
Oda a Dávinson Sánchez: para seguir soñando con lo inalcanzado
Dávinson Sánchez, la gran figura de la Selección Colombia. Créditos: Reuters
Ni Puerta, ni Arias, ni Luis Suárez: la gran figura de Colombia en este Mundial se llama Dávinson Sánchez. Semblanza de ese defensa central que este verano ha demostrado tenerlo todo.
Una de las más antiguas injusticias del fútbol es que, con mucha frecuencia, les mal paga los servicios a los defensores. Los flashes apuntan, hasta cegarlos, a los de siempre: Messi, James, Haaland, Mabppé, Kane, Cristiano, Lamine, Bellingham. Son esas fotos, las de los hombres que hacen goles, las que terminan como afiches en los cuartos de los niños y niñas de la Tierra. El fútbol se sostiene en el fetiche por el gol; en cuya ausencia, pregúntenle a Brasil, Alemania y Uruguay, se deprime la fiesta.
El fútbol se sostiene en el fetiche por el gol; en cuya ausencia, pregúntenle a Brasil, Alemania y Uruguay, se deprime la fiesta.
Así que es natural que el gol lo eclipse todo. Pero es injusto.
Lo es, con descaro, en casos como el de Davinson Sánchez en esta Copa del Mundo. Su descomunal rendimiento exige que la mirada, y los aplausos, y las reverencias, por este verano se vuelquen hacia atrás, hacia el cimiento del implacable trasegar de esta Selección Colombia.
Que solo hayamos recibido un gol en los cuatro partidos jugados es ya una estadística muy elocuente. Que Ghana, en los 100 minutos que duró el partido, no haya creado una sola opción real de gol, en unos octavos de final, es deslumbrante. Que nuestro mariscal nacido en Caloto nos haya sostenido cuando todo nos temblaba contra Uzbekistán, y luego de nuevo contra Congo, para terminar la función anulando a Cristiano Ronaldo, en marcaje personal en el área, en donde ha hecho 900 goles, es exquisito.
Y es que lo de Dávinson ha cumplido con todos los registros que se le exigen al dueño de la defensa: velocidad, anticipación, intuición, coraje en los duelos, temeridad, sangre caliente. Pero hay algo más. Un intangible. Esa aura con la que iban por la cancha Iván Ramiro Córdoba, Andrés Escobar, Mario Alberto Yepés. Esa elegancia que termina por imponerse sobre la aspereza inherente a su puesto. Esa gallardía para jugarse la piel sin dañar al rival ni venderle humo a la tribuna. Ese sabor para pedir el balón al pie, alzar la vista y buscar, y encontrar, a un amigo en tiempo preciso y el espacio correcto. La solidaridad para corregir sin señalar, para cubrir espaldas sin pasar facturas.
“El fútbol se arma de atrás para adelante”, dice un adagio tan viejo como el vino. Al menos por esta vez, con Sánchez, es tan cierto como que estamos en octavos de final. Sigámosle prendiendo una velita a Dávinson para seguir soñando con lo inalcanzado en una Copa del Mundo. En él empieza, y se sostiene, este fútbol exuberante y de potrero que nos tiene saltando en una pierna.
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