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Hace cuarenta años un accidente aéreo impactó el mundo de mi infancia. A las 00:06 horas del 27 de noviembre de 1983 se conoció la noticia de la caída del Boeing 747 de Avianca procedente de París que estaba próximo a aterrizar en el aeropuerto de Barajas en Madrid. Era la primera vez que escuchaba el nombre de Mejorada del Campo, pero lo asocié a la tragedia. Además de la impresión de la noticia la algarabía y los nervios en mi casa eran por la posibilidad de que en dicho vuelo viajara Luis Fayad, el mejor amigo de mi papá, quien regresaba a Bogotá después de varios años de residencia en Europa y quien, al igual que varios pasajeros de ese avión, asistiría al Primer Encuentro de la Cultura Hispanoamericana organizado por el gobierno del presidente Belisario Betancur. Yo no tenía un recuerdo claro de Luis porque se había radicado en España siendo yo muy niño pero su estrecha amistad con mi familia lo dibujaba como un tío legendario del cual siempre recibíamos noticias a través de llamadas, fotos y cartas que llegaban con frecuencia. 

Parecía un hecho que Luis viajaba en ese avión que cobró la vida de Marta Traba, Ángel Rama, Jorge Ibargüengoitia y Manuel Scorza, escritores e intelectuales que también acudirían a la cita de ese evento en Bogotá. Pero en medio del sobresalto, las llamadas telefónicas, la confusión de aquel sábado en la noche y los nuevos boletines radiales sobre la catástrofe, se fue aclarando que no venía allí y que él estaba en Madrid, junto con otros autores, para tomar precisamente ese mismo avión que atravesaría el Atlántico para llegar a la capital colombiana. Hubo tranquilidad en casa. Luis y su familia estaban vivos pero dicho accidente fue protagonista de sucesivas pesadillas y, quizás, del miedo actual a subirme a un avión. El rostro de Marta Traba estaba en muchas revistas de mi casa y el nombre de Ángel Rama aparecía en muchas conversaciones en la sala de amigos y colegas de mi padre, pero para el niño que yo era entonces era una primera certeza de la muerte que había empezado unos meses antes con el terremoto del jueves santo de Popayán.

Ahora entiendo que en ese año empezaría el fin de esa inocencia infantil y que aquellos eventos trágicos vendrían a ser un presagio de lo que serían los años posteriores. Efectivamente, en medio de las celebraciones por la aparición de la primera edición colombiana de Los parientes de Ester de Luis Fayad, el 30 de abril de 1984 un flash del Noticiero Nacional daba la fatal noticia del asesinato del ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla. Al día siguiente la foto de su hijo Rodrigo, un niño de la misma edad mía con una camisa azul celeste quebrado en llanto le daba la vuelta al mundo. Imaginé por primera vez que sería de mi vida si no tuviera a mis padres, si me llegara a faltar alguno y lloré en secreto pensando en aquel niño de camisa azul. Creo que dicha imagen y las primeras lecturas de Las aventuras de Tom Sawyer me enseñaron lo que hoy puedo saber de empatía. La literatura y la realidad como prisma de una sensibilidad. 

El 6 de noviembre de 1985 era una fecha esperada: ese día salía con el número 66 de la Biblioteca de Literatura Colombiana de la editorial Oveja Negra la primera novela de mi papá: Las puertas del infierno. Era una fecha esperada porque todos los miércoles salía un nuevo título y desde el lanzamiento de la colección en el Teatro Colón meses atrás contábamos las semanas junto a mi padre mirando el afiche con los cien autores. Cien años de soledad y La Vorágine fueron los títulos de lanzamiento, pero luego vendrían novedades memorables como el número diez con Sin remedio de Antonio Caballero y otros tantos, muchos de ellos, contertulios de rostros conocidos, que cada miércoles eran primicias en las vitrinas de librerías, puestos de revistas y supermercados del país. El 6 de noviembre era la fecha prevista para la salida de la novela de mi padre y al llegar del colegio corrí a la librería de Oveja Negra del barrio Sears a pocas cuadras de mi casa para preguntar por la novela que efectivamente acababa de llegar de la imprenta. Compré de rapidez un par de ejemplares y corrí a llevárselos a mi papá, quién aún no había visto el libro en sus manos. Sin embargo, esa fiesta se vio empañada por la toma del Palacio de Justicia. Esas imágenes de la toma y contra toma eran impresionantes y ver a los tanques de guerra correr en dirección sur por la carrera séptima fue la evidencia de saber que vivía en un país en guerra. Ignoraba ese preadolescente de entonces que los sucesos del Palacio de Justicia y la posterior tragedia de Armero marcarían para siempre a mi generación. 

