
Zaire vuelve al Mundial con otro nombre: Congo
Una crónica sobre un país que regresa al Mundial con otro nombre, otra bandera y las cicatrices de medio siglo a cuestas; sobre una selección que alguna vez fue Zaire, quedó atrapada en la memoria de un viejo tablero y hoy vuelve desde la diáspora, la enfermedad y la historia.
Hoy, cuando la República Democrática del Congo ha regresado a un Mundial después de 52 años y ha sorprendido a Portugal con un empate, sería justo reconocer a un territorio que no vuelve simplemente después de haberse marchado: vuelve después de cambiar de nombre, de régimen y casi de identidad histórica. Detrás de este regreso hay tantas historias que bien podría hablarse de un segundo nacimiento.
La selección no vive su primera experiencia mundialista, pero casi. En Alemania 1974 participó bajo el nombre de Zaire y dejó un saldo completamente negativo: tres partidos, tres derrotas, ningún gol a favor, 14 en contra y cero puntos. En medio de una dictadura, sus jugadores sufrieron además la mayor goleada y humillación de su historia deportiva: un 9-0 ante Yugoslavia, cuyo eco aún resuena en la memoria de los congoleños que tienen más de 60 años.
La historia y el fútbol casi siempre dan revanchas, y hoy Yoane Wissa, nacido en Francia pero hijo orgulloso de la diáspora, marcó ante Portugal el primer gol mundialista de la historia congoleña y le dio a su país su primer punto. Después de medio siglo, el contador dejó por fin de estar en cero y no parece que vaya a ser la única celebración en esta copa.
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Y sin embargo, mi primera referencia de esta selección y país no proviene del Mundial de 1974, que por mi edad no pude ver. Proviene de una vieja vitrina, en algún almacén del centro de Buenos Aires, a comienzos de los años ochenta. Allí, como quien espera ser descubierto, estaba exhibida la caja de un enigmático juego: T.E.G., sigla del Plan Táctico y Estratégico de la Guerra.

Ante su pedido, mi madre se lo compró a mi hermano sin que él tuviera referencia alguna, y esa misma noche, recuerdo, lo jugamos por primera vez en la habitación del hotel. Desconocíamos que se trataba de un juego argentino que terminaría siendo emblemático, aparecido en 1976, en uno de los periodos más oscuros de la historia de ese país.
Así, el T.E.G. nació cuando las calles argentinas comenzaban a llenarse de silencios y las casas se convertían, para muchos, en lugares de encierro o protección. Su creador, David Jiterman, ha recordado cómo aquel juego “terminó siendo una suerte de refugio” durante la dictadura cívico-militar: mientras afuera se perseguía, desaparecía y prohibía, alrededor de un tablero, una misión y fichas de colores, todavía era posible reunirse, negociar y resistir.
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Para mí, aquel juego dotado de reglas, estrategias y dinámicas propias fue también un refugio de amistad, testigo de noches, risas y complicidades que no vuelven más, y de preguntas memorables como “¿Dónde queda Kamchatka?”, territorio alejado que años después daría nombre y sentido a una premiada película argentina.
En el fútbol, como en la vida, es en los vínculos afectivos donde residen los recuerdos que se resisten al olvido.

