13 Abril 2022

Psicoanálisis al libro de Gustavo Petro

Crédito: Wil Huertas

Las memorias de Gustavo Petro, 'Una Vida, Muchas Vidas' son fundamentales para entender quién es el candidato del Pacto Histórico y cómo sería su presidencia.

Por Alejandro Lloreda

Bertolt Brecht, el gran poeta alemán, escribió un poema sobre el rol de los hombres en la historia titulado “Preguntas de un obrero que lee":

El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse su flota.¿No lloró nadie más?
Federico II ganó la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la ganó, además?
Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién paga sus gastos?
Una pregunta para cada historia.

El obrero de Brecht se podría hacer la misma pregunta después de leer las memorias de Petro, en las que relata su vida y sus luchas. Todo eso, y ¿él solo?

La clave para entender a Petro, más allá de su ideología progresista, o su experiencia en el M-19, el Senado o la Alcaldía de Bogotá, es su inmenso egoísmo. En algún momento alcanzó a compararse con Moisés en un trino que decía: “Y había un pueblo que decidió escapar de la esclavitud de la desigualdad y la violencia de cinco siglos y huyó del faraón hacia la libertad y quedó entre el mar y el gran faraón que venía atrás cortando cabezas y decidió partir las aguas. Eran las aguas de la historia”.

La RAE define el egoísmo como el “inmoderado y excesivo amor a sí mismo”. Todos los políticos tienen un ego mayor al del común de los mortales. Incluso, un toque de egoísmo es quizás necesario para triunfar en la política. Vargas Llosa escribió, en sus memorias de su fracasada campaña presidencial en el Perú que “quien no es capaz de sentir esa atracción obsesiva, casi física, por el poder, difícilmente llega a ser un político exitoso”. ¿Pero compararse con Moisés? Caramba, toca reconocer que Petro se tiene confianza.

Por esa misma razón vale la pena leer las memorias de Petro, ya que revelan cómo Petro se ve a sí mismo. Una Vida, Muchas Vidas no es, por supuesto, ni pretende ser, una biografía crítica, ni siquiera una biografía autorizada como podría ser una escrita por Gustavo Bolívar o Hollman Morris. De hecho, el libro nace de unas conversaciones con Hollman Morris en medio de la pandemia, pero después de una breve presentación, no lo vuelve a mencionar. Petro, como se han dado cuenta varios de sus colaboradores, es como el Dios del antiguo testamento: celoso, iracundo y exige devoción absoluta.

La comparación con Moisés pudo haber sido hecha a la ligera, en un momento de efervescencia, pero Petro la repitió en un intercambio tuitero con Álex Char hace un par de meses. Cuando Char le reclamó que “Petro solo viene al Caribe por nuestros votos”, Petro respondió “he venido al Caribe a liberar a un pueblo.” Moisés, recordemos, es el profeta redentor por excelencia, que rescató al pueblo judío de la esclavitud a los que habían sido sometidos por el faraón egipcio.

El tema de la redención es interesante porque acerca a Petro a ser un caso de estudio, lo que los gringos llamarían un ‘textboook case’, de lo que Enrique Krauze, el historiador mexicano, ha llamado los redentores de América Latina. “Dejé de sentirme como un individuo, los vientos de las gentes me llevaban de un lugar a otro, me hacían un gigante,” escribe Petro en su libro, “era una energía popular que se ha decidido, que veía en mí el instrumento para cambiar la historia del país”.

En su libro Redentores: ideas y poder en América Latina, Krauze escribe que el dilema central de América Latina ha sido entre redención o democracia. El anhelo del pueblo por un redentor, encarnado en el caudillo, tiene raíces religiosas: “el trasfondo religioso de la cultura católica ha permeado siempre la realidad política de la región”. Pero el historiador mexicano reconoce que también tiene razones económicas: “mientras haya pueblos sumidos en la pobreza y en la desigualdad, aparecerán redentores que sueñen con encabezarlos y liberarlos".

Sobra decir que los caudillos redentores no son exclusivamente de izquierda. Álvaro Uribe, por ejemplo, también seguramente se vería como un redentor por su rol liberando al país de las Farc. Un toque de mesianismo, como el egoísmo, puede ser atractivo en un político en campaña. Transmite seguridad, convicción y mística. Un líder, como Petro o Uribe, que crea que está respondiendo a un designio del destino, va a emocionar más que un tecnócrata que recite cifras y estadísticas.

Pero los redentores no juegan en equipo. Un hombre que viene a liberar a un pueblo no tiene tiempo para consultar a sus colegas: Moisés no convocó un comité antes de cruzar el mar rojo. Inevitablemente un redentor desarrollará un talante autoritario. Basta con recordar la carta de renuncia de Daniel García-Peña de su cargo en la Alcaldía de Bogotá en que le dijo a Petro que “en la política, las formas son de fondo. No basta con tener los principios correctos ni la razón científica. Un déspota de izquierda, por ser de izquierda, no deja de ser déspota.”

