Luis Alberto Arango
18 Mayo 2024

Luis Alberto Arango

Desenmascarar al jefe maltratador

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Indigna conocer historias de maltrato laboral y ver cómo juntas directivas y dueños permanecen ajenos a lo que sucede en sus organizaciones.


En días pasados, recibí una llamada de una amiga cercana. Con voz entristecida, quebrada y claramente afectada, me relató las razones que la llevaron a renunciar a su puesto en una reconocida empresa. Su jefa, la gerenta general de la empresa, la había maltratado verbalmente, desestimando su versión de los hechos ante una situación con un cliente conflictivo, a pesar de que había testigos que confirmaban las mentiras del cliente. Este episodio no fue un hecho aislado, sino uno más de una larga cadena de maltratos que había sufrido. Su salud mental y bienestar estaban en juego, por lo que decidió que lo mejor era renunciar.

Coincidentemente, la semana anterior, un amigo que es dueño de una empresa me explicó que se vio obligado a despedir al gerente general, después de dos años de haberlo contratado. La decisión fue inevitable tras confirmar y constatar repetidamente la evidencia de sus agravios y humillaciones hacia los empleados.

El maltrato laboral, lamentablemente, es más común de lo que uno imagina y aflora a la vuelta de la esquina. Este tipo de abuso, muchas veces solapado y disimulado, erosiona lentamente la estructura interna de una empresa o de cualquier organización. Los efectos son devastadores no solo para la víctima directa y su entorno familiar, sino también para el clima laboral en general. El estrés crónico, la ansiedad y la depresión son realidades que persiguen a los empleados maltratados, convirtiendo sus jornadas laborales en un calvario diario. No es sorprendente que la productividad se desplome y que el ambiente de trabajo se contamine de desconfianza y desmotivación.

“Un ambiente de trabajo tóxico es como un veneno lento, que debilita el compromiso y la lealtad hacia una empresa”.

El daño va más allá de la salud mental de los empleados; también impacta, por un lado, la moral del equipo y la cohesión organizacional, y por el otro a sus familias que se convierten en el paño de lágrimas y desahogos de sus angustias. Un ambiente de trabajo tóxico es como un veneno lento, que debilita el compromiso y la lealtad hacia una empresa. La rotación de personal se incrementa y el talento se desperdicia, cuando aquellos que podrían contribuir significativamente deciden abandonar el barco. Las organizaciones pagan un precio alto por esta indiferencia, tanto en términos de recursos como de reputación.

“Pero tras bambalinas, el actuar de su verdadero carácter deja un rastro de desmoralización y descontento”.

Una de las grandes ironías y paradojas es la desconexión existente entre la alta dirección y la realidad vivida por los empleados. Los jefes maltratadores a menudo presentan una fachada de cortesía y profesionalismo frente a sus superiores, creando una ilusión de liderazgo efectivo. Pero tras bambalinas, el actuar de su verdadero carácter deja un rastro de desmoralización, descontento y miedo. La falta de canales de comunicación efectivos para denunciar a un maltratador y la ausencia de acciones concretas por parte de la alta dirección o de los dueños de la empresa perpetúan este ciclo vicioso.

¿Qué pueden hacer los empleados maltratados? En primer lugar, es crítico intentar documentar los incidentes de maltrato. De lo contrario será la palabra de uno contra la del otro. La evidencia material es vital para reportar la situación a recursos humanos o incluso para una acción legal si fuera necesario. Buscar apoyo entre colegas y en redes profesionales también puede proporcionar el respaldo necesario para enfrentar estos desafíos. Más importante aún, los empleados deben priorizar su salud mental, y considerar la renuncia como una opción válida si el maltrato persiste.

“Aunque a menudo pueden ser ciegos o complacientes, es esencial que se esfuercen por identificar a los jefes maltratadores”.

Por otro lado, los dueños y miembros de la junta directiva tienen un papel fundamental en la erradicación del maltrato laboral. Aunque a menudo pueden ser ciegos o complacientes, es esencial que se esfuercen por identificar a los jefes maltratadores. Sin evidencias concretas, esto puede ser difícil, pero hay señales inequívocas: recibir quejas reiteradas es una clara señal de alarma. Realizar entrevistas de salida, incluso si no mencionan el maltrato explícitamente, puede ayudar a desenmascarar a los maltratadores y revelar la cruda realidad que se le oculta a la junta directiva o al dueño de la empresa.

Las organizaciones deben establecer una política de tolerancia cero hacia el maltrato y asegurarse de que se aplique de manera rigurosa. Además, ofrecer capacitación sobre liderazgo ético y manejo de conflictos puede ayudar a prevenir estos comportamientos desde el principio, por parte de los superiores jerárquicos de una organización.

Solo a través de acciones firmes y un compromiso sincero con el bienestar de todos los empleados, se podrá transformar el ambiente laboral en un espacio de respeto y productividad. Las juntas directivas y los dueños de empresas deben tener la valentía de desenmascarar y eliminar el maltrato laboral, promoviendo una cultura organizacional basada en la dignidad y el respeto. Así, no solo se construirá una empresa que perdure en el tiempo, sino una que inspire lealtad y orgullo en sus colaboradores y que sea reconocida por su integridad y excelencia.


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