En el extraño mapamundi de aquel juego argentino aparecía Zaire. Para el niño que fui, apenas un aprendiz de estrategias, no era un territorio cualquiera: limitaba con Sahara, Etiopía y Sudáfrica, y poseía una improbable conexión marítima con Madagascar. Uno podía acumular allí ejércitos, atacar, reagruparse, proteger una frontera o convertirlo en una pieza decisiva para dominar África y entrar por Egipto a Asia o Europa.
Tiempo después conocimos que Zaire no era una invención arbitraria de aquel tablero. Se trataba del nombre que el infame dictador Mobutu Sese Seko había impuesto al antiguo Congo en 1971, dentro de su política de autenticidad africana. Cuando Mobutu fue derrocado en 1997, Zaire desapareció de los mapas oficiales y recuperó el nombre de República Democrática del Congo. Hoy, ya mayor, siento que aquel territorio remoto nunca desapareció del recuerdo de victorias decididas cuando dos tríos de dados se agitaban en las manos y luego se entregaban al azar.
Tal vez por eso aquella historia del Mundial de 1974, nuevamente viral en redes, ya no me resulta cómica sino trágica y conmovedora. Zaire jugaba su último partido contra Brasil, que ganaba 3-0. A pocos minutos del final, Rivelino se disponía a cobrar con su zurda extraordinaria un tiro libre cerca del área, pero antes de la autorización del árbitro, el defensor Mwepu Ilunga salió corriendo desde la barrera y pateó el balón como si fuera jugador de fútbol americano.
Durante años, la escena se mostró como prueba de que aquel “pobre” jugador africano desconocía las reglas. Era una explicación simplista y condescendiente: Ilunga era un futbolista experimentado. Detrás de aquel puntapié había una selección humillada, premios incumplidos y un régimen que utilizaba el fútbol como propaganda. Tras el 9-0 ante Yugoslavia, los jugadores habrían sido advertidos de que otra derrota por cuatro goles o más traería graves represalias y podría impedirles regresar a sus hogares.
Ilunga no corrió porque ignorara las reglas, sino para romper el ritmo, protestar o impedir que el cuarto gol cruzara una frontera mucho más peligrosa que la línea de su meta. Brasil no volvió a marcar. Aquel extraño despeje puede leerse hoy como un acto desesperado de supervivencia.
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Medio siglo después, la República Democrática del Congo regresó a otro Mundial, pero ni siquiera pudo despedir a sus jugadores en Kinshasa. Un nuevo brote de ébola obligó a cancelar la concentración, los entrenamientos abiertos y los actos con los aficionados. Para entrar a Estados Unidos, la selección, integrada casi por completo por futbolistas que actúan en Europa, tuvo que reunirse en Bélgica y mantenerse lejos de su país durante el periodo sanitario exigido.
Muchos hinchas tampoco pudieron acompañarla. Las restricciones estadounidenses afectaron a quienes hubieran estado recientemente en la República Democrática del Congo, no porque todo congoleño fuera portador del virus, sino por medidas preventivas ante un brote grave que ya había causado más de un centenar de muertes. La selección regresaba al Mundial, pero buena parte de su afición tendría que contemplarla desde lejos y sin fiesta de despedida.

Quizás la selección congoleña sea también consecuencia de esa distancia. Muchos de sus jugadores nacieron o crecieron en Francia, Bélgica o Inglaterra; otros hijos de la migración eligieron representar a selecciones europeas. El Congo ha extendido así sus ejércitos futbolísticos por el mapa, como en aquellas noches de T.E.G. en que las fichas avanzaban desde Zaire hacia territorios remotos.
En su debut no venció a Portugal, una de las antiguas potencias coloniales y esclavistas de África, pero resistió. Marcó su primer gol. Consiguió su primer punto. Y recordó que, en ciertos juegos y en ciertas historias, resistir y reagrupar fuerzas también puede ser una forma de victoria.

Para algunos, Zaire puede ser apenas el nombre de una dictadura desaparecida en 1997; el de un territorio que padeció uno de los procesos coloniales más violentos de un continente tantas veces olvidado, dividido con regla y escuadra; o el de la selección que en 1974 se convirtió en la primera del África subsahariana en jugar un Mundial. Para mí, de alguna manera, seguirá siendo aquel territorio remoto donde aprendíamos a reagrupar fuerzas, defender fronteras y buscar refugio cuando todo alrededor parecía incierto.
El país cambió de nombre y salió de los atlas, pero su antigua identidad quedó allí, inmóvil entre cartones y pequeños ejércitos de plástico: un territorio borrado por la historia que, durante todos estos años, continuó esperando su turno sobre el tablero.
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