***

En el libro, Petro cuenta la historia de su familia, dividida, geográfica y emocionalmente, entre el Caribe y el interior. Parte de su familia venía de Córdoba, y nació en Ciénaga de Oro, pero Petro pasó su juventud en Zipaquirá, donde estudió en la misma escuela que García Márquez. Muy joven decidió entrar a la guerrilla, y explica que nunca le llamó la atención la ortodoxia y la disciplina del Partido Comunista, pero se inclinó por el Eme que era más caribe, más autóctono, más desordenado: el sancocho nacional de Jaime Bateman.

El M-19 era de izquierda, por supuesto, pero no particularmente doctrinario. Petro lo reconoce, y dice que “la organización, sus estatutos y su articulación existían alrededor de una plataforma democrática que podríamos llamar socialdemócrata, y que otros teóricos podrían llamar populismo, pues en realidad el populismo latinoamericano es la misma socialdemocracia europea”.

Esa equivalencia entre el populismo y la socialdemocracia es interesante. Difícilmente un socialdemócrata sueco se vería reflejado en el populismo latinoamericano. Pero la defensa del populismo habla leguas de cómo Petro concibe la política. Su proyecto político es ideológicamente flexible, priman las personalidades.

En su relato de sus años como guerrillero, Petro cuenta que siempre estuvo alejado del ala militarista del M-19. Una cosa era la guerrilla urbana, en la que él militaba, y otra cosa la guerra en el monte. Cuenta con humor que casi se desmaya después de una larga caminata en el monte cuando le salió una ampolla en el pie. Lo suyo eran las tomas de reuniones obreras en Zipaquirá, para lanzar consignas encapuchado: el trabajo de masas, del barrio popular Bolívar 83, organizar reuniones, dar discursos. En fin, la política.

Incluso lo expulsaron del M-19 en 1982 por no hacer “sonar los disparos en Zipaquirá”. Cuenta que “nos reunieron y nos dijeron que estábamos por fuera… estaban era en la conformación de un ejército militar en los campos, mientras que nosotros nos encontrábamos en la insurrección popular”. Petro era un mando medio en el M-19. Nunca conoció a Bateman, quien murió en un accidente aéreo en Panamá antes de que pudiera conocerlo. Estaba en la cárcel durante la toma del Palacio de Justicia.

Aunque no fue constituyente, Petro siente la Constitución del 91 como propia, como la culminación de su lucha en el M-19. “Fue un logro hermoso,” escribe, “en términos históricos: el final de nuestra insurgencia desembocaría en una constituyente. Después de tantos años de lucha en el monte, el pueblo colombiano, a través del voto, podría ser el encargado de determinar el resultado de nuestra lucha y de la transformación del país”. Este sentimiento es quizás lo que evite que se siga el trillado guion, ese sí del populismo latinoamericano y no de la socialdemocracia europea, de convocar una constituyente para perpetuarse en el poder.

Hacia el final del libro, Petro hace varias reflexiones curiosas sobre economía. Para poner un ejemplo, relata que aprovechó el encierro de la pandemia para releer El Capital de Marx. “Marx, de seguro, no se imaginó el nivel tecnológico al que hemos llegado. Pero así ha sucedido y hoy muchas cosas podrían valer casi cero; existe una abundancia general. La única manera como el capital logra ponerles precios a las cosas es con las marcas. Actualmente, por ejemplo, a través de una máquina casi automática, se pueden producir camisetas para toda la humanidad”.

Es una visión de la economía bastante excéntrica. Asume que hay una situación de abundancia general, con máquinas ‘casi automáticas’ que producen bienes ‘casi’ gratis. De ahí se desprende que, si las cosas son casi gratis, se pueden - ¿o se deben? - regalar. Las implicaciones están en que la política consistiría no en administrar recursos escasos sino en distribuir bienes gratuitos. Todas las discusiones difíciles sobre competitividad y productividad salen por la ventana.

Petro es indudablemente inteligente, bien leído, y le gusta el debate intelectual. En sus discursos aborda temas abstractos de teoría económica o historia social que no son los del común de los políticos. No se le escurre a los temas grandes, al contrario, con frecuencia habla de nada menos que del futuro de la humanidad. “Si queremos mantener la especie humana,” escribe en el libro, “es necesario superar el capital”.

Pero se enfrasca en discusiones teóricas, poco prácticas. Le gusta echar globos, como el tren elevado entre Buenaventura y Barranquilla, sin pensarlos a fondo. Quizás se deja llevar por sus habilidades retóricas, pero la retórica puede ser un arma de doble filo. Es posible pensar que, de llegar a ganar, así sería su presidencia: mucha teoría, mucho discurso y poca ejecución. Petro entiende la importancia de la palabra y de la narrativa como pocos políticos. Solo por eso, Una Vida, Mucha Vidas es un libro que vale la pena leer.