Federico Díaz Granados
19 Febrero 2024

Federico Díaz Granados

Las ciudades perdidas

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Recuerdo la noche del jueves 22 de febrero de 2001. El Teatro Jorge Eliécer Gaitán estaba a reventar y hasta se armó un tropel con la cantidad de gente que se quedó por fuera. El cartel lo ameritaba: el premio nobel de literatura José Saramago, de visita por primera vez a Colombia, conversaría con el inolvidable cronista Germán Castro Caycedo sobre la novela La caverna. En dicha conversación Saramago le confesó a nuestro decano del periodismo nacional que el asunto que lo impulsó a escribir la novela fue la impresión que sintió luego de visitar un centro comercial en Alberta, Canadá, y ver que dentro del mismo había playas, selvas artificiales, pistas de hielo, parques, tiendas y calles. Luego se enteró de que una mujer expresó que su última voluntad era que esparcieran las cenizas en un centro comercial porque allí había sido feliz y había pasado las mejores horas de su vida. Por eso, a la manera de Platón, el centro comercial sería nuestra caverna moderna.

Aquella reflexión de Saramago hace más de dos décadas es el punto de partida de lo que el llamado progreso ha desplazado de las grandes ciudades. Hay, sin duda, unas memorias infantiles de muchas generaciones relacionadas con las grandes casas de la infancia. Aquellas casas donde muchos fuimos felices y construimos la primera poética de los sueños, como diría Gastón Bachelard, cuando nos recuerda que “la casa no es un espacio sino una amenaza de eternidad”. Yo recuerdo de manera nítida la cartografía de Bogotá, sus barrios, sus imaginarios y sus recorridos. Los cines de barrio eran lugares de encuentro donde en pantallas gigantes nos asomábamos a la maravilla y el asombro.

Yo crecí en un barrio cuyo nombre ya no existe: Sears, limítrofe entre Chapinero, Palermo, El Campín y Pablo VI. Quizás por eso es que para mí occidente nacía al otro lado del puente de la calle cincuenta y tres con carrera treinta cuando hacía su aparición la buseta El Sol /Germania y que me llevaba hasta el centro y cuya ruta de regreso era Villa Luz. En el barrio jugué infinitos torneos de “banquitas” en las calles y quizás todavía no haya una alegría más honda que aquella en la que quedé goleador del torneo relámpago de microfútbol en el Parque Guernica o mejor conocido como Parque Palermo. Iba a misa a Santa Teresita con mi abuela Margot y los matinales del teatro Arlequín eran los mejores del sector.

La reciente serie de televisión Los Billis trajo a la memoria el nacimiento de una clase traqueta en Bogotá, pero nos recordó también las rivalidades territoriales entre los diferentes barrios: Pablo VI y La Esmeralda, Colseguros y Usatama, Unicentro y Cedritos entre otros. Era la Bogotá que se había dibujado en mi retina y en mi memoria para siempre y a la que regreso en mis recuerdos con frecuencia.

Esa ciudad, como tantas otras no solo en Colombia sino en el mundo, ha sido modificada y sustituida por una nueva formas del paisaje. Y nuevamente aparece el centro comercial como símbolo de ese paso del tiempo, implacable, globalizado, que homogeniza las grandes urbes en una misma forma de vida y de destino.

Las nostalgias ahora se forman en esos centros comerciales. Tengo varios amigos que mencionan las evocaciones y añoranzas de sus tardes en Unicentro, Bulevar o Granahorrar. En este último, el punto de encuentro era en las mesas de hierro detrás de la Porciúncula bajo el gigante caballo. Por fortuna ahí estaba la librería Enviado Especial que dirigía la periodista Gloría Moreno de Castro, esposa del mencionado interlocutor de Saramago aquella noche lluviosa de febrero de 2001. Hoy no están Saramago, ni Germán, ni la librería, ni el caballo, pero hay algo que permanece de todo aquello cuando pasamos por allí. Ya nuestras memorias están ligadas a esos lugares y cuando visitamos otros tantos en distintas ciudades del mundo nos conmovemos cuando encontramos el parecido con los que existen en las nuestras. Ya no son las fachadas de las casas de los abuelos, las pastelerías, cafés y parques. Ya no son las rutas del bus y el sol que iluminaba de un intenso color rosado los atardeceres de los cerros orientales. Ahora vemos los cerros incendiados y una nube de humo nos consume. Recuerdo con nostalgia el Tower Récords del centro Andino, la librería La caja de herramientas que quedaba allí mismo al lado del café Pomeriggio. Evoco los cineclubes de los sábados en la mañana en los cines de Granahorrar dirigidos por el profesor Fabio Medellín y posterior pizza en Domo del tercer piso o en los cursos de apreciación en la cinemateca o el Museo de Arte Moderno que coordinaba el genial Hernando Martínez Pardo. Con ellos y con las imágenes de Betty Blue, El imperio de los sentidos, Los sueños de Kurosawa y Annie Hall de Woody Allen muchos aprendimos a identificar nuestras emociones y afectos indelebles. Todo eso hace parte de un mundo que ya no volverá y el lugar seguro, en un mundo lleno de francotiradores, es, para muchos, el centro comercial, el símbolo de la ciudad de hoy, el refugio, el templo de congregación donde transcurre sin mayor apremio la vida.

De aquellas ciudades quedan las mejores páginas de la literatura que no solo supieron trazar los mapas de lo que fueron esas urbes, sino que supieron construir infinitos imaginarios que sobreviven en generaciones que reviven además los modos de hablar de una época y unos habitantes. Menos mal existen Los parientes de Ester de Luis Fayad o Según la costumbre de Gonzalo Mallarino entre tantas otras novelas que nos devuelven a esa Bogotá de los abuelos, antes de los centros comerciales y las grandes avenidas. Esa Bogotá en la que fui goleador un día en un torneo de microfútbol y en la que caminaba con mi padre para visitar en Teusaquillo al poeta Luis Vidales y en la que sabíamos perdernos, porque siempre será mejor saber perderse en una ciudad amada que orientarse. Todos tenemos una ciudad en la memoria y en esa ciudad hay una casa, una calle, una esquina, donde fuimos felices y por un instante, como diría Miguel Méndez Camacho, “brevemente inmortales”.

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