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Néstor Lorenzo y James Rodríguez, de nuevo el faro de su planteamiento. Créditos: Reuters
Néstor Lorenzo y James Rodríguez, de nuevo el faro de su planteamiento. Créditos: Reuters
Deportes

Morir con la nuestra: la apuesta de Lorenzo de jugar bien y con James como faro

Cuando las papas más caliente estaban y la Selección Colombia estaba llena de dudas, Néstor Lorenzo optó por redoblar la apuesta y devolvernos la identidad, el juego con el balón como faro: actualizar la nostalgia.

Por: Juan Francisco García

Después del partido de Colombia contra Portugal, Néstor Lorenzo dijo en la conferencia de prensa que el idilio que se ha vuelto a dar entre los hinchas colombianos y la selección nacional se explica porque el equipo que dirige juega bien al fútbol. “La ilusión de la gente no sería la misma si Colombia nunca pateara al arco”, apuntó. 

La declaración no es anecdótica y, por el contrario, explica muy bien cómo pasamos de tener un equipo dominado por las dudas a una selección que hoy es admirada por todos. Pateando al arco, claro, pero haciéndolo con el balón como guía y como imán de la urdimbre colectiva. Resistiéndose a ceder ante el imperio del fútbol atlético y en exceso vertiginoso que hoy es la norma. Apostando por desoír el ruido de afuera y confiar, en cambio, en los latidos del corazón de nuestro fútbol. 

Metiendo las manos al fuego, a contracorriente de los datos, el periodismo (me incluyo) y las recomendaciones científicas, por James Rodríguez, el jugador que él vio debutar en la selección cuando era asistente de José Pékerman y que, ahora bajo su mando, le quitó a Valderrama el récord de más partidos en copas del mundo. 

Por eso hoy vamos por la calle con la ilusión a flor de piel, porque Lorenzo ha sido obstinado y valiente para morir con la suya. Incluso después de los dos años de extravío y confusión que le siguieron a la triste final de la Copa América de 2024, para este Mundial, su última fiesta con la tricolor, decidió no tomar atajos y colorear la pizarra. 

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La Selección Colombia ha ganada la posesión y el dominio en todos los partidos de esta Copa del Mundo. Créditos: Reuters

Bien hubiera podido optar por un equipo reactivo, pragmático, de esos que se agazapan, especulan y tiran una moneda al aire para hacer su negocio en el contragolpe. Bien hubiera podido bajar el perfil, ceder la pelota, invitar a que el rival sea el que pone el tempo, la ambición y las ideas: lo más difícil en este juego. 

Pero no. Lorenzo redobló la apuesta. Mantuvo a James, a quien, con Puerta como escudero, le dio aún más libertad creativa. Volvió a apostar por John Arias, exquisito con el balón, pero sin la explosividad de los extremos que hoy valen cientos de millones. Y le subió el pulgar a Suárez, delantero de talante asociativo, como única punta. Apostó, en fin, por honrar el legado de nuestro fútbol cuando más alto ha llegado (ese que han caricaturizado como mucho tilín tilín y poco de paletas). 

Y esa apuesta, salpimentada con pasión, amor propio y coraje de cada uno de los que han saltado a la cancha, nos tiene así. Ilusionados. Con ganas de más. Moviendo de un lado al otro la cabeza, siguiendo el compás del balón de este equipo que ya probó que es capaz de someter a selecciones con Vitinha, Neves y Ronaldo. Que sigamos muriendo con la nuestra, señor Lorenzo. 
 

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