Los siguientes años no fueron diferentes. Parecía que una espada de Damocles estuviera sobre todos los colombianos. Llegaron así los años del exterminio de la Unión Patriótica; con ellos la muerte también de muchos amigos que había visto en casa desde niño y los años en los que aprendí a ser hincha del fútbol en un país donde el narcotráfico se tomaba todas las esferas del país. La frustración en impotencia por los campeonatos de 1987 y 1988 no mermaron mi afición, pero si aportaron a mi escepticismo general. Sin embargo, fue la noche del viernes 18 de agosto de 1989 cuando, ya adolescente, estaba en el coliseo del Colegio San Bartolomé La Merced listo a disfrutar la esperada fiesta de cierre de la semana bartolina, luego de haber tratado de aprender algunos pasos de merengue para el baile de esa noche y con el pelo aún engominado y chaqueta de cuero recibimos la noticia, en la voz del prefecto de disciplina José Olinto Ramón Rico,  de que el precandidato Luis Carlos Galán estaba herido luego de que le dispararan en Soacha, que la fiesta se cancelaba y que inmediatamente cuatro buses saldrían a llevarnos al punto más cercano a nuestras casas en Bogotá. Era 1989, el peor año, el de los simulacros de evacuación en los colegios por amenaza de bomba, en el que la adolescencia se vivía con miedo y estallaron las bombas del edificio del DAS y el avión de Avianca. Fue el año en el que se suspendió el campeonato de futbol por el asesinato del árbitro Álvaro Ortega. En fin, era la década avanzando mientras yo crecía entre incertidumbres, desapegos y tristezas. 

Los años noventa tampoco arrancaban bien. Si bien la esperanza de redactar un nuevo contrato social se desprendía de la Asamblea Constituyente, los asesinatos de los candidatos presidenciales Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro derrumbaban cualquier asomo de optimismo. Los apagones y la fuga de Pablo Escobar de La Catedral fueron el asunto de 1992, pero el año siguiente traía la bomba del centro 93. Sin embargo, el 5-0 en el Monumental de Núñez, fue una alegría nacional. Ignorábamos que ese día de gloria sería el inicio de otra tragedia que culminaría con la muerte de Andrés Escobar luego de la debacle del mundial de estados Unidos en 1994.

Para muchos la medida del tiempo la dan los sucesos familiares o la normal cronología de la vida. En mi caso lo he medido por los mundiales, los presidentes y los hechos trágicos del país. Es común preguntarnos en reuniones de amigos sobre qué estábamos haciendo el día de la toma al Palacio de Justicia o de la muerte de Galán. O me lleno de nostalgia cuando un estudiante me pregunta sobre cómo era mi vida en los días del 5-0 en Buenos Aires o sobre qué estaba haciendo el día que murió Pablo Escobar. Para mí, ese fue un día de alivio: el Bloque de Búsqueda llevaba muchos meses, después de su fuga, detrás de él. Ese día hubo un alivio nacional. Estaba con mi tío Felipe en un taller de mecánica en una revisión rutinaria de su Renault 4 cuando escuchamos la noticia. Pensé en ese momento en todo lo que había sido mi última década y la de todos los colombianos con su presencia nefasta. Ahora que abundan las series y películas que lo convierten en leyenda, debo decirles, sobre todo a mis amigos extranjeros y estudiantes millennials, que fue un criminal que nos llenó de terror a todos. Que mi infancia y adolescencia se llenó de miedo por culpa de ese criminal y que la historia del país quedará manchada para siempre por su presencia. 

Hoy pienso en esa década, en aquel niño llorando con camisa azul y un adolescente hablando en el entierro de su padre en el cementerio central de Bogotá. Pienso en las marchas de la UP acompañando los funerales de sus dirigentes, en el edifico del Palacio de Justicia en llamas y la tanqueta entrando por la puerta principal y pienso en tantos rostros quebrados, tan rotos como nuestra sociedad. Fue la década cuya herencia nos alcanza tantos años después y que contribuyó a la sensación de desesperanza y desencanto. Esta década como un viaje, una travesía de sombras que hoy miramos para tratar de sanar las fracturas de una nación herida.

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