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Ha pasado otro Día de la Madre y sobrevivimos a las interminables filas en los restaurantes y a la multitud de los centros comerciales y almacenes. Según las estadísticas en muchos países latinoamericanos este es uno de los días más violentos de año y entre la algarabía familiar, los reencuentros indeseados y el consumo de alcohol reviven, entre otros, celos entre hermanos, viejas rencillas y rencores. Esa es la realidad desde el mito de Caín y Abel y que tanta literatura ha sabido retratar a lo largo del tiempo donde quedan títulos memorables como Los hermanos Karamazov de Fiodor Dostoyevski: traiciones, conflictos, envidias hacen parte del entorno de muchas familias y que salen a relucir en un día de festejo como este. Por supuesto que también es un día de reencuentros y ofrendas. Poemas, frases y canciones dedicadas a la madre se viralizan en las redes y recordamos por un momento que toda familia tiene su Úrsula Iguarán que no solo es el centro de la casa sino el magneto de todo el linaje alrededor del cual giran todos. 

Hace poco, conversando con la poeta Andrea Cote a propósito de la publicación de Fervor de tierra (Poesía reunida) en la colección Nuevos textos sagrados de la editorial Tusquets le pregunté sobre la indeleble presencia de su padre y su madre en su creación literaria y con la lucidez que tanto la caracteriza me respondió: “Creo que el padre tiene que ver con abrazar la orfandad que el momento histórico en que empecé a escribir nos entregó. Mi generación escribe en el encabalgamiento entre dos siglos en que se rompe la confianza en grandes discursos de familia y nación. Las asociaciones entre identidad y territorio que operaban cuando empezamos a escribir se vinieron abajo y fuimos defraudados. Entonces el padre físico es también un padre simbólico, él es la historia, la religión y el lenguaje en crisis. La madre en cambio sería una especie de porvenir, ella es la lengua materna, la infancia y la poesía”.  Me quedó haciendo eco eso que también había mencionado en su momento la gran poeta argentina María Negroni y es que el lenguaje es la madre, es lo que nos conecta no solo con las palabras y unos códigos que no definen sino con el destino, el futuro y nuestra propia identidad porque precisamente en ese tejido del lenguaje encontramos los hilos que nos unen a la figura materna que moldean nuestras primeras experiencias de comunicación y comprensión del mundo.

Es a través de este idioma que recibimos los primeros arrullos, las primeras frases de amor, de instrucción y de compañía. Allí encontramos el refugio inicial y seguro recordamos aquellos primeros sonidos durante los meses de gestación que fueron el primer cuidado y símbolo de pertenencia. Quizás es por eso por lo que, en cada palabra hablada en nuestra lengua materna, honramos todo el legado que recibimos de nuestra madre y a su vez de nuestras abuelas, bisabuelas, tatarabuelas y así infinitamente. Por eso, en concordancia a lo dicho por Andrea Cote, el padre es la historia y la madre es el lenguaje.  Así lo confirma también nuestro mayor fabulista y nuestro padre épico Gabriel García Márquez: El coronel Nicolás Ricardo Márquez era la historia, el pasado y la patria. La abuela Tranquilina Iguarán Cotes era el relato, la tradición oral y la poesía. 

De ahí que volvamos a hablar de la matria como el lugar exacto de nuestra identidad. La filósofa y poeta española María Zambrano, la misma que dice que “escribir es defender la soledad en la que se está” fue quizás una de las primeras autoras en acuñar la palabra matria cuando murió su padre en 1938: “Sí, perdí a mi padre, perdí la patria, pero me quedó la madre, la matria, la hermana, los hermanos. Me quedó todo, y hasta mi padre, que sentí que iba con nosotros. Pero ¡qué alegría, padre, que tú no tengas que sufrir los avatares del exilio!”. Quizás el “Cuarto propio” que señaló la gran Virginia Woolf cuando afirmó que “Como mujer, no tengo patria…” sería su pequeña matria esa que también defiende la poeta Sandra Lorenzano al afirmar que “la “matria” viene alimentada por las virtudes consideradas femeninas: el diálogo, la paciencia, la sensibilidad, la emoción, la longevidad, la fertilidad, el pacifismo. Y viene a contraponerse a “patria”, con su carga de violencia, de guerra, de ambición, de honor, de asesinatos a las espaldas. Ya saben: “Patria o muerte”. Matria quiere ser “vida”. 

De igual forma la poeta española Raquel Lanseros gana el Premio Nacional de la Crítica en 2018 con su libro Matria donde ella rastrea también su origen, su casa, su infancia: “Matria se sumerge en las raíces personales y colectivas para indagar sobre el concepto de identidad y establecer nuevas perspectivas sobre la trascendencia de origen. La poeta recorre el universo humano, dando cuenta de los matices que conforman la propia esencia. En ese territorio holístico se adentra la fuerza expresiva de la poeta, para rendir homenaje al mosaico íntimo que nos define mediante una combinación de paisajes, rostros, voces, ideas, tiempos y espacios de crecimiento. La riqueza de la herencia y la búsqueda de nuevos ángulos creativos se unen en un libro que analiza la existencia y la celebra, en una ceremonia poética rebosante de valentía, imaginación y vigor” dice la presentación del este libro fundamental para comprender la poética de la autora nacida en Jerez de la Frontera en 1973. 

En este tiempo de redefinición y resignificación de tantas palabras, conceptos y valores, la palabra matria emerge como una contraparte que reconoce y valora la contribución de las mujeres y otros grupos marginados en la construcción de la identidad nacional y en la búsqueda de equidad y justicia social y surge como una redefinición necesaria en un mundo marcado por las migraciones, la globalización la crisis de las democracias. La matria es un llamado a reconectar con nuestras raíces, a abrazar nuestra identidad personal y colectiva, y a celebrar la diversidad y la complejidad de la experiencia humana en un mundo cada vez más fragmentado y polarizado que tanto necesita de la pertenencia y la experiencia compartida. 

Por eso, para seguir celebrando este día, releo muchos de los bellos poemas que se han escrito a la figura materna y empiezo a habitar la matria donde todos cabemos recordando el hermoso poema Lola Jattin del inolvidable Raúl Gómez Jattin que termina diciendo “Más allá de este verso que me mata en secreto / está la vejez– la muerte– el tiempo incansable / cuando los dos recuerdos: el de mi madre y el mío / sean sólo un recuerdo solo: este verso”.

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