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Medio ambiente

La maldición del rey Midas

A la par de que las exportaciones y producción de oro crecen en el país, su tráfico ilegal y de mercurio aumenta. Una de las regiones más afectadas es la Amazonía.

A Midas, un monarca de la antigua Grecia se le concedió un deseo por haber atendido muy bien a un amigo del dios Dionisio. El avaro rey, a pesar de las advertencias, pidió tener el poder de convertir todo en oro con solo tocarlo. Se imaginó una vida llena de alegrías y fortunas. Pero la desgracia pronto vino, no podía pasar bocado porque todos los alimentos se convertían en oro. Sobre el final del mito hay varias versiones, en una de ellas, la más optimista, Midas se liberó del hechizo al bañarse en un río, en otra, la pesimista, él muere de hambre.

Este mito ha sido utilizado para aleccionar a las personas sobre las consecuencias de la avaricia, pero recientemente para mostrar las tragedias que han sufrido países productores de oro, en especial los del llamado tercer mundo. Y Colombia no es la excepción. El país vive una bonanza aurífera, pero a la vez enfrenta un grave problema de explotación ilegal de oro que no ha podido contener y que amenaza con acabar ecosistemas y con la vida de comunidades enteras. En la mira están la Amazonía y sus ríos y los pueblos indígenas que allí viven. Y si bien, el sector minero hace un llamado a no estigmatizar esta actividad extractiva, lo cierto es que el país produce más oro de manera ilegal con sus respectivos daños ambientales.

La bonanza aurífera en Colombia comenzó en la década pasada por cuenta de los altos precios internacionales del metal precioso y por el aumento de la producción en el país. Entre 2005 y 2021 la onza pasó de cerca de 500 dólares a 1.800 dólares y durante lo corrido de 2022 ha tenido picos superiores a 2.000 dólares. Entre tanto, según datos del Sistema de Información Minero Colombiano, el país ha tenido dos booms de producción de oro: uno entre 2011 y 2016 cuando pasó de producir 1,7 millones de onzas troy a 2 millones de onzas troy y otro, que comenzó el año pasado con los 2,5 millones de onzas troy extraídas del suelo y los ríos colombianos.

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