27 Septiembre 2022

Génesis y metástasis del Tren de Aragua

Presuntos integrantes del Grupo Armado Tren de Aragua

Crédito: Imagen de la Fiscalía General de la Nación

No les interesa únicamente el tráfico de drogas; también la extorsión, el sicariato, el tráfico de personas, el secuestro, entre otras actividades delictivas. Igualmente, operan con impunidad desde las cárceles.

Por Emiliano Pérez y Erick C. Duncan

El Tren de Aragua, la megabanda delincuencial que se ha dado a conocer por su aparente relación con los últimos casos de cuerpos regados en bolsas en Bogotá, empezó su actividad en un estado central de Venezuela. Su nombre se debe a que, comenzando el siglo, empezaron a extorsionar a los empleados y constructores del tren en el tramo que justamente cruzaba la región de Aragua, a escasas dos horas de Caracas. 

Aunque se ha hablado de la sevicia y la crueldad que acompaña el accionar de la banda como seña de identidad, algunos expertos señalan que esa violencia no es exclusiva del Tren de Aragua. En la guerra que tienen los grupos en territorio venezolano, la sevicia es moneda corriente.

Para Javier Mayorca, periodista especializado y miembro del Observatorio venezolano de crimen organizado, consultado para este texto, la violencia ejercida entre bandas en Venezuela está marcada por prácticas de crueldad que buscan, además, el doble objetivo de la visibilidad social por medio de videos que se propagan rápidamente en redes sociales y con los que se envían mensajes claros a las demás partes en disputa y la ciudadanía misma. Por otra parte, fuentes académicas han insistido en señalar que este grupo es quizá el más poderoso, organizado y con alcance continental de cuantos operan hoy en territorio venezolano y en la vecindad, y que no les interesa únicamente el tráfico de drogas, sino que son una organización multicrimen que extorsiona, cobra por sicariato, trafica con personas, roba y secuestra, entre otras actividades delictivas. También señalan que ha permeado instituciones del Estado, lo que les permite, prácticamente, operar con impunidad total desde la cárcel.

El Tren de Aragua, encarrilado a Colombia

El drama empezó en la frontera con Venezuela, en Norte de Santander, cuando aparecieron los cuerpos baleados de ciudadanos venezolanos, tirados en las trochas y veredas que son objeto de disputas territoriales entre diversos grupos armados hasta ese momento identificados: El ELN, los Urabeños, los Rastrojos y algunas disidencias de las Farc. Sin embargo, poco se sabía del quinto actor en la guerra territorial: le decían la gente del tren.

Las muertes en la frontera parecían entonces el resultado de un largo ajuste de cuentas. No se tenía en cuenta que la población migrante entraba en el foco mismo de las bandas, que empezaron a ver una oportunidad de negocio controlando los caminos y obteniendo así una rentabilidad por el paso entre los dos países. 

Intentaron, entonces, aliarse con el ELN, pero de la iniciativa no pasó. El objetivo de la banda, más allá de la frontera, suele ser volátil: establecerse en las ciudades y corredores que permitan una expansión de su actividad en varios frentes. Para ello, decidieron mimetizarse entre la población migrante que empezó a llegar a Colombia en diferentes oleadas. En palabras de Mayorca: “El trasplantado de redes criminales es un proceso lento que se va dando a menudo a la sombra de los éxodos más o menos masivos. Entonces, ellos empiezan llegando a esos lugares como turistas, o, en el caso de Colombia, como personas que simplemente están huyendo de una emergencia humanitaria compleja, no porque exista un plan específico de posicionamiento, sino porque ellos van tanteando los lugares en donde se pueden alojar; y, posteriormente, cuando consideran que han encontrado las condiciones, restablecen los nexos con la matriz de la banda que está en el internado judicial de Aragua”.

Para la investigadora venezolana Ronna Rísquez, que ha seguido de cerca la historia de este grupo, “el crecimiento y empoderamiento de la megabanda comenzó antes de la ola migratoria”, y más bien se asocia  “a la crisis carcelaria, el hacinamiento y todo el tránsito del sistema carcelario venezolano de cómo era en el pasado al nacimiento del pranato”, el nombre dado a las figuras que dirigen las redes criminales en los establecimientos penitenciarios de Venezuela.

La república independiente del penal de Aragua: la vida aparte de Tocorón

El penal de Tocorón se ve desde lejos como una unidad residencial de bloques de hormigón gris. Está ubicado al sur del estado Aragua y hace parte de una serie de cárceles que no están controladas por el gobierno. Adentro, la cárcel, que también padece los estragos del hacinamiento, curiosamente tiene lógicas de barrio pequeño bien dotado: los visitantes han atestiguado la presencia de una piscina, restaurantes y bodegas, tienda de ropa, un banco donde el jefe de la cárcel recibe consignaciones, una discoteca llamada Tokio, que está entre las mejores de la región, galleras, sembrados de marihuana y un estadio de béisbol. Según una crónica de El País, de España, es usual ver a los presos de cierto nivel haciendo maniobras en motos de alto cilindraje; otros caminan por los pasillos con armas largas; las familias de los presos pasan fines de semana acompañando al condenado, y no son pocas las celdas de las que salen ladridos. porque tienen mascotas. 

A los líderes de estas cárceles sublevadas, como Tocorón, se les etiqueta con el término pran. Los pranes tienen una guardia propia en los penales, administran la permanencia de los reclusos por piso y tienen celdas más cercanas a una habitación de hotel. De hecho, en algunas investigaciones periodísticas han catalogado esta prisión entre las más lujosas del mundo. Y fue justamente en la cárcel de Tocorón, o en sus alrededores, que Héctor Rusthenford, más conocido como Niño Guerrero, comenzó a extorsionar a los trabajadores responsables de construir el ferrocarril de un país en plena expansión, en medio de la bonanza petrolera.

