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James Rodríguez y Juan Fernando Quintero. Colombia vs. Congo, Mundial 2026.
James Rodríguez y Juan Fernando Quintero. Colombia vs. Congo, Mundial 2026. Créditos: Reuters
Deportes

De Freddy Rincón a James Rodríguez y Juan Fernando Quintero: la urgencia de un nuevo mito para la Selección

La Selección Colombia hizo lo debido y se clasificó con autoridad a la siguiente ronda del Mundial. Nuestro periodista Juan Francisco García fantasea, y suelta en el aire, que nos llegó la hora de un nuevo mito. De otro relato a la altura del 5-0, el gol de túnel de Rincón y la maravilla de James en 2014. ¡Es urgente y necesario!

Por: Juan Francisco García

Para recordar los 40 años del gol de Diego Armando Maradona contra Inglaterra en el Mundial del 86, Jorge Valdano escribió para El País de España que los pueblos no construyen sus mitos con criterios jurídicos sino emocionales. “Si no, Aquiles sería un asesino, Ulises un mentiroso y el Cid un mercenario”, argumenta en su columna el primer hombre en tocar el balón después del 'Gol del Siglo' de Maradona contra los ingleses. 

La tesis, aunque Valdano compara a Maradona con Ulises (lo vamos a perdonar), tiene sentido. Si repásanos los mitos futbolísticos que han moldeado a nuestro pueblo, se hace evidente la raíz emocional de los relatos que nos seguimos contando. 

“Sé hoy, doce años después, que Escobar no lo hizo a propósito. Sé ahora que él, precisamente él entre todos los jugadores, habría sido incapaz de vender un partido. Tendría que haber sabido esas dos verdades de a puño cuando vi la repetición del autogol que acababa de hacer en las pantallas gigantes del Rose Bowl. Y sin embargo yo, Pepe Calderón Tovar, que desde niño había logrado contener la desazón que produce la vida cada vez que puede, que cada noche lograba pensar 'mañana es otro día' a pesar de que cada día es el mismo, me envenené con mi propia ira (mi papá habría dicho 'me desaforé') hasta pensar 'eras el último que faltaba'. No blasfemé ni declaré 'vida hijueputa' al aire. No me moví ni manoteé porque tenía las axilas estrujadas para que el sudor no me siguiera rodando por los brazos. Apreté los ojos ante la imagen de ese error fatal como un miope que no alcanza a ver quién es esa persona que viene a lo lejos.

Oí que alguien me decía 'Pepe: a ese desgraciado lo van a matar'. Y que otro se afanaba a responderle 'no matan a nadie por eso'.

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Y de inmediato, convertido de un golpe en el hombre que tenía escondido dentro de mí desde que fui un niño arrimado, pensé 'pero alguien tendría que matarlo'".

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El autogol de muerte de Andrés Escobar en el 94. Créditos: Reuters. 

Le hace decir el escritor Ricardo Silva Romero a Pepe Tovar, el inolvidable y turbado locutor y protagonista de Autogol, la novela imprescindible para entender (con la emoción, con las vísceras en la mano) qué fue lo que pasó en las entrañas del Mundial del 94 en el que Pelé predijo que seríamos campeones. 

El odio que siente el narrador, y que le mete en el cuerpo el veneno de la venganza, es el odio con que en este país tramitamos las frustraciones “patrióticas”. Esa sevicia colectiva que sirve de gasolina para ensañarse con los caídos. El odio desmesurado, la sed de ajustar cuentas, que parecemos albergar en el estómago a la espera de que cualquier peregrino cometa un error lo suficientemente indignante como para que nos parezca legítimo darle cauce, dejarlo correr, acabar con todo. 

Por ende, el autogol de Andrés Escobar, que devino en su asesinato a la salida de una discoteca en Medellín, excede el ámbito del fútbol e invita a pensar la anatomía de aquel país narcotizado y dominado por los capos, en el que hacer un gol en el propio arco vistiendo la camiseta de la Selección Colombia fue sinónimo de tatuarse su propia cruz. El abono emocional para la mitología de un país tan violento y esquizofrénico como se puede ser. 

Nueve meses antes, en el Monumental de Núñez, el 5 de septiembre de 1993, se forjó el 5-0, nuestro gran mito fundacional. Ocurrió ante la mirada atónita y los aplausos del Ulises Argentino, también de Valdano, y luego del mundo entero. Volver a él, dos décadas después, nos remite a una anatomía muy distinta: la de un pueblo alegre y corajudo capaz de conjurar, en una misma danza, talento y grandeza, lucidez, velocidad, elegancia, solidaridad.

