20 Diciembre 2022

Rebelión de derecha en Silicon Valley

Los magnates tecnológicos republicanos quieren cambiar el mapa político en Estados Unidos en favor del racismo, la xenofobia y el neoliberalismo sin límites.

Por: Álvaro Montes

Elon Musk
Elon Musk. Foto: Colprensa.

 

 

 

 

 

 

 

Por Álvaro Montes

Ante la imposibilidad de construir redes sociales propias (como intentó Donald Trump con su fracasada Truth Social) la derecha racista norteamericana decidió comprar una de las ya existentes. Luego de siete semanas de Elon Musk al mando de Twitter se hace claro el propósito de la llegada del multimillonario.

Los ingenuos admiradores de Musk, que creían que defender la libertad en las redes sociales es lo mismo que defender la libertad en general, vieron rápidamente caer la imagen que tenían de su héroe: Musk trajo de regreso a Twitter a los supremacistas blancos que reivindican los tiempos del Ku Klux Klan, a las facciones fanáticas de extrema derecha que promovieron el asalto a la Casa Blanca en 2021, y logró lo que parecía imposible: hacer de Twitter un lugar peor de lo que ya era, y una amenaza más grave a las democracias en el mundo. Un par de datos reportados por el Centro contra el Odio Digital son suficientes para entender la magnitud del problema. Había en promedio 1.282 trinos racistas diarios en Twitter –solo en Estados Unidos– antes de la llegada de Musk. Una vez que Elon se hizo dueño, la media de trinos racistas subió a 3.876 cada día. Los mensajes contra la población LGTBI saltaron de 2.506 al día antes de Musk, a 3.964 diarios en la actualidad.

Es natural que ideologías de extrema derecha quieran gobernar Silicon Valley, cuna de una versión del capitalismo especialmente brillante en la acumulación de riqueza y absolutamente desinteresada en su distribución equitativa en beneficio del conjunto de la sociedad.

En un solo día de la semana pasada, por ejemplo, Musk disolvió el consejo de Twitter que asesoraba sobre moderación de contenidos y control de los trinos de odio. Era un grupo de expertos independientes que daba línea a los anteriores propietarios acerca de cómo enfrentar el grave problema de las noticias falsas, la polarización y el matoneo contra mujeres, judíos, musulmanes, africanos e izquierdistas en la red social. Después cerró las cuentas de ocho prestantes periodistas de The New York Times, CNN y The Washington Post que han sido críticos con él y prohibió cualquier enlace y referencia a otras redes en los trinos de Twitter, todo en cuestión de horas, antes de tomar un avión a Catar, en donde vio la final del Mundial en palco privado, junto a su amigo Jared Kushner, el yerno de Donald Trump.

"Elon Musk y sus aliados están construyendo un nuevo ecosistema de medios antiizquierdistas casi de la noche a la mañana", escribió el prestigioso medio digital Axios en un análisis de los cambios que ocurren por estos días. Un informe en The Washington Post reveló que los jefes republicanos ganaron decenas de miles de nuevos seguidores en las primeras semanas del reinado de Musk, mientras que cayó el número de seguidores de Elizabeth Warren, Bernie Sanders y otras voces demócratas destacadas. Datos concretos: según el diario, Elizabeth Warren perdió 100.000 seguidores, mientras que Marjorie Taylor Greene ganó 300.000. Hay un éxodo de usuarios progresistas y un arribo masivo de conservadores, en un cambio demográfico drástico en Twitter, al menos en Estados Unidos.

El periodismo tecnológico norteamericano ha desempeñado un papel relevante en destapar la cara oculta de Silicon Valley, el reino de negocios brillantes que no sirven para nada, más que para hacer megamillonarios a sus creadores.

La toma de Twitter por la extrema derecha republicana no es un caso aislado. En realidad, hay un esfuerzo republicano por hacerse sentir en Silicon Valley, liderado por magnates tecnológicos como Peter Thiel, Elon Musk y Larry Ellison, quienes se oponen a la política antimonopolios del gobierno de Joe Biden. Es natural que ideologías de extrema derecha quieran gobernar Silicon Valley, cuna de una versión del capitalismo especialmente brillante en la acumulación de riqueza y absolutamente desinteresada en su distribución equitativa en beneficio del conjunto de la sociedad. En San Francisco, en donde florecieron algunas de las más asombrosas fortunas de la historia gracias a los emprendimientos tecnológicos, masas de pobladores se empobrecen como nunca en Estados Unidos. Muchos de los gurúes más emblemáticos, genios en la ingeniería del silicio, sienten que no debería existir un Estado que les cobre impuestos porque esto pone freno a la innovación, y cualquier tendencia ideológica que defienda el neoliberalismo exacerbado les resulta muy oportuna.

