6 Septiembre 2022

Ofrenda en el altar de Juan Gustavo Cobo Borda

Foto: Biblioteca Nacional de Colombia.

Gracias al poeta bogotano, muchos lectores colombianos reconocieron, a través de las valiosas colecciones de literatura y ensayo que él editó, el camino de una tradición y la asimilaron como parte de la identidad nacional.

Por Federico Díaz Granados

Ofrenda en el altar del bolero es uno de los más conocidos libros de poemas de Juan Gustavo Cobo Borda, como también lo son Consejos para sobrevivir y Todos los poetas son santos e irán al cielo. Hoy son nombres que, al igual que muchos de los versos del poeta bogotano, se convierten en mantras que se repiten para mitigar la tristeza que significa su partida. Con la muerte de Juan Gustavo Cobo Borda parte un capítulo fundamental de nuestras letras, un cronista de la cultura nacional y un gestor que promovió la lectura a través de inolvidables colecciones.

Hace poco conversaba con el poeta Juan Felipe Robledo –con motivo del homenaje que, en honor de Cobo, organizó la Biblioteca Nacional con un grupo de entusiastas amigos y lectores– sobre la relación que Cobo tuvo con España y con la lengua española, y leímos algunos de sus poemas en los que recuerda a su abuelo, que no conoció, incluido su célebre poema Cuando papá perdió la guerra, en el que recuerda a don Juan Fernando Cobo Cayón, abogado experto en derecho mercantil y marítimo, republicano y exiliado, de quien Juan Gustavo heredó el amor al idioma y al diálogo con los poetas del otro lado del Atlántico, como bien queda expresado en el poema dedicado a Federico García Lorca. Precisamente de aquella relación con España nació la obsesión de Cobo Borda por las palabras, por la poesía, que desembocó también en una vocación americanista a través de la cual divulgó a algunos de los autores tutelares de la América que va desde los cronistas de Indias hasta los autores del boom y el pos boom, destacando su amor total a Jorge Luis Borges, Enrique Molina y Octavio Paz, entre otros.

Gracias a Juan Gustavo, muchos lectores colombianos reconocieron el camino de una tradición y la asimilaron como parte de la identidad nacional, porque sin duda él nos dio un rostro y una voz a través de sus versos, pero también a través de sus innumerables ensayos y sus memorables colecciones que lideró en Colcultura, como la Biblioteca Básica Colombiana, la Colección de Autores Nacionales y la Colección Popular, que, con aquellas impactantes portadas de la diseñadora Marta Granados, llegaron a miles de bibliotecas personales, universitarias y públicas del país. Por medio de muchas de esas colecciones aprendimos a leernos como colombianos y latinoamericanos de la nacha patria del español.

Recuerdo muchas conversaciones con él, en su biblioteca del barrio Rosales, de Bogotá, en el que todo un apartamento estaba habitado por su inmensa biblioteca llena de primeras ediciones firmadas por sus autores y por auténticas joyas. Siempre recibía a sus amigos y lectores con la generosidad de su conversación y con el sentido del humor que lo caracterizó hasta el final de su vida. Su afán por desacralizar solemnidades hacía parte de su personalidad. Fueron muchas conversaciones que iban desde anécdotas sobre la poesía colombiana hasta la gastronomía y el cine. En su estudio siempre lo acompañaba una figura de Groucho Marx junto con sus retratos de Borges y estanterías. Lo entrevisté varias veces a propósito de homenajes que organicé en diferentes lugares como el Gimnasio Moderno, el Instituto Caro y Cuervo y la Biblioteca Nacional, este último hace tan solo unas pocas semanas. Siempre su conversación cargada de lucidez revelaba rasgos de sus pasiones lectoras y de su carácter. Recuerdo cuando le pregunté por los años de la universidad y de haber abandonado sus estudios para dedicarse tiempo completo a leer y a escribir: “Lo de la universidad fue una época muy bonita, porque entré a la Universidad Externado en el barrio Santa Fe y mis dos compañeros, en un momento dado, eran Rodrigo Lara Bonilla, que había venido de Neiva, y Marcelo Torres, que venía de la costa. Entonces yo simultáneamente vi cómo lo que significaba un poco el estudio de algo que me parecía fascinante en ese momento, que era el derecho romano, desembocaba en dos cosas igualmente atractivas: el discurso y la pedrea. Eran los inicios de la carrera política de Lara Bonilla y de la agitación en la izquierda de Marcelo Torres. Luego pasé a los Andes a estudiar filosofía y letras y allí me encontré con figuras humanistas determinantes como Andrés Holguín, Abelardo Forero Benavides y Eduardo Camacho Guizado, que nos llevaron a hacer una revista con los materiales que reuníamos y fue así como se fundó Razón y Fabula. Y finalmente fui a la Universidad Nacional, donde estudié o me empapé un poco de historia de Colombia con Jorge Orlando Melo y en un momento dado, cuando los de la Juco decidieron que había que eliminar a Rafael H. Moreno Durán y a Cobo Borda por pequeños burgueses, tuvimos un inesperado defensor que se llamaba Álvaro Fayad. En un mitin donde íbamos a ser linchados por fingir que éramos irónicos y cínicos, Fayad intervino y dijo: ‘No, no, con Moreno Durán y Cobo Borda pierden el tiempo. Ellos son casos perdidos. No les hagan juicio, no los cuestionen. Déjenlos que se vayan tranquilos’. Desde entonces, quedé con una formación política que pocas personas tienen en Colombia”.

