6 Mayo 2022

Una verdadera celebración

"Si creemos en la justicia y en la democracia, si nos sentimos interpelados ante la desigualdad, regalemos a nuestras madres, a las mujeres que muchas veces han dado su vida a cambio de la nuestra, una verdadera posibilidad de descanso".

Por Saia Vergara Jaime*

Estamos cansadas, exhaustas, agotadas. Y más aún después del confinamiento. Si somos sinceras, para las madres de hoy vivir cansadas, exhaustas y agotadas es algo cotidiano y generalizado. Levantarse, cada día, y cumplir con las doscientas mil tareas dentro y fuera del hogar es un acto de heroica sobrevivencia que nos ha convertido en máquinas de trabajo infinito, gratuito y precario. 

Si preguntamos a las madres que qué quisiera en este día tan publicitado, con seguridad, la mayoría confesaría que desearía con todas sus fuerzas no sentirse cansada, exhausta, agotada… y, de paso, culpable. Las madres, a pesar intentar con todas nuestras fuerzas cumplir con el mandato de género, es decir, con las labores que la cultura patriarcal nos ha asignado solo por el hecho de ser mujeres, nunca lograremos llegar a todo, y menos, con la perfección que se nos exige. Aunque nos entreguemos en cuerpo y alma, no es ni será posible. Y no porque no seamos lo suficientemente buenas como, además, nos hace creer la culpa cristiana que nos taladra el inconsciente. Podemos ser excelentes, creativas, generosas y tener un sin fin de virtudes. Lo que sucede es que los trabajos que implican los cuidados, es decir, aquellos que realizamos para el sostenimiento de la vida de nuestra familia, incluidos los animales no humanos y las personas dependientes, son inacabables. El mantenimiento de la vida no da tregua, el polvo tampoco, ni la ropa sucia y arrugada, ni la preparación de la comida, las enfermedades, ni el infinito etcétera que nos empieza a perseguir en cuanto nos reproducimos. Los procesos y subprocesos que estas actividades nos demandan específicamente a las mujeres impiden que, luego de jornadas salvajes de 12, 15 o 18 horas de trabajo dentro y/o fuera de casa, nos sentemos a descansar copa de vino, cerveza o guarapo en mano, a ver nuestro programa favorito. Siempre hay y habrá algo que ocupe nuestro tiempo, incluso el que por salud mental deberíamos dedicar al ocio. Siempre hay y habrá algo que nos impida, así sea mentalmente, relajarnos de verdad y regalarnos ínfimos momentos de placer consciente, bien merecidos, por cierto. Pocas sensaciones tan angustiosas como la de intentar concentrarse en una serie, en la trama de la película y, a la vez, estar pensando en la mancha del uniforme que está en remojo, en que no se olvide nada de la lista del mercado para el desayuno-almuerzo-comida de la semana o en que hay que volver a llamar al plomero para que arregle el calentador que se dañó otra vez, mientras nuestras amadas criaturas nos interrumpen cuarenta mil veces y el perro nos clava las uñas con cariño para que lo saquemos a pasear por tercera vez en el día.

El cuento de que las mujeres somos multitarea ha sido la excusa perfecta para que el sistema desigual en el que crecemos y vivimos desde hace milenios nos recargue con una y mil tareas dentro del hogar, sin que por ello recibamos un peso. A este tipo de esclavitud hoy se le llama, con más elegancia, “trabajo no remunerado”, y según las estadísticas del DANE (2020), equivale al 20% del PIB. Es decir, que “si este trabajo se pagara sería el sector más importante de la economía ”. El Boletín publicado en el Día Internacional de la Educación no sexista (2021), también del DANE, indica que “entre septiembre de 2020 y agosto de 2021 (…) las mujeres dedicaron en promedio 7 horas y 46 minutos al día en actividades de trabajo no remunerado y los hombres 3 horas y 6 minutos ”. La pandemia, sin embargo, empeoró la situación pues “las mujeres pasaron de invertir 3 horas 37 minutos diarios más que los hombres en trabajo no remunerado en 2016, a dedicar 4 horas y 53 minutos más que ellos en 2020 ”. 

Las cifras del Observatorio de Igualdad de Género de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), adscrita a Naciones Unidas, lo ponen de otra manera, igualmente escandalosa: las mujeres dedican tres veces más tiempo de su día a trabajar gratis que al trabajo que les genera ingresos. En contraposición, los hombres emplean cuatro veces más tiempo de su día al trabajo remunerado que al no remunerado . Es decir, ellos no solo perciben mayores ingresos que ellas, sino que también tienen muchas más oportunidades para desarrollarse profesionalmente. Esto no es una brecha de género, es un abismo. 

