Federico Díaz Granados
27 Noviembre 2023

Federico Díaz Granados

La guerra y los sueños

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Hace unas semanas tuve un sueño muy real. Lo viví con intensidad y desperté un poco ansioso y agitado, pero, por fortuna, en mi cama y en mi casa. El sueño, con su habitual surrealismo lleno de simbologías y cargado de contenidos latentes y manifiestos y atravesado con algunas narrativas reales del día ocurría en la Franja de Gaza. Yo me encontraba solo, alojado en el piso más alto de un hotel. Luego de un fuerte bombardeo me asomaba a la ventana y veía una inmensa ciudad destruida, incendiada y vacía. Por un instante, en el sueño, parecía que yo era el único habitante de ese lugar o el último hombre sobre la faz de la tierra. Sentí allí mucho miedo y soledad. Impotencia y fragilidad. Apagaba la luz porque sentía que quedaba expuesto y como blanco fácil de cualquier misil. No me quedaba otro remedio que esconderme y resguardarme debajo de la cama y esperar a que en cualquier momento ocurriera la explosión y la muerte.

Desperté y acudí a mis precarios recuerdos de algunas lecturas sobre psicoanálisis e interpretación de los sueños. Un psicoanalista amigo, de línea junguiana, experto en explorar la mente a través de los arquetipos, la cosmogonía y la imaginación para llegar al equilibrio emocional, me dijo que “los sueños son el GPS de cada uno”. Las primeras interpretaciones apuntaban que soñar con una guerra de esa magnitud revelaba la necesidad de resolver conflictos internos con mi entorno familiar o laboral. Otras conclusiones indicaban que podía tratarse de un profundo estrés o de percibir presiones en lo profesional o personal. Le comenté a una querida amiga y me dijo que ella venía soñando con alguna recurrencia con barricadas o trincheras o túneles de refugio o escape. Si bien la simbología de sus sueños era diferente, el contenido de fondo era el mismo de mi sueño. 

Sentí en la conversación el cansancio, la impotencia y la sobrecarga de información violenta que recibimos cada día. Había hastío y mucha desilusión. El escepticismo era el asunto transversal del encuentro en el nos preocupaba de sobre manera que dicha sobrecarga, en vez de despertarnos como ciudadanos que hacemos parte de una sociedad, nos anestesie frente a la empatía y la solidaridad. Siento a muchos amigos cercanos, de diferentes lugares del mundo, resignados o indiferentes frente a las tragedias nacionales y los grandes conflictos mundiales. Y no es que no tengan sensibilidad social, sino que ver la misma película repetida tantas veces durante toda una vida aburre, decepciona y entristece.

Esta edad que vivimos de la historia de la humanidad se encuentra inmersa en una red compleja de conflictos, guerras, crisis de las democracias y las fragilidades humana, climática, moral y ética que se reflejan, de igual forma, en la desinformación y la llamada posverdad. Ahora vivimos una era de guerras globales, que a diferencia de las llamadas guerras mundiales que se circunscribían al terreno político y militar, las globales pueden tener dimensiones cibernéticas y que incluyen otros desafíos. Esta interconexión de problemáticas no solo impacta a nivel global, sino que también permea la esencia de la sociedad, dejando a su paso secuelas que van más allá de lo tangible. En este contexto se gesta una metamorfosis que va modelando nuestra percepción, convirtiéndonos en testigos y víctimas de una nueva realidad de la cual es imposible escapar o evadir.

Los conflictos y las guerras hacen parte del teatro del mundo y no solo desgarran las fibras de las naciones directamente involucradas, sino que reverberan a escala global. Las imágenes desgarradoras que nos llegan a través de los medios de comunicación no solo exponen la violencia en sí, sino que también se instalan en nuestras mentes generando una sensación de impotencia y desesperanza. El constante flujo de noticias impactantes ha llevado a una saturación emocional, donde la atención se divide entre innumerables tragedias, diluyendo la capacidad de procesar el sufrimiento humano de manera empática.

Estamos cansados es la verdad. Habitamos lo que Byung-Chul Han llama La sociedad del cansancio en la que convivimos sobrecargados de información y exigidos por un sistema capitalista que nos acelera la vida, nos exige resultados y nos pone a rodar en un óvalo de infinitas competencias a grandes velocidades.  De igual forma vivimos en un estado permanente de desconfianza que nos conduce a muchas formas de agotamiento emocional que desdibuja cualquier tipo de empatía.

Hay quienes afirman que la humanidad está experimentando lo que muchos conocen como la “fatiga por compasión”, que no es otra cosa que el agotamiento que en determinado momento viven los profesionales de la salud, trabajadores sociales, o los voluntarios en zonas de conflicto al estar expuestos de manera constante a la angustia emocional y al sufrimiento de otras personas.
Y es que es muy difícil no involucrarse emocionalmente con las experiencias adversas de los otros. La “fatiga por compasión” se desarrolla a medida que nos implicamos emocionalmente con todo lo que ocurre. Pero también es difícil creer en los medios, en los líderes y en el futuro del mundo y de la humanidad. 

Marta Gómez compuso Para la guerra nada pensando en el conflicto entre Israel y Palestina y, sin embargo, esa canción se convirtió en un himno por la paz de Colombia y en un símbolo de los acuerdos de La Habana. Escucharla alivia y nos compromete. Es cierto que mi sueño y el de mi amiga ocurrieron desde el lugar del privilegio cuando en la vida real son miles los niños y madres que están viviendo en carne y hueso esos horrores y a cuyas tristezas solo podrán ponerle palabras los poemas que vendrán. Como raza humana estamos cansados, con los brazos caídos e intentando edificar un futuro lleno de incertidumbres. Necesitamos muchas conversaciones para sanar el pasado y el presente, muchas lecturas y páginas para narrar las emociones para que ojalá muy pronto nuestros sueños no sean con ciudades destruidas sino con canciones festivas que celebren la vida. Por ahora sigo yendo a la cama con miedo a volver a soñar con esa amenaza de misil o con los líderes asesinados en Colombia cada día o con las hambrunas de nuestros niños en la Guajira o en tantos territorios olvidados.  Que la “Sociedad del cansancio” no nos nuble la capacidad de comprender que de esto salimos juntos y que en la guerra global perdemos todos en la realidad o en los sueños.
 

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