Federico Díaz Granados
12 Febrero 2024

Federico Díaz Granados

El asedio a los libros

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No es un secreto que este siglo XXI ha afianzado a grandes velocidades nuestras contradicciones y que siendo la era de las telecomunicaciones y las redes sociales al parecer estamos cada vez más aislados, con niveles más bajos de comprensión de lectura y las redes, a las que muchos llegamos con el ideal de acercarnos y crear comunidad, nos han polarizado en rotundos discursos de odio. Ya sabemos de sobra cómo esta situación ha afectado la política y la democracia en lo que va del siglo. 

Muchos afirman que vivimos una especie de nueva Edad media llena de censuras y pocos debates, de los cuales no se ha salvado ni siquiera la cultura. Por ejemplo, hemos visto cómo una de las primeras medidas del presidente Milei en Argentina fue la de suprimir el rango del Ministerio de Cultura pasándolo a secretaría, revisar los mecanismos que fomentan la producción, circulación, promoción y la formación en todos los ámbitos de la cultura hasta la propuesta de derogar el decreto que creó hace 65 años el Fondo Nacional de las Artes.  

Pero si en el Sur Global que tanto promueve la academia norteamericana llueve, en el norte de las potencias no escampa. Vemos cómo desde diferentes orillas ideológicas se promueve la censura, entre otras, a los libros. Así como en la Florida republicana el gobernador Ron DeSantis firma e implementa la Ley HB 1467 que busca retirar de las bibliotecas y los planes lectores escolares libros que tengan referencias a temas sexuales o LGBTIQ+ en las universidades liberales de Nueva York, Massachusetts, New Hampshire y Vermont entre otras, se retiran de los programas de estudio textos de Cervantes, Shakespeare, Dante Alighieri bajo la premisa de los estudios decoloniales. En el estado más hispano de los Estados Unidos censuran a Isabel Allende, Laura Esquivel, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa y vetan biografías de notables hispanos como Roberto Clemente, Celia Cruz y Sonia Sotomayor, la primera hispana en convertirse en jueza de la Corte Suprema de Estados Unidos. Signos y señales de una nueva Edad media.

En España, El PP retiró a través de su consejero de cultura el nombre de Almudena Grandes a la principal biblioteca de La Rioja y pocos días después de la muerte de la escritora votó junto a VOX en contra de declarar a la autora de la saga de los episodios de una guerra interminable “Hija predilecta de Madrid”. De igual forma se opusieron a que la estación Atocha se llamara Estación Atocha Almudena Grandes. Finalmente se ganó este pulso y la tradicional puerta de entrada a Madrid sí lleva el nombre de la escritora que supo darle una identidad a la ciudad. Por eso, al enterarse de la noticia, su esposo el poeta Luis García Montero dijo: “Querida Almudena, oigo a la ministra de transportes decir que la estación de Atocha se llamará Puerta de Atocha Almudena Grandes. Es una emoción que los trenes, como nuestros recuerdos, sepan cuál es su punto de partida y de llegada”. 

¿Cómo hacerles entender a los políticos del mundo que la conversación pública pasa por la cultura y que esta es el lugar de encuentro entre todas las facciones de la sociedad? ¿Acaso no es la cultura el punto de partida donde las diferencias pueden ser consensuadas y la discusión tomar otros matices y otros tonos?  Por supuesto que sí porque proporciona espacios para la expresión, el entendimiento y la construcción de identidades compartidas. 

La polarización de la sociedad actual socava la posibilidad de encuentro a través de las artes y los saberes y es ahí donde llega la censura, el tachón sobre los títulos que resultan sospechosos para los gobernantes de turno. Por eso la preocupación de que en países con una riqueza cultural como Argentina haya un remezón en los temas de cultura y que en estados conservadores como Florida, Texas y Virginia se censuren libros, al igual que también se censuran en las universidades más liberales los nombres de autores canónicos. 

La literatura permite elevar los niveles de empatía en los lectores porque nos pone en los zapatos de personajes, antagonistas, héroes y heroínas, villanos y sabios mentores. La multiculturalidad viene de esa empatía y de comprender desde una escuela pública llena de hispanos ese mundo que vivieron Cervantes o Shakespeare o que desde el aula de una privilegiada del Reino Unido entiendan y vivan el Caribe de Alejo Carpentier, García Márquez y Julia de Burgos. Es que mis amigos del Gimnasio Sabio Caldas en Ciudad Bolívar o de cualquier colegio en alguna comuna del país disfruten los poemas de Charles Simic sobre los bombardeos a Belgrado y lo relacionen con su vida diaria y su realidad social. 

Piedad Bonnett nos recordó a propósito de este tema que “El escritor existe para hurgar en los males de la sociedad, para decir lo indecible, para incitar a la reflexión a través de la ironía, la provocación, la hipérbole, la verdad desnuda, la sátira, el lenguaje simbólico. En suma, para usar la imaginación, con todas sus desmesuras, como vía de conocimiento”. Que no asesinen escritores en las trincheras de las guerras, ni quemen sus libros, ni los retiren de las bibliotecas. Que la literatura siga siendo, de una vez y para siempre, el verdadero territorio de la libertad, la conversación pública, la crítica y el asombro.

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