
La Pelota de Trapo: nueve historias que cuentan cómo el fútbol puede más que la violencia
Para celebrar sus 20 años de existencia en los que ha transformado más de 120 mil vidas a través del arte y del deporte, la Fundación Tiempo de Juego sacó una nueva edición de la Pelota de Trapo, el libro de crónicas que confirma que el fútbol puede más que la violencia. CAMBIO comparte el prólogo que escribió su director, Andrés Wiesner, en el que confirma el férreo compromiso de la fundación para seguir apostándole a la construcción de paz en Colombia.
Por: Andrés Wiesner
Hace diez años, Colombia firmó la promesa —todavía frágil, todavía incompleta— de dejar atrás más de medio siglo de guerra. Fue un gesto histórico, pero también profundamente humano: el intento de imaginar un país en paz.
Desde la Fundación Tiempo de Juego lo vivimos con una mezcla de asombro y esperanza. Creímos —y seguimos creyendo— que podíamos aportar a ese anhelo común desde un escenario aparentemente simple: una cancha, un balón, un grupo de niños corriendo detrás de un sueño.
Pero nunca fue una ilusión ingenua. Hasta me atrevo a decir que tampoco utópica. Sabíamos que la paz no se firma únicamente en los acuerdos, sino que se construye en lo cotidiano: en los gestos mínimos, en las decisiones invisibles, en los espacios donde las diferencias no desaparecen, pero aprenden a convivir. Sabíamos también que, si queríamos que el posconflicto no heredara la misma violencia que intentaba superar, era necesario que muchos —desde distintas orillas— asumiéramos la tarea de tejer país.

Para entonces, llevábamos diez años con la pelota rodando en Cazucá, en ese borde difuso entre Bogotá y Soacha donde tantas historias comienzan cuesta arriba. Allí vimos algo que no aparece en las estadísticas: niños, niñas y jóvenes que mientras jugaban fútbol empezaban a nombrar sus derechos, a reconocerse, a imaginar futuros en los que la guerra ya no era destino sino pasado posible.
Con esa certeza —más intuitiva que teórica— decidimos llevar el juego a otros territorios heridos. Y fue entonces, en medio de la esperanza que trajo el posacuerdo, cuando las historias comenzaron a encontrarnos.
Historias que no parecían extraordinarias, pero lo eran. Historias donde un balón de fútbol no solo rodaba: abría caminos, interrumpía silencios, permitía encuentros que en otros escenarios habrían sido impensables. Historias que nos obligaron a detenernos, a escuchar, a entender que algo profundo estaba ocurriendo.
Así nació el libro La pelota de trapo. Y para contarlo, quisimos que fueran otros quienes pusieran las palabras y no los mismos locos que nos la pasamos profesando que mientras quede el fútbol quedan esperanzas. Convocamos a periodistas, escritores y fotógrafos con amplia trayectoria para que caminaran los territorios, escucharan las voces y narraran con precisión las historias.
Héctor Abad Faciolince, poco amante del fútbol, viajó a Ituango y encontró en Bibiana y Evely una forma de resistencia: dos niñas de 15 años que, a través del juego, aprendían a esquivar la violencia como quien dribla en una cancha de tierra. José Navia viajó a su querida y conocida Cauca y siguió el rastro de Juan Carlos Castro, un hombre marcado por la guerra que tras participar en dolorosas masacres intentaba —desde el gesto humilde de enseñar fútbol a otros niños para que no repitieran su historia— reconstruir algo de lo que había roto.
Fernando Quiroz narró cómo en Macayepo, entre los pliegues de la memoria y el olvido, un torneo logró lo que muchos discursos no habían conseguido: devolverle a una comunidad el derecho a ser nombrada como víctima y no más como victimaria. Estefanía Carvajal encontró, en medio de la rivalidad de las barras, un lenguaje común que no gritaba contra el otro, sino con el otro, gracias a un proyecto musical apoyado por USAID, un cooperante a quien aprovecho por reconocerle todo su aporte en la reconstrucción del tejido social en Colombia.
Desde Timbiquí, Germán Izquierdo escribió sobre Jasmín, una niña que creció cocinando y lavando la ropa a la guerrilla en las minas de oro y que descubrió, en el golpe seco de un balón, una forma de silencio distinto: el que permite volver a empezar. Patricia Nieto fue testigo de encuentros improbables en La Tebaida, donde el tercer tiempo dejó de ser una pausa del juego para convertirse en un espacio de palabra, de escucha y de perdón para desmovilizados y soldados que llegaban a la tierra de sus víctimas.

