Federico Díaz Granados
5 Febrero 2024

Federico Díaz Granados

El día en que la música murió

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Creo que era 1987 en los almanaques del mundo cuando se estrenó la película La Bamba que, protagonizada por Lou Diamond Phillips, recreaba la leyenda de Ritchie Valens. Fui a verla varias veces, no solo porque me había conmovido escuchar por primera vez unas canciones cuyos estribillos repetía incansablemente en mis horas libres de las tareas escolares, sino que conocer en la pantalla gigante la leyenda de Valens me acercó por otra vía al corazón de la historia del rock and roll. La versión de La Bamba para la película interpretada por Los Lobos ocupaba por aquellos días ochenteros los primeros lugares de las emisoras. Los jueves la revista Elenco, que venía inserta en el periódico El Tiempo, divulgaba las 20 Latinas de Olímpica Stéreo y el sábado siguiente, listado en mano y casete TDK, Maxwell o Sony de 60 o 90 minutos en la radio grabadora, me disponía a grabar las canciones favoritas del momento. Gracias al listado pude hacerlo a tiempo con La Bamba y luego conseguí un LP con las otras canciones que aparecían en la película como We Belong Together y Come on Let's Go. También debo confesar que repetí la película porque, como muchos, me enamoré de Donna a quien Valens le dedica una de las más bellas canciones. Pero algo que me impactó en aquel momento fue el tema recurrente de las pesadillas del protagonista quien desde niño soñaba con aviones caídos o que se estrellaban en pleno vuelo como en efecto ocurrió el 31 de enero de 1957, día en que Valens no asistió a la escuela por el funeral de su abuelo, y restos del fuselaje en llamas cayeron sobre el patio del colegio ocasionando la muerte de tres estudiantes, entre ellos su mejor amigo.  

La película termina con la muerte trágica de Ritchie Valens, Buddy Holly y J. P. Richardson, conocido cono The Big Bopper, el 3 de febrero de 1959, hace 65 años, luego del concierto en Clear Lake (Iowa) de la gira Winter Dance Party. En ese momento, Don Mc Lean era un joven de 13 años que repartía periódicos en New Rochelle, Nueva York, y quedó tan impactado con la muerte de su ídolo Buddy Holly, que doce años después le dedicaría a esta tragedia la ya mítica canción American Pie donde por primera vez llama a este día "The Day The Music Died" (El día en que la música murió). Precisamente sobre este tema mi amigo periodista e insobornable melómano Manuel Carreño comentó que “el término que tan acertadamente acuñaría Don Mclean en su canción homenaje American Pie, fue la primera gran tragedia del rock. Un país entero estuvo de luto por estos jóvenes músicos que estaban llamados a ser la nueva generación de rocanroleros después de que los Presley, Berry y Lewis habían tenido distintos problemas y se necesitaba un relevo. Esta tragedia fue el golpe definitivo para el rock and roll de los años cincuenta. Tal vez el género sí estaba maldito como lo afirmaban los sectores más conservadores, y la industria decidió apostarles a jóvenes ídolos más románticos. Hubo que esperar unos años para que cuatro ingleses encendieran la llama del rock de nuevo”.  Tiene razón mi amigo Carreño al mencionar este accidente como la primera gran tragedia del rock. Para otros, “el día en que la música murió” podría ser el 8 de diciembre de 1980 cuando fue asesinado John Lennon y otros podrían afirmar que fue el día en que falleció en la piscina de su casa el legendario Brian Jones inaugurando la misteriosa lista del Club de los 27 a la que se sumarían posteriormente Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Kobain o Amy Winehouse entre otros, que morirían a la edad de los veintisiete años. Con la partida de todos ellos algo de la música moría irremediablemente. 

American Pie se ha convertido en un himno que simboliza para muchos la pérdida de la inocencia musical. Otros afirman que se trata de la canción emblemática del fin del sueño americano. Quizás sobre aquel campo de maíz en Iowa no solo se precipitaba un presente y un futuro de la música popular de los Estados Unidos, sino que con ellos caía la ilusión del país en la posguerra y, a la vez, en vísperas de otras catástrofes como la muerte de Kennedy o la guerra de Vietnam. Por eso Bob Dylan, quien supo darle una voz a una nación entera, afirmó en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura que “Buddy Holly escribía canciones que tenían bellas melodías y versos imaginativos. Y cantaba muy bien, cantaba más allá de unas cuantas voces. Él era el arquetipo. Todo lo que yo no era y que quería ser. Lo vi sólo una vez, y eso fue unos días antes de que partiera. Tuve que viajar cien millas para verlo tocar y no me decepcionó”. De solo imaginar que Bob Dylan asistió a uno de los últimos conciertos de esta gira y que vio a las tres leyendas jóvenes en vivo antes del siniestro me hace pensar en aquella frase que, cuenta la leyenda, le dijo Holly a Valens, enterado de su miedo a volar,  poco antes del despegue de la avioneta: “Oye Ritchie, ya cálmate, tranquilo, además el cielo pertenece a las estrellas”. 
 

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