Todavía hoy, cuando uno repasa ese partido, es inevitable preguntarse: ¿qué es lo que estoy viendo?, ¿cómo fuimos capaces?, ¿de dónde emergió esa fluidez sin par y sin cálculo que borró de golpe nuestros complejos? Es imposible no emocionarse, habitar lo improbable; sacar pecho por ese juego exquisito al mando de ese número 10 con melena frondosa, paradigma del fútbol total, con la que se nos ha asociado desde entonces. 

El 19 de junio de 1990, en el Giuseppe Meazza, se había urdido ese otro mito, el de Freddy Rincón metiendo el balón por entre las piernas de Bodo Illgner con el tiempo cumplido y el corazón en la mano. De nuevo, repasar aquel partido, y en general los partidos de esa selección al mando del Maturana más trascendental, implica emocionarse con el espíritu profuso de ese equipo que se cuenta rimando: Coroncoro/ Chonto/ Valderrama/ La Gambeta/ Freddy/ El Bendito/ Estrada/ Higuita/ Leonel, Escobar y Barrabás. 

En entrevista con CAMBIO, el 'Bendito' Fajardo habló sobre el orgullo de hacer parte de una selección que luego, en Europa y el mundo entero, quisieron imitar. Ese equipo que vestía de rojo y que bailó al AC Milan de Arrigo Sachi, puso sobre la mesa una forma de juego que luego se reflejó en los equipos de Guardiola, considerados por muchos la gran cumbre a la que el fútbol puede llegar. En 1990, Colombia estuvo en su máximo histórico de homicidios. “Fue un gol que integró a un país que sufría mucho esa 'narcoguerra' que, ahí, el fútbol pudo atacar”, nos dijo Fajardo, que empezó la jugada de ese gol inmortal. 

La emoción del mito del 90 es la de un país que se resiste, con belleza y con brío, al ensordecedor destino de la guerra sin cuartel. La de un país que pasa sus muertos con fiesta. Con goles por debajo de las piernas. La de un país capaz de fantasear, cuando ya no queda aire, ni piernas, con un futuro en el que cabe la belleza.  

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El futuro por debajo de las piernas. Rincón a Bodo Illgner. Créditos: Reuters 

Más de dos décadas después, en el Maracaná (repleto y vestido todo de amarillo), cantó por última vez nuestro juglar. El partido, la gesta, el gol de James de bolea, están incrustados para siempre en la amígdala del sistema nervioso colombiano. Amantes y críticos del fútbol, incluso aquellos que lo desprecian por ser el circo insoportable (que también es), no pueden sino rendirse ante el paroxismo que ese gol desató. Y que todavía reverbera en la atmósfera y adquiere cuerpo y vida propia cada vez que empieza un Mundial. 

Esa emoción tiene un relieve semejante al de Rincón: nos vuelve a contar como un país de artesanos de lo improbable. Fue el mejor gol del Mundial, ganó el Premios Puskas de 2014, y le compró a James convertirse en el 10 del Real Madrid. La emoción de ese zurdazo en el aire, con el cuerpo inclinado, que quebró a la inquebrantable Uruguay, fue la semilla para que, por un par de años, hablar de Colombia, por encima de la sordidez de nuestra guerra interminable, remitiera al talento sin contornos de nuestro 10. ¿Se acuerdan que hinchas de todo el mundo intentaron bailar como los jugadores dirigidos por Pékerman en Brasil? ¿Se acuerdan de la simpatía que generó la Selección Colombia, por encima de cualquier otra de Sudamérica? 

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James y su gol Puskas que quebró a la inquebrantable Uruguay. Créditos: Reuters. 

¿Se acuerdan de la emoción de esa Copa del Mundo que en todos estos años no hemos vuelto a sentir?


Que recordar nos sirva para conjurar un nuevo mito. Para manifestar en el terreno de lo posible y de lo improbable que este verano, en estos días por venir, de la Selección Colombia brote una emoción nueva que vitalice nuestro relato. Y que sea contra un grande. ¿Argentina en cuartos de final? Que Valdano, junto a su Ulises y su nuevo semidiós, nos aplaudan de nuevo. Este país necesita eso de lo que solo el fútbol es capaz. 

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