Juan Fernando Cristo
21 Mayo 2024

Juan Fernando Cristo

Duele el Cauca

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Hace más de 15 años no veíamos imágenes como las del municipio de Morales. No extraña entonces la angustia con la que reaccionamos los colombianos frente al brutal ataque de las disidencias de las Farc, que confirman así su nula voluntad de paz. Duele lo que ocurre en esa querida región. Durante tres años como ministro del Interior aprendí a conocer al Cauca y querer a su  gente.Trabajadores,solidarios,organizados,emprendedores,víctimas resilientes, con una rica diversidad étnica y cultural. La violencia ha arrebatado a los caucanos las posibilidades de desarrollar todo su potencial agrícola, minero y turístico. Detrás de todo el conflicto se encuentra el problema de la tierra, de su concentración y distribución.

Desde hace años se volvió lugar común entre dirigentes políticos, académicos y estudiosos del conflicto, señalar al Cauca como un laboratorio de paz. Muchas veces en el gobierno Santos advertimos que la paz de Colombia pasaba necesariamente por la paz del Cauca. Trabajamos duro en ese propósito y la verdad es que en los últimos años de la negociación con las extintas Farc y los primeros tras la firma del acuerdo, se recuperó la tranquilidad en buena parte del departamento. Las cifras no mienten. Los homicidios se redujeron sustancialmente, disminuyeron los enfrentamientos de la fuerza pública con grupos irregulares, se acabaron las tomas de municipios y en 2015, 2016 y 2017 las muertes de soldados y policías fueron mínimas. Igual sucedió con los secuestros. Se sentía un ambiente de esperanza.

¿Qué pasó entonces en los últimos seis o siete años? Una combinación de varios factores adversos impidió que se consolidara en forma definitiva el clima de convivencia creado con la desmovilización de las Farc. En primer lugar hay que reconocer las fallas en el proceso de ocupación institucional y militar de los territorios dejados por la guerrilla. Después llegó el inexplicable olvido del gobierno Duque. Se metió al congelador la implementación del acuerdo, en lo relacionado con la inversión en los municipios PDETS y la sustitución social de cultivos ilícitos, mientras las fuerzas militares asumieron una actitud pasiva frente al surgimiento de nuevos grupos y el crecimiento del narcotráfico. Duque fue sordo frente al conflicto social en el departamento y basta recordar su negativa a dialogar con el CRIC y la Acin. Ni en el Cauca, ni en Cali, ni en la propia Plaza de Bolívar de Bogotá.

El deterioro del clima de orden público fue evidente durante esos cuatro años. Se fortaleció el narcotráfico con la llegada de carteles mexicanos, el abandono de los planes de sustitución y la parálisis de la inversión social. El gobierno Petro generó esperanza en los caucanos que en forma masiva y contundente apoyaron al candidato del Pacto. El discurso cambió, con una innegable conexión del jefe de Estado con las comunidades y su compromiso de implementar el acuerdo de 2016 y abrir negociaciones con los demás grupos ilegales. Sin embargo, dos años después, la situación empeora, la ejecución de los programas sociales sube por las escaleras mientras los grupos violentos lo hacen por un rápido ascensor. Así llegamos a los lamentables hechos del lunes y los ataques simultáneos a Suárez, Morales y Jamundí en las goteras de Cali. Hace mucho no se atrevían a tanto.

Se entierra así cualquier posibilidad de diálogo con unas disidencias narcotizadas y fragmentadas que no responden a ninguna estructura jerárquica nacional y carecen de mensaje político. Se dedican en forma exclusiva a enriquecerse ilícitamente con el narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión. La paz total agoniza entre las equivocaciones e ingenuidad del Gobierno, la soberbia de los criminales de las disidencias y la terquedad histórica del ELN. Es el momento de una reflexión profunda y serena del presidente Petro para corregir el rumbo en seguridad. Quienes apostamos siempre a la paz, no la derecha reaccionaria, le pedimos que comprenda que su generosa actitud no es correspondida por unos grupos de criminales envalentonados que pretenden imponer su ley en los territorios. No aspiran al poder nacional como hace 30 años, sino a controlar los territorios con sus mafias. Frente a su propia decisión solo cabe confrontarlos, perseguirlos y someterlos al Estado. Una integral y contundente estrategia de seguridad que restablezca la capacidad ofensiva de nuestras fuerzas y la implementación del acuerdo de paz en los territorios, es la fórmula para recuperar la confianza de la gente.

El Acuerdo Nacional que propone el jefe de Estado debe comenzar por el Cauca. Que todos nos comprometamos a que ese departamento realmente se convierta en el laboratorio de paz del que hablamos hace años. A pagar esa deuda histórica con la gente humilde, campesina, afro e indígena que ha sufrido la guerra. A pasar de las palabras a los hechos. Se lo merecen.
 

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