18 Febrero 2022

Así es volver a la universidad para los estudiantes foráneos

La economía de los universitarios también está en crisis.

Crédito: Wil Huertas

La insuficiencia de residencias, comedores y auxilios de transporte para universitarios se convirtió, tras la pandemia, en un problema masivo. En medio de la crisis, cientos de estudiantes se preguntan ¿comer o estudiar?

Por: Sara Castillejo Ditta

“La Universidad Nacional, para mí, es magnífica”, sentencia Leonardo Charry, a sus 79 años. Luego, el hombre se pierde en una larga lista de bondades que ofrecía el campus de Bogotá entre 1962 y 1967, cuando él era estudiante de la carrera de física pura. El repertorio de virtudes va desde un almuerzo “abundante y barato” hasta laboratorios bien dotados, pasando por subsidios para libros, transporte interno, dormitorios para estudiantes foráneos, peluquería y guardería para los hijos de los educandos.

“Se gozaba”, reseña nostálgico, “el ambiente era sabroso, a pesar del frío de Bogotá”, concluye. La memoria de veteranos como Charry aviva el anhelo de jóvenes como Gabriel Pazos, quien entró a otra universidad pública hace tres años para cumplir el sueño que comparte con su mamá: ser profesional. Él también hizo una larga lista, pero de las dificultades que ha tenido para mantenerse en esa decisión, pues su experiencia universitaria es diametralmente opuesta a la del físico. 

El actual proceso de retorno a clases presenciales es un momento crítico para la comunidad estudiantil colombiana. Si bien hace al menos cuarenta años que los programas de bienestar universitario se fueron desmontando hasta “quedar en nada”, como sentencia Charry, con la pandemia las necesidades de los estudiantes se multiplicaron hasta volverse apremiantes y masivas

Líderes de distintas universidades y de diferentes sedes de la ‘Nacho’ contaron a Cambio todas las dificultades por las que, para muchos jóvenes, ir a la u dejó de ser una experiencia edificante y se convirtió en lo que Pazos llama con desánimo “un problema necesario”.

Una ‘inversión de alto riesgo’

Gabriel Pazos tiene 21 años y nació en Pasto, Nariño. Vive con su mamá y su papá, que trabaja como mototaxista, en un barrio popular llamado Panorámico. Desde allí, siendo muy joven, se vinculó con procesos sociales donde descubrió su fascinación por las cámaras y la radio comunitaria. Al terminar el colegio quería estudiar en Bogotá, pero era muy caro. Se decidió entonces por Medellín, donde había universidades públicas y, además, tenía un tío mecánico que lo podía recibir en su casa. 

El joven recuerda que, junto con Ruby, su madre, se llenaron de “un montón de ilusiones”, cuando Pazos no solo fue admitido para estudiar Comunicación Audiovisual y Multimedial en la Universidad de Antioquia, sino que también entró al programa Ser Pilo Paga, que asumiría la matrícula y le aportaría un auxilio para mantenerse. “Cuando yo escogí venir”, cuenta, “sabía que no me alcanzaba la plata. Mi mamá y yo decimos en chiste que esto es una ‘inversión de alto riesgo’, pero si fracasamos qué importa, lo intentamos, lo estamos intentando, ¿no?”, se ríe.

Antes de la pandemia, Pazos ahorraba cada peso movilizándose en bicicleta por las lomas del Valle de Aburrá y cocinando al máximo en casa de su tío. De vez en cuando sus padres le hacían llegar una caja con cebada o con arroz y una cartica que le subía la moral. Cuando lo vencía el cansancio de cocinar, Pazos iba hasta la Plaza Minorista de Medellín a almorzar por 4.000 pesos. Era duro pero se estaba adaptando, incluso en el segundo semestre se ganó la matrícula de honor por su promedio académico.

Antes de que la u cerrara por pandemia, Pazos se quebró la clavícula en un accidente con la cicla. No podía montarla ni cocinar y tampoco tenía plata para tomar el metro o un bus. “Yo como que lo comenté”, recuerda con algo de vergüenza, “y una profesora me ayudó, un compañero que vive al frente de la u, me ofreció quedarme en su casa por unos días y en Bienestar Universitario me dieron un bono para comer”. Asegura que sin la ayuda de personas que se ha encontrado, hace mucho que habría desertado.

Como Pazos, miles de estudiantes foráneos hacen malabares para educarse lejos de casa. Solos, ocupan gran parte de su tiempo en resolver asuntos tan cotidianos como comer. En los tiempos del físico Charry, en cambio, afuera de la cafetería central de la sede en Bogotá de la Universidad Nacional siempre había dos filas de muchachos esperando su turno y adentro unos doscientos más sentados a comer. El veterano trata de equiparar el precio de esa comida a la devaluación actual y concluye que “si pedía las cuatro cosas: arroz, papa, verdura y carne, me costaría como unos 2.000 pesos de hoy”. 

Dónde vivir es otro tema pendiente. Charry conoció los legendarios edificios de residencias de la Nacional: Gorgona, la 10 de Mayo, la Camilo Torres, la Uriel Gutiérrez y la del Centro Urbano Antonio Nariño. Solo esta última sobrevive hoy y cada vez tiene menos cupos. La Nacional ha ido cambiando sus residencias propias, donde cada edificio alojaba unos 400 estudiantes, por un puñado de cupos en convenios con privados que, a juicio de Gabriela Rojas, exrepresentante de la sede Bogotá, “vulneran los derechos de los estudiantes”. Rojas refiere el caso del convenio con una casa de monjas que alojaba estudiantes madres solteras, allí “les cerraban la puerta a las ocho de la noche y les pedían periódicamente una prueba de embarazo”.