El poder del grupo fue creciendo a tal punto de ser capaz de atacar a un grupo de militares y policías que realizaba un operativo en cercanías de la cárcel. En la emboscada fueron asesinados el general de brigada de la Fuerza Aérea, Silva Zapata, dos agentes de la Policía y tres militares, según medios locales. 

El vertiginoso crecimiento de la banda, que los llevó de ser una banda local a una organización transnacional, estuvo en el cambio de rumbo del grupo para pasar de ser un organismo “netamente piramidal” y centralizado a “una organización más bien celular, que traza alianzas con otras bandas en la calle”, detalló Mayorca. Como una suerte de franquicia terrorífica a la que se podían afiliar todo tipo de grupos violentos, hasta instalarse en casi una tercera parte del país, y en particular en el arco minero de Venezuela. 
 
Lo que ninguno de los investigadores entrevistados pudo explicar, sin embargo, incluyendo a los que pidieron conservar el anonimato, fue cómo pudo crecer tanto esta banda a la vista de todos, en una época en que el gobernador del estado Aragua era Tareck El Aissami (2012-2016), futuro vicepresidente del país, y cuando era ministra de Servicios Penitenciarios Iris Varela (2011-2017), actual vicepresidenta de la Asamblea Nacional.

La situación con esta banda, que ha ido en una escalada de violencia y desinformación ascendente, llevó hace poco a que la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, pidiera a la Cancillería colombiana solicitar a su homóloga venezolana actuar en contra del Tren de Aragua, gesto de buena voluntad, pero bastante inocente, según fuentes especializadas en el estudio de estas bandas, toda vez que la impunidad y el poder que tienen en tierra vecina es conocido por todos.

A lo anterior hay que añadir que la petición de la alcaldesa fue respondida con notoria molestia y desdén por el número dos del chavismo, Diosdado Cabello, quien dijo que, “para variar, la señora le echa la culpa a Venezuela. Si usted (Claudia López) tiene allá al Tren de Aragua, échele lo que usted quiera, esos no le duelen al gobierno de Venezuela porque nosotros no tenemos nada que ver con ellos”; y como si de una repartición de culpas se tratara, remató agregando: “Los que dan pena son ustedes diciendo que la violencia en Colombia viene de Venezuela, dan pena. Creen que nos van a dar lecciones con unas declaraciones. Aquí sí combatimos el narcotráfico, la violencia y hemos sido víctimas de la violencia traída de Colombia; ¿el sicariato de dónde viene?, ¿los paramilitares de dónde vienen?; ahora viene esta señora a echarle la culpa a Venezuela”.

El Tren de Aragua llega a Bogotá

En Bogotá, el ruido sobre la existencia de esta banda empezó desde que aparecieron los cuerpos embolsados a finales de agosto. La escalada de violencia criminal, que ha dejado incluso cuerpos descuartizados, ha llamado la atención del público, pese a que las autoridades insisten en la reducción de homicidios registrados en la capital.

Pero se trata apenas del episodio más reciente de un drama antiguo, ligado a la pobreza y los éxodos migratorios. Igual que en Norte de Santander, buena parte de los casi 700.000 migrantes venezolanos asentados en Bogotá llegó a la ciudad a vivir en la precariedad. Y de ahí, un reducto pasó a engrosar las filas de los grupos delincuenciales de la ciudad, muchas veces como carne de cañón, como lo relató una investigación de Bram Ebus, Crisis Group y la Liga contra el silencio.

Y luego, de acuerdo con lo que respondió a una petición de CAMBIO la Secretaría de Seguridad de la capital, estos afiliados del Tren de Aragua lograron hacerse un espacio en un mundo criminal de por sí violento en buena medida gracias a la desarticulación de estructuras locales dedicadas al microtráfico y otros delitos, y en particular, de la estructura de alias Camilo en Kennedy, en octubre de 2021.

Así que “al dar estos importantes golpes, el espacio que era ocupado por una banda entra a ser disputado por otras estructuras delincuenciales, como es el caso de El Tren de Aragua y los Maracuchos, en este caso bandas de alcance transnacional”. La situación no es nueva, es casi una constante en el mundo criminal que la violencia se produce cuando una nueva banda llega a disputar un territorio ocupado, o cuando se desarticulan estructuras y diferentes grupos, herederos o no, se disputan los restos del emporio.
  
Por eso es por lo que, a diferencia de lo que ocurre con los carteles mexicanos, a los que “les interesa llevarse el producto para donde ellos lo tienen comercializado”, es decir, a Estados Unidos y Europa principalmente, con los grupos venezolanos sí se registran violentas disputas porque vienen a pelearse un mercado local en expansión, explica Esteban Arias Melo, coordinador de temas relacionados con drogas ilícitas en la oficina de la UNODC. “Pero no es que el negocio les interese. No, lo que pasa es que como allá en Venezuela está grave la situación, el país más cercano es Colombia y de allí para abajo empiezan a irradiar”, remató.

Así las cosas, se sabe ya que el Tren de Aragua es una organización extranjera que actúa desde una cárcel, usan la sevicia para amedrentar a sus enemigos (lo que incluye ahora a las bandas colombianas), y la estela de terror de sus actos ha servido para disparar el temor y la imaginación de una parte de la población, que trata de explicarse los sucesos violentos de los últimos días. Incluso las nuevas autoridades de Policía de la capital han llegado a decir que los descuartizamientos “eran un fenómeno que no se había visto en Bogotá”, olvidando un poco los cuerpos devastados que salían del Bronx.