A pesar de las pequeñas grandes conquistas del feminismo aún hoy existe una aceptación social de ciertos estereotipos que tienen que ver con la feminización de las labores del hogar, que condenan a la mitad de la población nacional a seguir recibiendo cero pesos por su aporte al PIB. Así lo confirman los resultados de la encuesta en el Boletín antes mencionado, que contenía distintas afirmaciones (algunas sexistas), en la que “cerca de la mitad de la población (51,2% de los hombres y 49,8% de las mujeres) está muy de acuerdo con [la afirmación de] que “Las mujeres son mejores para el trabajo doméstico que los hombres”. En los centros poblados y rural disperso estos porcentajes son mayores: 63,1% de los hombres y 64,4% de las mujeres están muy de acuerdo”.

Esta otra pandemia, aceptada y normalizada históricamente, se extiende por toda América Latina sin que existan verdaderas políticas de Estado ni presupuestos para combatirla. En cuanto a las mediciones sobre Proporción del tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, de nuevo, la CEPAL revela que en el continente, “en promedio cada día las mujeres dedican el triple del tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en comparación al tiempos que le dedican los hombres ”. No es de extrañar que la pobreza tenga rostro de mujer. El Informe, Tiempos de cuidado: las cifras de la desigualdad (2020), explica que este desbalance no solo limita el bienestar de la población femenina sino también “el desarrollo de sus capacidades al igual que menoscaba la oportunidad de generación de ingresos, el acceso a la protección y la seguridad social. Todo ello, contribuye a reducir su autonomía y posibilidades de sobrellevar o superar la pobreza ”. No basta solo con promover el acceso de las mujeres al trabajo remunerado o al diseño de políticas públicas que disminuyan la carga de trabajo no remunerado: “si esto no se acompaña del enfoque de la corresponsabilidad entre hombres y mujeres dentro del hogar, no podrán superarse las desigualdades de género en términos de redistribución de la carga total del trabajo ”. 

Y llegamos a uno de los puntos neurálgicos: la corresponsabilidad en el hogar. Cada año circula por redes sociales en el Día de la Madre un mensaje que, de manera engañosa, nos quiere hacer sentir orgullosas por el trabajo no remunerado que desempeñamos las mujeres. Su narrativa confirma, de manera edulcorada, las estadísticas antes mencionadas enalteciendo a la mujer por ser “maestra, ama de casa, doctora, secretaria, consejera, reloj despertador, chofer, administradora, enfermera, adivina, organizadora, chef, policía, investigadora y mamá”. Replicamos con alborozo este tipo de memes sin darnos cuenta de que refleja injusticias estructurales que estamos contribuyendo a normalizar, celebrándolas, además. Y es que todas esas labores que no dan tregua, que hacemos gratis y que nos impiden gozar de nuestras vidas deberían ser compartidas con el resto de miembros de familia incluyendo, como es lógico, a los hombres. La corresponsabilidad busca un reparto equilibrado en las labores del hogar y de los cuidados de niñxs, personas mayores, dependientes y animales no humanos. Y es un asunto que no da espera.

Adrienne Riche, en el epílogo de su ensayo, Nacemos de madre , que a pesar de haber sido publicado en 1973 no pierde vigencia, explica que “el cuerpo de la mujer ha sido máquina y territorio, desierto virgen para explotar y cadena de montaje que produce vida. Necesitamos imaginar un mundo en el cual cada mujer sea el genio que presida su propio cuerpo. En un mundo semejante, las mujeres crearán de verdad la nueva vida, dando a luz no sólo niños (según nuestra elección), sino visiones y pensamientos imprescindibles para apoyar, consolar y transformar la existencia humana: en suma, una nueva relación con el universo. La sexualidad, la política, la inteligencia, el poder, el trabajo, la comunidad y la intimidad cobrarán significados nuevos, y el pensamiento mismo se transformará. Por aquí debemos comenzar” (132).

Si creemos en la justicia y en la democracia, si nos sentimos interpelados ante la desigualdad regalemos a nuestras madres, a las mujeres que muchas veces han dado su vida a cambio de la nuestra, una verdadera posibilidad de descanso. Hagamos una contribución genuina al desarrollo de sus proyectos personales. Seamos sus cómplices y colaboremos para que ellas recuperen sus espacios vitales. Este Día de la Madre, y todos los días que están por venir, demostremos nuestro amor y gratitud a través de los actos. Ésa sería una verdadera celebración. 

* Saia Vergara Jaime es artista, historiadora, comunicadora audiovisual. Doctora en Creatividad Aplicada. Ex directora del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena (2020-2022).