
Marcelo Bielsa y la insoportable soledad de la locura
Marcelo Bielsa en su heladera. Mundial 2026. Créditos: Reuters
El estrepitoso fracaso de Marcelo Bielsa al mando de Uruguay en este Mundial dejó al desnudo las tensiones entre sus manías y obsesiones y los códigos del fútbol moderno. Como nunca antes, sentado encima de su heladera, se instauró la caricatura de su insoportable locura. Semblanza del último loco del banquillo.
Director de cine. Eso le hubiera gustado ser a Marcelo Bielsa de no haberse convertido en director técnico de fútbol hace más de cuarenta años. Se lo contó a Luis Vera, él sí cineasta, con quien habló cuando llegó a Santiago para dirigir a la Selección de Chile rumbo al Mundial del 2010. La conversación aparece registrada en la biografía The Quality of Madness. A Life of Marcelo Bielsa, de Tim Rich. En ese mismo libro otro director de cine, Javier Trueba, recuerda cuando Bielsa le contó de los paréntesis felices en su vida, cuando no entrenaba a ningún equipo y podía sentarse a disfrutar de ver dos películas todos los días.
Pero aquel camino, el del cine, que no fue para Bielsa, de todas formas lo transitó, a su manera, desde el principio de su carrera como entrenador. Aquella era una época tan lejana a la de hoy, en la que todas las personas graban videos y todo lo que ocurre se graba en video, que parecía una excentricidad — una locura— que Bielsa cargara con una cámara y un reproductor de VHS a donde quiera que viajara junto a los equipos que dirigía. Estaba convencido de que el juego se podía convertir en una obra que se diseña, se ensaya y se construye. Para eso, grabar cada sesión de entrenamiento y recopilar la mayor cantidad de material audiovisual posible sobre los equipos rivales, al mismo tiempo que construía un archivo de los suyos, era fundamental.

La palabra loco no tiene una raíz etimológica clara, rastreable. Es, como lo que define, algo que no pertenece a ningún lugar o, más bien, que pertenece a un lugar distinto, desconocido. Y de Bielsa, desde el principio, se supo que era un loco, alguien que no pertenece al lugar que ocupa. Aún así, encerrado en el mundo que se construyó, pensando en el fútbol a través de su extensa colección de videos y construyendo con ella lo aparentemente contradictorio — ordenar algo que en su naturaleza es caótico como el juego— fue campeón tres veces del campeonato argentino en la década del 90. Así llegó, recomendado personalmente por José Pekerman, a ser director técnico de la Selección Argentina en el Mundial de Corea y Japón en el 2002.
Aquel fue el primer Mundial en cuarenta años en el que Argentina salió eliminada en la primera ronda y para Bielsa fue el comienzo del descenso a la soledad de su locura. Fue también, quizás, la primera confirmación de que su visión, ese sistema de pensamiento en el que el juego se traduce en conceptos, esquemas y sistemas, debe convivir con la esencia incierta del mismo juego al que lo aplica. Las siguientes dos décadas serían la historia de alguien que sabe que no pertenece y, a pesar de ello, decide pertenecer.
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El juego, por un rato largo, encajó con su locura. Clasificó en el segundo puesto de las Eliminatorias Sudamericanas y le dio a la Selección de Chile su primera victoria luego de doce Mundiales sin ganar. Llevó al Athletic Club de Bilbao, un equipo con historia modesta en España, a ser finalista de la Europa League y dos veces de la Copa del Rey. Se convirtió en un símbolo andante de la tercera ciudad más grande del Reino Unido al ascender, luego de 16 años, con el Leeds United a la Premier League. El mundo del fútbol, reino construído sobre las únicas columnas de los resultados, parecía abrirle la puerta a él y a su locura, convirtiéndolo en una caricatura de señor extraño pero entrañable. Bielsa, en silencio, seguía encerrado en su mundo interno. Durante los partidos los jugadores están en la cancha; los suplentes y el cuerpo técnico, en el banquillo; Bielsa, solo, sentado en una nevera de icopor entre la cancha y el banquillo.

Sin embargo, nunca se rindió a la seducción de convertirse en personaje. Todas sus declaraciones públicas ocurren en ruedas de prensa para garantizar la comunicación horizontal, sin preferencias. En ellas, además, solamente se refiere a lo que concierne en relación al juego, sin detalles de su vida personal, anécdotas, vanidades. De lo que habla, eso sí, habla con esmero y dedicación. Sus palabras son las de un obseso que se arrojó a su obsesión. Durante el Mundial de Francia en 1998 escribió columnas en el diario El país, allí está reflejado su lenguaje preciso y construido en una sucesión de apuntes sobre cada partido. También asiste a los congresos técnicos en los que se reúnen él y sus colegas, para abrir las puertas de su pensamiento y exponerlo.
Es posible que la Copa América del 2024, en Estados Unidos, haya sido el único momento en el que Bielsa cayó en la seducción de los micrófonos y se atrevió a volcarse por fuera de lo que ocurre en el rectángulo del juego. Al borde de la desesperación, como el que en medio de las llamas grita “¡No ven que nos estamos incinerando!”, señaló a la organización y a los intereses detrás de ella, que con pasos de gigante se venían apropiando del fútbol.
Y entonces, el Mundial de 2026. Las gafas que se resbalan por el puente de la nariz, esa flecha en el rostro que apunta hacia abajo, en donde también está la mirada. Las manos que se esconden adentro de los bolsillos, afuera del cuadro de la imagen, en donde Bielsa, al contrario de todo el mundo que se reúne en la fiesta del mundo -el Mundial-, parece que quisiera estar. Afuera.

Afuera está hoy. Del Mundial y también de la Selección de Uruguay. Una vez más, el juego le estrelló sus puertas contra la nariz. Solamente que ahora, no como hace veinte años, también lo hacen todos los otros que sí pertenecen al juego: jugadores, hinchas, periodistas. Durante el torneo se filtraron rumores que sostenían la ruptura de la relación entre él y el grupo de futbolistas.
El tiempo ha pasado, y al mismo tiempo que Bielsa se acomodó dentro de su propia locura, los jugadores de fútbol viven en el tiempo de otro fútbol. Otro mundo. La capacidad de atención para sentarse por más de diez minutos a observar un un vídeo no existe. No hay tiempo.
El tiempo de Bielsa, el tiempo del cine, parece que no existe.
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