Y bajo las noches densas de Quibdó, el escritor argentino Pedro Noli iluminó la historia de Richard, uno entre miles: hombres y mujeres que, sin cámaras ni titulares, sostienen cada día la posibilidad de que un niño elija la cancha y no la guerra.
Diez años después, sería ingenuo hablar de victoria.
Muchos de esos territorios siguen habitados por la incertidumbre. La violencia no ha desaparecido; apenas ha cambiado de forma. Juan Carlos Castro murió sin lograr reconciliarse consigo mismo. En Villa España, el barrio de Richard, las familias desplazadas siguen llegando con la misma urgencia de siempre. Y él continúa, terco y paciente, soñando con que ese pedazo de tierra se convierta en algo más que un peladero.
Pero hay otras historias que insisten.
Jasmín creció. Se graduó. Volvió a su territorio y fundó una escuela donde el fútbol ya no es solo juego, sino también una conversación sobre género, identidad y dignidad. Como ella, miles de jóvenes siguen demostrando que este partido no está perdido.
Con el tiempo entendimos algo esencial: la guerra no ocurre únicamente en los lugares donde se dispara. También habita las ciudades, los silencios, las desigualdades que se repiten. Y allí, también, se juega la paz.
Por eso el fútbol —con su aparente sencillez— sigue siendo una herramienta radical: porque obliga a mirarse, a reconocerse, a compartir un espacio y unas reglas. Porque, incluso en medio de la diferencia, propone una forma de estar juntos.
De esa certeza nace La pelota de trapo vuelve a rodar. No como una celebración ingenua, sino como un acto de persistencia. Como un mensaje de que sí es posible. Este libro reúne las voces de entonces y suma nuevas historias, nuevos aprendizajes, nuevas preguntas.
Hoy, Tiempo de Juego cumple veinte años. Más de 120.000 jóvenes han pasado por nuestras canchas. No ha sido un camino recto. Las guerras globales que afectan la cooperación, la polarización política que no da tregua y otros factores nos obligó a reinventarnos, a buscar nuevas formas de trabajar con convicción, buscar nuevas formas de jugar. A mirar por el espejo retrovisor y entender que de lo que hacemos realmente tiene impacto.
Y aquí seguimos. Llevando nuestra metodología a decenas de municipios. Entrando en espacios complejos como el Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente, donde el juego se convierte en una oportunidad para rehacer trayectorias. Donde hemos confirmado que la guerra contra las drogas se ha perdido, sobre todo, por la forma como la estamos jugando. Con Dairon Herrera como protagonista, quien ha jugado adentro y afuera, sumamos nuevas voces, como la del periodista Juan Francisco García y el fotógrafo Fabio Cuttica quienes nos ayudan a ampliar y tensionar esta conversación.
También entendimos que este no es un esfuerzo solitario. Que la empresa privada, la cooperación, las comunidades y los territorios hacen parte del mismo equipo. Experiencias como las desarrolladas junto a Ladrillera Santafé lo confirman: la cancha puede extenderse más allá de sus límites físicos y desde la voz de Jose Monsalve y el lente de Cristian Rojas, conoceremos a la Linda Caicedo de Soacha.
Con prólogo de John Carlin, aquel periodista inglés que acompañó a Mandela en su lucha de utilizar el rugby para combatir el apartheid y cómplice de esta cruzada que se sirve del fútbol para transformar el mundo, este libro está hecho de historias. Pero, sobre todo, está hecho de personas. De quienes jugaron, de quienes resistieron, de quienes se quedaron cuando lo más fácil era pedir el cambio.
A ellos —a ellas— les debemos esta convicción: que la paz no es perfecta, pero es posible. Que no siempre es visible, pero existe. Y que, muchas veces, empieza con algo tan sencillo como pasarse un balón.
Este partido se sigue jugando. Y si algo nos han enseñado estos 20 años, es que vale la pena jugarlo hasta el final.
Cómo ser parte del poder transformador del fútbol y del arte
El lanzamiento de la Pelota de Trapo será el próximo 19 de junio en Ciudad de México, en la Av. Homero 664, Polanco. En este link pueden inscribirse. Además, el 25 de junio, en Miami, tendrá lugar una exposición gestada por Tiempo de Juego y una experiencia con el libro como protagonista. Acá pueden inscribirse.
En este link pueden comprar La Pelota de Trapo, con las 9 crónicas que prueban que el fútbol puede más que la violencia.
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