Este será un Mundial raro. Nefasto para muchos. El acoso asfixiante que la administración Trump está llevando a cabo contra el pueblo latino ha hecho de Estados Unidos, el gran anfitrión de esta Copa del Mundo, una tierra insospechadamente hostil para millones. Además, como nunca antes, los precios para acudir a la gran fiesta se han tornado vulgarmente excluyentes, como si el fútbol fuera un deporte para las élites, un divertimento aséptico y aristocrático que le da la espalda al fervor y a la pasión popular.
En lo futbolístico, la novedad de los 48 equipos, sin lugar a dudas, plagó el calendario de partidos que rozan lo irrelevante y hoy es obvio preguntarse hasta dónde la ambición comercial de la máxima competencia va a corromper su espíritu competitivo y deportivo. ¿Será este el punto de no retorno?
Y, sin embargo, acá estamos. Ansiosos. Felices. Expectantes. Leyendo sobre gestas históricas en blanco y negro, compartiendo goles de todas las épocas, comparando los equipos de ayer con los de hoy. Acá estamos, acá seguimos, acordándonos de Maradona, Beckenbauer, Rincón, Higuita, Iniesta, Matthäus, Cruyff, Zico, Zamorano y ese largo etcétera de las mejores monas de nuestros álbumes íntimos y personales en los que cabe la infancia, la adolescencia y la vejez.
Se vale, entonces, sin negar las trampas en las que la máxima competencia del fútbol ha caído, volvernos a ilusionar. Y por este verano, una vez más, apelar al fútbol como tregua y paracaídas de nuestras ansias e incertidumbres. Al fútbol como talismán de la nostalgia, pero también como puerta abierta hacia el misterio de lo que está por acontecer.
Será el último Mundial de Messi, Cristiano, y de James. Será el primero de varios apellidos que dominarán el planeta redondo durante la próxima década. La pelota sigue ahí, redonda, indiferente ante los delirios y caprichos de los poderosos. Ansiosa de ser tratada bien. Eso lo intentaremos.