Los líderes de estas tendencias sintieron hace mucho que necesitan un espacio "libre" en el social media, y ante la imposibilidad de jugar su partido en las redes de los demás, quisieron construir sus plataformas propias, como Parler, que se parece a esos colegios en donde reciben a todos los estudiantes expulsados de otros colegios por mala conducta; Allí abrieron cuentas en las que pueden decir lo que quieran acosadores de mujeres como Milo Yiannopolis; fundadores de grupos neofascistas como Gavin McInnes, vicepresidente del temible movimiento Proud Boys; xenófobos perseguidores de musulmanes, como Laura Loomer, todos ellos expulsados de Facebook, Twitter y Youtube. Parler no prosperó porque Amazon, Google y Apple la expulsaron de sus tiendas de aplicaciones cuando se supo que los asaltantes del Capitolio utilizaron esta red social para coordinar la asonada.

Muchos de los gurúes más emblemáticos, genios en la ingeniería del silicio, sienten que no debería existir un Estado que les cobre impuestos porque esto pone freno a la innovación, y cualquier tendencia ideológica que defienda el neoliberalismo exacerbado les resulta muy oportuna.

Desde que la prensa especializada en tecnología y negocios en Estados Unidos y las bancadas demócratas del Congreso pusieron sus ojos sobre el poder excesivo de las grandes tecnológicas, su nulo aporte social a la economía norteamericana y la evasión tributaria, varios tecnogurúes empezaron a sentirse incómodos con el trabajo del "cuarto poder". El periodismo tecnológico norteamericano ha cumplido un papel relevante en destapar la cara oculta de Silicon Valley, el reino de negocios brillantes que no sirven para nada, más que para hacer megamillonarios a sus creadores. Porque de Silicon Valley no salió una sola solución cuando el mundo enfrentó la feroz pandemia de covid-19, puesto que allá se producen principalmente apps para recomendar la música que debemos escuchar, algoritmos para crecer las ventas en línea y soluciones para que los bancos perfilen mejor a sus clientes y reduzcan el riesgo crediticio.

Fue el Wall Street Journal el que reveló la estafa monumental que una tecnogurú de moda en Silicon Valley, Elizabeth Holmes, hacía con la empresa Theranos, uno de los mayores fraudes tecnológicos de la historia. Y la prensa norteamericana dio a conocer en 2018 el terrible caso de Cambridge Analytica, con el que nos enteramos del uso indebido de nuestros datos en manos de Facebook.

Peter Thiel, uno de los más grandes magnates tecnológicos del mundo, es un reconocido activista de la ultraderecha republicana y ha dicho varias veces que considera incompatibles la libertad y la democracia. Thiel es el propietario de la poderosa compañía de ciberseguridad Palantir, desarrolladora de una solución de vigilancia basada en Inteligencia Artificial, que utiliza la Policía en Estados Unidos y que viola diversas normas internacionales de protección de datos. Es, además, cofundador de Paypal, Facebook y Linkedin, entre otros emprendimientos que lo hicieron millonario.

Ante la imposibilidad de jugar su partido en las redes de los demás, quisieron construir sus plataformas propias, como Parler, que se parece a esos colegios en donde reciben a todos los estudiantes expulsados de otros colegios por mala conducta.

Se sabe que desde hace tres o cuatro años hay reuniones a puerta cerrada de varios magnates tecnológicos que discuten acerca de la libertad de empresa y el futuro político de Estados Unidos. En 2020 se filtró el contenido de una de estas reuniones, en la que Trina Spear, CEO de una empresa del sector Healtech llamada Figs, dijo que no entendía qué les daba a los periodistas el derecho de investigar empresas privadas, y agregó que debería ser el mercado el que decida si una empresa debe continuar o no, según revelaciones que en su momento hizo la prestigiosa publicación especializada The Verge.

De Silicon Valley no salió una sola solución cuando el mundo enfrentó la feroz pandemia de covid-19, puesto que allá se producen principalmente aplicaciones para recomendar la música que debemos escuchar, algoritmos para crecer las ventas en línea y soluciones para que los bancos perfilen mejor a sus clientes y reduzcan el riesgo crediticio.

La buena noticia es que la estrategia Twitter de Elon Musk y sus aliados parece condenada al fracaso. Los analistas que han seguido la historia del empresario advierten que está acostumbrado a hacer negocios en condiciones muy diferentes a las que enfrenta esta red social. El “manual de Elon Musk” para hacer negocios implica crear empresas en sectores en donde no tiene competencia (como Tesla en los autos eléctricos) y apoyar la acumulación de riqueza en una sobreexplotación de los trabajadores (también Tesla es un conocido ejemplo), evadir impuestos y utilizar subsidios del gobierno. Nada de esto funciona en el caso Twitter, que es la más pequeña de las redes sociales, un mercado dominado por sus poderosos rivales. Twitter solo ha generado utilidades en dos de sus 16 años de historia y con la llegada de Musk hubo una estampida de anunciantes que no quieren ver sus marcas asociadas a los contenidos de odio.

Es claro que Elon Musk, con su halo de rey Midas, llegó a Twitter sin un plan de negocios, ha sido errático en las decisiones técnicas y en algún momento los fondos de inversión que pusieron el dinero para la compra perderán la paciencia. Porque una cosa es la ideología y otra los negocios.