Federico Díaz Granados
20 Noviembre 2023

Federico Díaz Granados

Los dinosaurios

Entre aquí para recibir nuestras últimas noticias en su WhatsAppEntre aquí para recibir nuestras últimas noticias en su WhatsApp

Ayer domingo 19 de noviembre estuve escuchando todo el día rock argentino. Era una forma de ponerle una banda sonora a una expectativa e incertidumbre. Las canciones sonaban aleatoriamente en el Spotify y regresaban por un instante aquellos años de la formación sentimental. Porque sí, muchas de esas canciones fueron las responsables de los primeros amores y, también, de algunas de las primeras comprensiones de la política continental. Amor, lealtad y protesta tuvieron cientos de sinónimos en aquellas letras que hacen parte indeleble del cancionero de mi vida.

Conseguí, a finales de los años 80, en el puente de la Universidad Nacional sobre la carrera 30 y en la entrada del túnel peatonal de la Universidad Javeriana algunos casetes piratas de Sui Generis y Charly García. Eran unos casetes de fondo blanco, de sesenta o noventa minutos, que incluían algunos de los grandes éxitos que quedaron para siempre en la memoria. La delicada voz de Nito Mestre me reveló el estado de ánimo de toda una generación en Argentina y Rasguña las piedras, Necesito, Quizás por qué, Confesiones de invierno, Mariel y el capitán eran, de alguna forma, himnos que representaban una época marcada por los horrores de la dictadura. 

Supe del peronismo, de la dictadura, de los desaparecidos, de las Malvinas y las madres de mayo por muchas de esas letras que han conformado en cancionero indeleble de mi vida. También he sabido, a través de algunas otras estrofas del llamado Rock nacional, de los mundiales del 78 y el 86 y de la algarabía que eso produjo en todo un país. 

La noche del 16 de septiembre de 1976, pocos meses después del ascenso de la dictadura cívico militar, fue detenido en la ciudad de La Plata un grupo de estudiantes de la Juventud Guevarista y de la Unión de Estudiantes que un año antes habían participado en las movilizaciones de la primavera de 1975 para la consecución del Boleto Estudiantil Secundario. Estos hechos son el tema de la película La noche de los lápices que treinta y cinco años después de su estreno todavía sigue conmoviendo a miles de espectadores. La escena en que aquellos estudiantes cantan, cada uno desde sus celdas, Canción para mi muerte, confirma lo que significó Sui Generis en la construcción colectiva de un pensamiento contracultural de toda una nación: “Hubo un tiempo que fui hermoso / Y fui libre de verdad / Guardaba todos mis sueños / En castillos de cristal”.  Luego vendrían, igual en casetes piratas o en los primeros discos compactos, canciones de Fito Páez, Andrés Calamaro, Serú Girán y, por supuesto, Soda Stéreo que también vendrían a contar fragmentos de esa historia de grandes heridas y profundas grietas.  

Supe además que, por la absurda prohibición de la dictadura de transmitir canciones en inglés por la Guerra de las Malvinas, muchos de los grupos y cantantes que antes habían sido censurados, después ocuparían lugares de privilegio en las emisoras. Ya había pasado el Mundial 78 y a pocos metros del Estadio Monumental de Núñez donde Argentina se coronaba por primera vez campeón del mundo, estaban ocurriendo torturas y asesinatos.  

En el disco Euforia, Fito Páez describe lo que serían los años de una “Primavera alfonsinista”. El 20 de septiembre de 1984 Ernesto Sábato entrega al presidente Raúl Alfonsín el Informe de la Comisión de la Verdad que revelaría las dimensiones verdaderas de la tragedia de un país y que concluyó que “Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el período que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Únicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado”. En 1986 Argentina conquistaría su segunda copa del mundo en el estadio Azteca de México bajo el liderazgo de Diego Armando Maradona, que ya había dejado regado a medio equipo inglés en el camino a marcar el mejor gol de todos los tiempos. Dale alegría a mi corazón no solo sería la canción que sintetizaría ese momento, sino que se convertiría en un pregón de identidad nacional.

Vuelvo con cierta frecuencia a esas canciones y también regreso al Flaco Spinetta, a Andrés Calamaro y sus Crímenes perfectos, El salmón o Dulce condena, a Miguel Abuelo, a Fabiana Cantillo y a Celeste Carballo y Sandra Mihanovich cantando la versión del poema de Mario Benedetti Te quiero porque “somos mucho más que dos”.  La leyenda de Tanguito también me mostró un telón de fondo de la década de los sesenta en la cinta Tango Feroz de Marcelo Piñeyro que rencauchó entre otras una bella canción del grupo Vox Dei: Presente

Argentina se parece a sus canciones. Hay belleza, pero también grandes preguntas y escepticismos. Hay pasiones y fervores y a la vez grandes fracturas y heridas latentes. Por eso sentimos ese país tan cercano a través no solo de su rock sino de sus poetas y artistas en general. Suele pasar eso con los pueblos del mundo, pero el resplandor de esta edad de oro del rock en español desde Argentina iluminó a todo un continente temeroso de arrebatarle esta expresión musical a la lengua inglesa. 

Quería escribir sobre este presente político y estuve revisando los resultados electorales del balotaje entre Massa y Milei. Cada canción era una posible respuesta. Solo faltaba el título de la columna: si ganaba Massa, le prometí a mi amiga la poeta Marisa Martínez Pérsico, que se llamaría Bienvenidos al tren (tema de Sui Generis). Pero volvió por un instante el horror de 2016 con el triunfo del Brexit en Reino Unido, el No en el plebiscito de Colombia y de Donald Trump en Estados Unidos. Sin duda, la fragilidad de las democracias contemporáneas ha allanado el camino para el surgimiento de populistas extremistas que han polarizado a la sociedad de maneras peligrosas. La desconfianza en las instituciones, la polarización social y la manipulación de la información son todos síntomas de una democracia debilitada. Son los tiempos de la posverdad, de odio y del insulto permanente en las redes sociales. El triunfo de Milei corresponde a ese fenómeno político de estos días de sociedades descontentas y desinformadas que prefieren el abismo como única alternativa de cambio. 

Hoy pienso en las madres y abuelas de la Plaza de Mayo, en el poeta Juan Gelman y su nieta, pero también en Paco Urondo y Miguel Ángel Bustos. Pienso en películas como La historia oficial y Argentina 1985 y regreso a Kamchatka, ese país imaginario del juego de Risk que le permite a una familia resistir a la dictadura. Pienso también en María Claudia Falcone, Horacio Ungaro, Claudio de Acha, Panchito López Muntaner, Daniel Racero y María Clara Ciocchini protagonistas de La noche de los lápices que nunca aparecieron. 

Espero de corazón que esto no sea el presagio del primer corto de la película Relatos salvajes en el que Gabriel Pasternak se toma la cabina del avión y se estrella con todos los personajes de su vida a bordo. No le puedo cumplir a Marisa con el título de la columna que al final de la noche, con los resultados electorales irreversibles, podría llamarse Promesas sobre el Bidet, Cable a tierra, Lo que el viento nunca se llevó. Me incliné por Los dinosaurios porque van a desaparecer. 

Conozca más de Cambio aquíConozca más de Cambio aquí

Más Columnas