profesores. Eran días muy tensos y de mucha incertidumbre, sobre todo después del llamado “Tanquetazo”, intento de golpe que había fracasado dos meses antes. Tres semanas atrás de aquel fatídico11 de septiembre el general Prats renunció a su cargo de comandante en jefe del Ejército y había recomendado como su sucesor a Augusto Pinochet, general de bajo perfil y de mediocres calificaciones académicas, pero de mucha ascendencia en la tropa y quien había dado muestras de lealtad al gobierno de la Unidad Popular. 

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Las ondas de Radio del Carbón trajeron las peores noticias y hacia el medio día era una certeza la traición y el golpe. Ya Salvador Allende había pronunciado por Radio Magallanes (la única emisora que no había sido bombardeada) sus últimas palabras: "Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Viva los trabajadores!". Al poeta Pablo Neruda no le habían querido contar nada esa mañana, pero fue imposible controlar la información. Un amigo quiso tranquilizarlo minimizando la situación a lo que el poeta respondió “Es el fascismo. Ha llegado el fascismo”. Pinochet declaraba a Radio Franco Luxemburguesa: “Pablo Neruda no está muerto y es libre (…) respeto al poeta, premio nobel de literatura, a quien todos amamos, pues es un valor nacional”. El poeta, quien muere doce días después, según las recientes investigaciones, envenenado por una bacteria letal que se habría sido inyectada por orden del régimen, se iba a volver una figura incómoda para la naciente dictadura. En el exilio sería un símbolo de resistencia indiscutible y dentro del país un opositor molesto y a la vez intocable que supondría tener a los ojos del mundo vigilantes custodiándolo.

Así, el almuerzo de celebración terminó convirtiéndose en una reunión política y de organización de una resistencia. Al día siguiente luego de imprimir de manera artesanal algunos volantes contra la dictadura, Hugo Renato fue detenido y rotado por diferentes centros de detención y tortura durante los siguientes nueve meses. Gracias a los ruegos e insistencia de su esposa Lucy, fue finalmente liberado, pero bajo estrictos controles entre ellos el de presentarse con regularidad en el regimiento militar de Concepción. El 1 de julio de 1974 desobedeció a esa instrucción y partió con su esposa y con sus hijos Hugo Cristian y Andrea hacia la capital y gracias a los buenos oficios de la Comisión Intergubernamental de Migraciones (CIME) fueron acogidos en Santiago y se gestionó la salida hacia Colombia. ¿Por qué Colombia? Fue o por reparto o suerte o por cupo, pero ya por esos días en Colombia había un Comité de Solidaridad con Chile dirigido por el senador Apolinar Díaz Callejas. El 9 de julio el periódico El Tiempo registró la llegada de los González Fernández como la primera familia exiliada por la dictadura que llegaba a Colombia.

Esos años en Colombia son una prolongación de todo el trabajo y de la lucha política que habían venido desarrollando en Chile, no solo por la conquista una sociedad más justa sino por una comprometida labor por los niños y la educación. Ambos trabajan entonces en el ICBF: ella como directora del Hogar Infantil de Servitá y él como asesor pedagógico de centros de niños de la calle. El trabajo social se amplió a las madres de esos niños en hogares comunitarios y crearon los comités de defensa del niño en los cerros nororientales de Bogotá, en los barrios Cerro Norte, Santa Cecilia, Soratama y El Codito. De igual forma crean la Fundación Creciendo Unidos en el barrio 20 de julio para atender a niños trabajadores. A Hugo y Lucy los había conmovido mucho el drama de los menores que debían trabajar desde muy pequeños, en especial aquellos que trabajaban en el cementerio central limpiando tumbas y poniendo flores y agua a cambio de algunas propinas. 

Los noventa no eran menos tensos en Colombia. Son los años del ascenso de los paramilitares, quienes empiezan a amenazar a Hugo y Lucy y a varios de sus compañeros. Esto y la desaparición de uno de los colaboradores de la fundación y defensor de derechos humanos, Gustavo Salgado, lleva a la familia a un segundo exilio. Regresan a Chile en los años del retorno de la democracia y la Concertación y fundan en Santiago el centro cultural, de arte y gastronomía, La Casa en el Aire, en la Calle Antonia Lope de Bello, a pocos pasos de la casa de Neruda “La Chascona”. Era una forma de celebrar y recordar a Colombia. Había un sentimiento de nos ser de ninguna parte y a la vez de pertenecer a ambos países. Sus hijos habían crecido en Colombia y la vida se había formado acá, en Bogotá, a muchos kilómetros de casa y de su país.

A Hugo Cristian, el hijo, lo conocí cuando él era propietario del café bar Famas & Cronopios en la calle 45 con carrera 16. Allí escuché por primera vez a Iván y Lucía, Hernán y Chona y muchos cantautores que animaban la escena cultural de Bogotá a fines de los ochenta. Septiembre era un mes de emociones encontradas porque conmemorábamos el 11 y luego el 23 la muerte de Neruda y celebrábamos las Fiestas patrias el 18. Eran días donde sonaba Víctor Jara, Violeta Parra e Inti Illimani en los bafles. Había una foto de Allende, junto al Che, a John Lennon y un laberinto infinito de Echer. Se vendían libros de editoriales revolucionarias de América Latina y se organizaban reuniones y tertulias con militantes de la Unión Patriótica, A Luchar, el M-19 y otras organizaciones. Los miércoles de video arte se proyectaban videos de Pink Floyd o de The Doors a través de un video beam que parecía una máquina de xerocopias con tapa anaranjada que prestaba semanalmente el Comité de Defensa de los Presos Políticos. En esas noches conocí a Eduardo Umaña Mendoza, José Antequera y Bernardo Jaramillo. En Famas & Cronopios hice mi primera lectura de mis poemas y bajo su sello apareció mi primer libro. Hugo y Lucy lo recibieron con la generosidad y afecto que siempre los caracterizó. Con ellos celebramos el 5 de octubre de 1988 la victoria del No en el plebiscito cantando a todo pulmón “Chile, la alegría ya viene”. 

Han pasado cincuenta años y Hugo y Lucy ya no están en este plano de la vida. los recordé cuando ganó Gabriel Boric la presidencia y rememoré aquellos días de la bohemia bogotana entre peñas chilenas y la poesía y los días más duros de la violencia de nuestro país. Lamento no poder conversar con ellos sobre el fallo unánime que condena a siete exmilitares por el asesinato de Víctor Jara en el Estadio Chile (donde estuvo también detenido Hugo Renato) y del estallido social en ambos países. 

Cinco décadas después, en la cumbre del barrio Cerro Norte, hay un mural con los rostros de Hugo y Lucy en un tributo a la labor de dos exiliados que dedicaron sus vidas a mejorar la vida de la niñez colombiana. Su historia es un recordatorio de la resiliencia, la pasión por la justicia y la lucha incansable por un mundo mejor y es la comprobación de que uno es de donde están sus muertos y sus amigos. 

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