El problema es en todo el país. Laura Alzate, representante estudiantil de la Universidad de Caldas, dice que el 80 por ciento de los 15.000 estudiantes que tiene esa universidad no son de Manizales, pero el apoyo de residencia universitaria solo llega a 144 cupos para hombres y 58 para mujeres. En la sede de la Nacional en La Paz, Cesar, hay mil estudiantes y 50 residencias. Todos coinciden en que los cupos son insuficientes. El caso de la Universidad de Antioquia, donde estudia Pazos, es extremo: no ofrece ni una sola residencia.

"Que haya un comedor comunitario permite la permanencia estudiantil, que haya más residencias permite la permanencia”, Laura Alzate, representante de la Universidad de Caldas.

Juan José Florez, líder estudiantil de la Nacional, sede Medellín, cree que si bien el escenario ya era duro, con la pandemia se empeoró. “La universidad está hablando de retomar 100 por ciento de presencialidad”, dice, “pero no se ha hablado de apoyos alimentarios adicionales a los que ya están, no se ha hablado de aumento a las residencias estudiantiles. Son cosas que preocupan”. Alzate, desde Manizales, también está intranquila: “La comida está supremamente cara”, dice, “hay incremento del transporte público y de los arriendos. Que haya un comedor comunitario permite la permanencia estudiantil, que haya más residencias permite la permanencia”, recalca, “hay que trabajar en torno a eso”.

Irse y volver

Pazos ya regresó a clases en Medellín, su carrera está en alternancia, unos días van y otros se conectan virtualmente. Sigue enfocado en graduarse, pero los dos años que le quedan pintan más duros. Durante el confinamiento, él retornó a su casa en Pasto. “En medio de la cuarentena, se nos acabó la harina con la que hacíamos tortillas”, dice entre risas irónicas, “ahí dijimos: ahora sí nos tocó salir. Y nos pusimos a vender frutas”. 

En ese tiempo, Pazos paradójicamente perdió el bono de alimentación que se había ganado en la universidad. “La u estaba dando unos bonos para mercar en Consumo, incluso aumentó la cuota durante la pandemia”, explica el joven, “pero había que irlos a reclamar al edificio de Extensión, en Medellín, y yo estaba en Pasto. Además, en Pasto no hay Consumo”. Así que el cupo de Pazos, quien a todas luces lo necesitaba, se lo dieron a alguien que lo pudiera redimir.

Al preguntarle cómo está solventando su alimentación en el retorno, Pazos dijo que “es un tema que no he resuelto”. Y es que la lista de urgencias es larga: tiene trabajos atrasados, que no pudo hacer por intermitencia en la conexión de internet de su casa en Pasto; tenía que buscar casa, porque su tío mecánico se quedó sin empleo y ya no lo podía recibir; se instaló en una pieza con su computador de mesa y ahora tiene que comprarle un adaptador para conectarlo al módem de internet de la nueva casa, pues hay clases que aún son virtuales; ya no tiene bicicleta, pero le urge comprar una para moverse, porque el cuarto que arrendó por 200.000 pesos queda lejos de la universidad.

Genuinamente Pazos no ha tenido tiempo para preocuparse por comer. Parece que siente el hambre solo al preguntarle por el tema, pero cuando piensa en eso, no puede evitar dejar salir la frustración. “Hagamos una encuesta”, propone, “veamos cuántas personas de la u son de estrato 0, 1 y 2. Muy pocas, porque la mayoría deserta. Por lo menos en mi carrera, la mayoría de compañeros son de estrato 3 o 4. Retornan en avión y viven al frente de la universidad. Sus dramas son otros”, dice. Por ejemplo, una compañera a quien no veía hace dos semestres le dijo que ella había extrañado mucho la universidad y él se quedó pensando.

“Sinceramente, yo no extrañé la u”, dice como hablando con él mismo, “sé que necesito las clases, a mí me gusta estudiar”, hace una pausa y repite más alto “o sea, ¡a mí me gusta estudiar!, yo no cambiaría por nada la universidad”, y luego baja la voz, “pero ha sido duro, igual”. Entonces, repasa los precios de la comida pospandemia, “¡está carísima!”, exclama, “un mango vale 5.000 pesos”, se ríe jocoso, “o sea ¿cuándo volveré a comer mango? ¿dime?”, y rompe en abierta carcajada.

El físico Leonardo Charry y el joven Gabriel Pazos no se conocen, pero sin duda se habrán cruzado más de una vez en la Universidad de Antioquia, pues ahí es donde Charry ha sido docente durante los últimos 55 años. En pandemia, el físico dictó clases virtuales para la licenciatura en Física y Matemáticas de la Facultad de Educación y dice que “eso no me gustó para nada, ve uno los problemas del covid, la pereza, la deserción”, en cambio, hace veinte días terminó el semestre 2021-2 presencialmente y cuenta que “eran 4 horas seguidas y la gente estaba animada. De 18 personas matriculadas, 12 terminaron”. 

Gabriel Pazos
Gabriel Pazos a las afueras del auditorio de la Universidad de Antioquia, en Medellín. Foto: Cortesía.

Pazos, al margen de sus vicisitudes, también está animado. “Tengo esperanza”, dice, “sigo en la universidad porque tengo esperanza. Quiero graduarme, trabajar, que mi mamá se separe de mi papá y quedarme con ella en Medellín, claro”.