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El día que conocí a Fidel por Ernesto Samper
País

El día que conocí a Fidel por Ernesto Samper

La última visita de Estado que hizo Samper en su presidencia fue a Cuba en 1998. Aquí aparece en una foto tomada a las tres de la mañana porque poco antes funcionarios cubanos le avisaron que el comandante iría a visitarlo. Entonces al expresidente Samper le tocó levantarse y vestirse para recibirlo como si fueran las 12 del día. | Foto: Archivo Particular

A propósito del centenario del natalicio del líder de la revolución cubana, Fidel Castro, que se cumplió esta semana, el pasado 13 de agosto, el expresidente Ernesto Samper le cedió a Cambio este fragmento de su próximo libro, Relatos de Vida, que publicará próximamente la editorial Penguin Random House. En él narra su primer encuentro con Fidel Castro, una madrugada en La Habana, en casa del escritor Gabriel García Márquez.

Por: Ernesto Samper Pizano

Un grupo de liberales entre quienes estaban Horacio Serpa Uribe, Edith Camerano y Antonio José Caballero, periodista de RCN, habíamos viajado a La Habana. Ese día, cuando estábamos con Gabo (Gabriel García Márquez) en su casa, conocí a Fidel Castro. Salíamos de regreso para el hotel cuando Castro llamó a preguntar si los colombianos de visita todavía estábamos allá.

―Diles a tus compatriotas que me esperen, le dijo a Gabo en tono imperativo.

Llegó dos horas más tarde, pasada la una de la mañana. Sacó un vaso de leche de la nevera, se quitó las botas y empezó a echarnos unos cuentos tan fantásticos como los de Gabo, pero políticos. Nos habló de una tía suya, ya vieja, que vivía en Miami y le había escrito una carta hace unos meses diciéndole que quería regresar a Cuba para pasar los últimos días de su vida. Fidel, advertido del significado revolucionario del “regreso” de su pariente a la isla, le preparó una casa muy digna y dispuso lo necesario para un afectuoso recibimiento.

“Pues resulta que –nos contó– mi adorada tía me escribió otra carta que me llegó precisamente esta tarde, en la cual me dice de manera desconsolada que una de sus vecinas le había contado que en La Habana ya no existían supermercados, por lo cual había decidido cancelar su viaje.

―Estoy seguro, afirmó, que algún gusano proyanqui de Miami le debió sembrar en la cabeza a mi vieja la idea contrarrevolucionaria del supermercado –concluyó con una carcajada–.

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