26 Agosto 2022

El Informe Final no es sino el comienzo

La Comisión de la Verdad culmina la tarea que le fue encomendada por el Acuerdo de Paz, con la esperanza de que haya servido para el reconocimiento de la igual dignidad de todos los seres humanos y la construcción de una sociedad más madura y tolerante.

Por Lucía González Duque, comisionada

Terminamos hoy la misión que, como Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, nos fue encomendada en el punto 5 del Acuerdo de Paz, firmado entre el Estado y las Farc-EP, dirigido al establecimiento y desarrollo del “Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición”; y debo decir que con la satisfacción del deber cumplido, consciente de que fue una tarea inmensa y difícil que no concluye con este mandato, pero segura de haber hecho parte de un equipo que se la jugó a fondo por la verdad y puso todas sus capacidades, su entusiasmo y ética en el cumplimiento de este reclamo por la Verdad que han hecho históricamente las víctimas de esta nación.

Espero al menos que esa idea que surgió cuando se diseñó la Comisión, de ser “un buque rompehielos”, haya quedado bien hecha; es decir, que al menos hayamos sido capaces de romper ese bloque que nos impedía vernos y avanzar sobre la verdad. Esperamos se haya abierto una grieta, un camino, y sea entonces más fácil transitar ahora hacia el reconocimiento de lo que nos ha pasado y de alguna manera nos sigue pasando, para comprender las razones que fundan el conflicto armado y nos decidamos a hacer parte de su solución.

Cumplimos con tal compromiso esta misión que hoy no solo contamos con el enorme entusiasmo de múltiples sectores de la sociedad, ciudadanos e instituciones, que ya han empezado la tarea de apropiarse de este gran legado, sino con la sorpresa de su reconocimiento y la solicitud de que continuemos la tarea, asunto poco común cuando se trata de una entidad del Estado.

Nos acercamos con humildad y honestidad a las víctimas, pero también a los responsables, aguzamos la escucha para oír lo que nos decían y no queríamos oír, y dejamos para la nación un legado que está representado en un Informe Final muy completo, pero sobre todo, una sociedad dispuesta a escucharse y escuchar, a aprender de su propia historia, a hacerse cargo de la herencia que cargamos y de la responsabilidad que nos cabe como ciudadanos de una nación herida y rota.

Además de escuchar y entrevistar a más de 30.000 personas, de todos los lados, activamos la conversación y la reflexión, estimulamos y acompañamos procesos de reconocimiento a las víctimas en su dignidad y coraje, de responsabilidad a los actores en las violencias cometidas contra el cuerpo y la dignidad de tantos seres humanos, contra los vínculos sociales y las culturas, contra el territorio y la naturaleza y contra la democracia, de donde surgieron diálogos más comprensivos y propositivos que en muchos casos desencadenaron reconciliación y perdón.

Aprendimos “de lo que es capaz el ser humano”, como decía Primo Levi, hablando de la misión de la memoria, y eso se nos fue hasta el fondo del alma, porque quedó en evidencia que como seres humanos, como sociedad y como nación estamos en deuda con nosotros mismos y con los otros, y muy especialmente con los más excluidos, que han sido por ello las principales víctimas de un conflicto armado que se ensañó con sevicia contra los más humildes, contras las poblaciones campesinas, indígenas y afrocolombianas, razón que tal vez sea la explicación de por qué nos importó tan poco o no nos importó. Constatamos que la vergonzosa inequidad en la que vivimos es un factor de persistencia del conflicto armado. Aprendimos que la política con armas ha causado un daño inmenso, cobrando vidas y cerrando la democracia. Y que la guerra contra las drogas alimenta las otras guerras y no resuelve el problema.

Esta guerra se libró contra la sociedad civil: al menos el 80 por ciento de las personas asesinadas no lo fueron en combate, no eran actores armados. Se desarrolló fundamentalmente en territorios y sobre inmensas capas de la población a las que el Estado no llega o llega de manera muy precaria y en las que los derechos no tienen asiento, y por ello, no solo los grupos armados sino también otros poderes encuentran un terreno propicio para hacerse a sus tierras, a sus bienes, a sus vidas, sin que la justicia opere.

Tenemos uno de los ejércitos más bien dotados y entrenados de América, pero tenemos más de 10 millones de víctimas. Ante nuestros ojos se despojaron más de 8 millones de hectáreas, fueron asesinadas más de 450.000 personas, fueron reclutados más de 16.000 niños y desaparecidas más de 120.000 personas, entre muchas otras violaciones a los derechos humanos e infracciones al derecho internacional humanitario. ¿Dónde estábamos?, es la pregunta.

Hoy tenemos fe de que este esfuerzo haya valido la pena porque sabemos que hay una sociedad mucho más formada políticamente, más consciente de lo intolerable y, por lo tanto, más decidida a actuar. También sabemos que no solo hay un gobierno nuevo que le apuesta a la paz total sino una dirigencia que ha entendido que es necesario hacer cambios para que todos podamos vivir en paz. Hay además una juventud activa, resuelta a demandar y a construir una sociedad justa. Celebramos que colegios y universidades hayan entendido que es muy valioso hacer de la verdad un bien público fundamental, un valor necesario para la confianza y, por lo tanto, para la democracia; que, por fin, los jóvenes puedan conocer el relato de este conflicto armado para que no se repita; que haya medios leyendo o discutiendo el informe; instituciones proponiendo lecturas y análisis; entidades resueltas a hacer realidad algunas de las recomendaciones que dejamos.

Hoy sabemos que la paz no es solo un acuerdo entre dos partes, ni solo una responsabilidad del Estado o de los gobiernos. Hoy hemos entendido que tenemos que empeñarnos en construir una ética pública basada en el verdadero reconocimiento de la igual dignidad de todos los seres humanos, y por lo tanto, construir garantías objetivas para el acceso pleno a los derechos, promover el reconocimiento y valoración de todos en la diversidad; dejar de lado el “modo guerra” que nos habita, donde vemos como enemigos a quienes difieren de nuestros pensamientos y creemos tener autoridad para eliminar física o verbalmente.

Hoy somos muchos más los que sabemos que este conflicto armado interno nos atraviesa a todos y marca nuestra existencia, razón por la que es urgente que nos empeñemos todos, no solo los armados, en reconocer su inutilidad, las graves afectaciones a todos y todas, sin excepción, y avanzar con generosidad y empatía a reconstruir el cuerpo de esta nación.

Esperamos haber cumplido nuestra tarea, sabiendo que es apenas un inicio, pero, sobre todo, queriendo que se reconozca que este, más que un producto institucional, lo es de una buena parte de la sociedad que se dispuso a contribuir, haciéndose parte desde su dolor en el caso de las víctimas, y desde su vergüenza o arrepentimiento en el caso de los responsables; de entidades de todo tipo, amigos, de la cooperación internacional, para que llegáramos algún día a ser la humanidad que estamos llamados a ser.

Esperamos que este esfuerzo histórico y colectivo no se pierda. Dependerá ahora de muchos y que cada uno desde su posición se pregunte por el lugar que puede ocupar en la construcción de una paz grande. Les dejamos este inmenso legado, en el que dejamos el corazón.