MATILDA Y LOS BIENPENSANTES
4 Septiembre 2022

Ana Bejarano Ricaurte

MATILDA Y LOS BIENPENSANTES

En 2015 el ministro de Justicia era mi profesor Yesid Reyes y yo era su secretaria privada. Daniel Bonilla Maldonado —uno de los padres del litigio estratégico en Colombia y otro de mis maestros— me llamó para contarme un reclamo de miembros y organizaciones de la comunidad trans. Explicaban lo tortuosa que era su vida por el hecho de que en apariencia tuvieran un género que no correspondía al nombre de su cédula. Porteros del estilo de: “pero si usted parece mujer, ¿por qué su cédula dice Mateo?”. El trámite para cambiar el nombre era laberíntico, costoso y discriminatorio. El llamado lo abanderó, entre otras, Laura Weinstein, argumentadora irresistible, y todos pensamos que era una causa justa, así que emprendimos el camino de diseñar un mecanismo más razonable. 

A pesar de funcionarios abiertamente transfóbicos y la dificultad de conseguir una notaría en donde celebrar el primer cambio de nombre, en lo que dura un embarazo prematuro el decreto vio la luz (Decreto 1227 de 2015). Desde entonces pensé que la causa trans era mía también, que como había trabajado por su igualdad entendía sus padecimientos y consignas. Y estaba equivocada. 

Lo entendí esta semana cuando entrevisté para Cambio a la activista trans y profesora universitaria Matilda González Gil. Los temas eran las acusaciones de transfobia que se han lanzado desde hace años contra personas públicas, el género, la libertad de expresión y los medios de comunicación. Fui condescendiente con mi entrevistada, menosprecié su experiencia vital y dominio de la materia, pues ella se ha dedicado a pensar, explicar y, por lo demás, soportar la transfobia toda su vida. Me faltó prestar más atención, empatizar e interpelar.   

Al escuchar a Matilda, pero especialmente viendo la entrevista después, entendí mucho de lo que no veía antes. Ante todo, el dolor de tener que explicarse y justificar su existencia. También que los discursos discriminatorios contra las personas trans pueden tener grados y que no todos son igual de dañinos ni conducen a las mismas consecuencias. Que las mujeres trans no se paran sobre ningún privilegio del patriarcado, pues su existencia como hombres fue una negación de ellas mismas y una tortura desde el principio. Y que podemos hablar de género, de qué es ser mujer y disentir. 

Y, por supuesto, hablamos sobre el asunto que me trajo a este despelote, si la gente tiene derecho a exponer dudas o incluso posiciones complejas sobre todos estos temas. Estuvimos de acuerdo en que no todo discurso discriminatorio, o que tenga esa consecuencia, es de odio. Porque esos últimos están prohibidos. Decir que alguien difunde el odio o instiga a la violencia es la imputación de un delito. Eso habilitaría la posibilidad de silenciar a esas personas. Y esa mordaza alimenta peores violencias. Se necesitan ciertas zonas grises en donde pueda respirar el prejuicio para ser apagado.  

Agradezco cada segundo de esa conversación, aunque fuese difícil aceptar que algunas de mis preguntas o dudas sí partían de mi privilegio e ignorancia. También abrazo a la turba que me persiguió después en las redes, porque me mostró nuevos ángulos del activismo social, al cual he pertenecido desde que lo conocí. 

“Hijueputa”, “transfóbica”, “hija de papi”, “patética”, “ridícula”, “sorda”, “bruta”. Como oda de Shakira al odio, sumada a descalificaciones y descontextualizaciones de todo lo que dije: violencia. También algo de gente útil, dispuesta a explicar sin rotular, sin prender las hogueras.    

Y claro que el micrófono viene acompañado de la obligación de tener cuero. De resistir los llamados de la opinión pública cuando nos equivocamos. De entender que esas violencias son mucho más soportables que las enfrentadas por un niño que nace en Arauca en el cuerpo de una niña. Pero me quedé pensando: ¿para qué sirven estas reacciones violentas cada vez que alguien se atreve a compartir en público sus dudas o incluso a defender un error? 

Los movimientos sociales tienen diferentes actores: unos que portan la rabia en la solapa de la camisa y otros que juegan más estratégico. Pero la mayoría de los ataques no vinieron de personas trans sino de bienpensantes empoderados en su corrección irrevocable. Esos que comen solo lo que se debe comer, que saben y dicen todo lo que se debe pensar, que nunca dudan ni se equivocan. Los del pensamiento superficial y fácil en cajitas perfectas y perezosas.  

Señores explicándome lo que yo quería decir y qué cosas podemos preguntar las feministas sobre el concepto de ser mujer o madre; de la opresión del patriarcado. Llamados a no dudar en voz alta. “¿Cómo es que pregunta algo dos veces?”. Y a eso, queridos bienpensantes, me resistiré hasta el final de mis días. Porque esas son las reacciones que encierran a la gente en el clóset del odio y conducen a que lo revuelvan en un caldo de cultivo social. Por eso los grandes medios de comunicación y periodistas con plataformas se resisten a cubrir a fondo estos temas. Porque el linchamiento es casi ineludible. 

El embotellamiento de prejuicios lleva a violencias más silenciadas y dañinas. Precisamente por eso la Corte Interamericana de Derechos Humanos protege algunas expresiones excluyentes, porque en la oscuridad son más corrosivas y, si no tienen la intención de generar daño, su exposición a la luz hace más fácil vencerlas.

Sigo creyendo que no es lo mismo que con el racismo. Si de ese fenómeno solo pueden hablar las personas racializadas, por lo menos yo, me debo sentar a escucharlas. Pero entre la lucha trans y la feminista se cruzan muchos conceptos que todas las mujeres tenemos el derecho a problematizar, incluso si partimos del error. No me cansaré de hacerlo, ni me agotarán sus llamados mediocres y ciegos al silencio. 

Entonces me disculpan, amigas bienpensantes, que yo, una mujer cis, blanca, privilegiada, hija de sus papis, escriba todo esto en estas páginas de señores “patriarcales”. Pero esta es la gente a la que quiero convencer. Este es el statu quo que se les escapa y que no quiere hablar en bienpensantismo, porque ustedes tampoco buscan diálogo sino imposición. Porque quiero conquistar a los legisladores, a los jueces, a los centros de poder, y ahí jamás he sido escuchada con madrazos o absolutismos. ¿Y es que acaso no se trata de acabar la transfobia en todas partes y no solo en la corte de Twitter? 

Y claro, ya lo dije, pero por si las moscas, todo esto que pienso seguro se debe a lo uniandina, monita, gomela y todas las cosas que, según ustedes, me inhabilitan a preguntar sobre este tema. Afortunadamente puedo hacerlo con Matilda, quien me ayudó a mirarme con más franqueza en la pantalla. Así que: Mati, ¿lo seguimos en persona?

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