Cartagena: lo bueno, lo malo y lo feo
10 Enero 2023

Juan Fernando Cristo

Cartagena: lo bueno, lo malo y lo feo

Siempre es grato visitar Cartagena. Es la ciudad emblemática de Colombia, nuestro referente turístico en el exterior y el lugar que queremos todos. No hay destino más visitado y siempre por estos días de principios de año desata duras discusiones entre los colombianos. Unos se quejan por los elevados precios, otros por el desorden, la mayoría por la movilidad y todos al final caen rendidos ante el encanto de La Heroica. Nos alegramos de sus avances y nos preocupamos por la incapacidad para gobernar bien una ciudad que en su balance tiene cosas buenas, otras malas y algunas feas.

Veamos primero lo bueno, que es mucho más de lo que se reconoce. Cartagena crece y recibe gran inversión en proyectos comerciales, hoteleros e inmobiliarios. El número de vuelos diarios directos desde el exterior es impresionante, la ciudad vieja mantiene su magia caribe, el norte hacia Barranquilla tiene vida propia y cada vez más se mira hacia el bello mar de Barú y las islas del Rosario, con proyectos de desarrollo de categoría mundial. Por fin despegó la recuperación de las playas que va desde el centro de la ciudad hasta El Laguito y por la diversidad de ofertas culturales y eventos empresariales, hay turistas todo el año. El puerto se consolida como uno de los más eficientes de América Latina, mientras que la actividad industrial aumenta a buen ritmo, impulsada especialmente por el pleno funcionamiento de Reficar.

Lo malo. Se mantiene en forma vergonzosa la pobreza extrema en la Cartagena que no ven los turistas. Las cifras de desempleo e informalidad son muy altas. La miseria en los barrios se convirtió en paisaje y no puede ser aceptable en medio de la riqueza que genera la ciudad. El aeropuerto no aguanta el acelerado crecimiento de visitantes. Las salas de abordaje y de equipajes son un completo caos y el número de posiciones de aterrizaje de los aviones insuficiente. Hasta el momento no se conoce un plan inmediato de mejoramiento de la actual terminal y tampoco despega el proyecto de Bayunca, que es urgente y además no costaría un solo peso al Gobierno. La movilidad de la ciudad en temporada alta colapsa. Para un turista bogotano, caleño o antioqueño, no es un buen plan salir de los trancones de sus ciudades para padecer peores en sus días de descanso. Por cuenta de este caos la ciudad se parte en tres y mucha gente queda aislada en alguna de ellas, Bocagrande, la ciudad vieja y el norte. Es urgente concretar proyectos con décadas de estudios, que la inestabilidad institucional del Distrito no ha permitido que arranquen como la terminación de la vía perimetral, la ampliación de la avenida bicentenario o primera en Bocagrande, el sistema de drenajes pluviales y el transporte público por agua.

Lo feo. El desorden, la falta de civismo de turistas y locales, la inexistencia de andenes para caminar y disfrutar la ciudad, la ausencia de orden y autoridad y el escandaloso crecimiento en los últimos años del turismo sexual en las narices de las autoridades que no hacen nada. La prostitución parece incontrolable y se extiende a todas las zonas. El microtráfico es hoy el más grave problema de seguridad y salud pública. Hace falta inteligencia de la Policía Nacional para desarticular las bandas criminales.

En fin, es mucho más lo bueno y positivo de la ciudad que lo malo y feo que se debe corregir. Cuentan los amigos cartageneros que el actual alcalde, William Dau, suele decir en los distintos escenarios que a él lo eligieron para combatir la corrupción y nada más y que eso es lo que ha hecho. Tiene razón y se le debe reconocer. No ha hecho nada más. Ahora se necesita construir, con visión de futuro, un modelo de administración local que preserve la transparencia y la eficacia como valores esenciales, pero que al mismo tiempo asuma el desafío de recuperar el orden y la autoridad e impulsar las obras de desarrollo que requiere para recibir cada año más visitantes atraídos por su historia, su arquitectura, su magia, su clima, la calidez y espontaneidad de su gente. Un buen alcalde en cuatro años es mucho lo que puede hacer por consolidar una ciudad incluyente y organizada. Uno malo, como se demostró en épocas recientes, hace un daño inmenso a esas posibilidades. Ojalá los cartageneros acierten este año en la elección de su nuevo alcalde. Sin un buen líder y gerente local no es mucho lo que el Gobierno nacional puede hacer por la ciudad, por más voluntad política que tenga.

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