Dijo Álvaro Mutis: “Cobo Borda es un poeta impar y desconcertante de la tradición poética colombiana”. Así lo fue porque su tono irónico, conversacional y cotidiano, pero fiel al lirismo y los ritmos de la poesía de siempre, forjaron una voz personal: “Hay algunos poetas complejos y difíciles como Góngora, Mallarmé y Lezama Lima, que te obligan a convocar mundos cerrados y necesitas mucho tiempo para lograr entrar en ellos y cuando vuelves una y otra vez, y de pronto encuentras la vía de acceso a esos mundos. Y los otros poetas, que uno piensa en muchos casos son poetas más diáfanos, más directos, como tú dices, o más cotidianos, o más conversacionales, y te pones a mirar y te das cuenta de que son poetas de gran complejidad, que además tienen otras claves. Entonces yo creo que la poesía tiene esa maravillosa virtud de que tiene todos los caminos abiertos o cerrados, y lo importante es lograr aproximarse a ellos”, me respondió en otra oportunidad.

“La poesía es la casa del ser”, nos recordó siempre Juan Gustavo Cobo Borda en uno de sus recordados textos. Su vocación precoz lo llevó a animar desde muy joven la actividad literaria de una ciudad como Bogotá y del país. A finales de los años sesenta no solo era reconocido como uno de los poetas más destacados de la llamada “Generación sin nombre”, sino que su nombre se proyectaba por el continente como uno de los más entusiastas difusores de la poesía colombiana en diferentes publicaciones de las que era corresponsal. Desde su primer libro, Consejos para sobrevivir (1974), Cobo Boda supo consolidar una voz donde los asuntos cotidianos conversaron con las preocupaciones de un poeta por su tradición y porvenir y quien desde el desengaño y la ironía nombra los temas comunes de la poesía de siempre y los entrega con sentidos nuevos y significados sorprendentes, consciente de que es allí, en la palabra, donde vivimos todos entre afanes y bullicios y entre el silencio y el misterio.

La divulgación de los grandes autores colombianos, el acercamiento a los artistas más destacados del país y su permanente labor como antologista y prologuista de diferentes panoramas hicieron de Juan Gustavo Cobo Borda un cronista de la literatura de nuestro tiempo. Sus textos, ensayos, artículos sobre los colombianos Germán Arciniegas, Gabriel García Márquez, José Asunción Silva, Álvaro Mutis, Jorge Zalamea entre otros y de latinoamericanos como Pablo Neruda, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Vicente Gerbasi, Salvador Garmendia, Mario Vargas Llosa y Meira del Mar han constituido una genealogía donde la reflexión y el pensamiento han consolidado un tono personal también de la mano de la anécdota y el contexto histórico y social. Cada ensayo o artículo suyo revelan el reverso y anverso de los autores y obras que los ocupan e invitan a aproximarse desde el afecto y la mirada rigurosa. Muchos de nuestra identidad nacional y de nuestro concepto de nación le debe a la mirada crítica y rigurosa de Juan Gustavo Cobo Borda como poeta, editor, ensayista y promotor cultural. Supo llevarnos de la mano desde el afecto por toda nuestra tradición y nuestro canon.

El próximo 10 de octubre habría cumplido 74 años. La muerte lo sorprendió antes. Su tarea estaba hecha. Su legado hace mucho nos pertenece a todos. El 29 de junio asistió al homenaje que organizamos con amigos como Carmen Barvo, Isadora de Norden, Diana Restrepo, Marta Granados, Andrés Arias y Diana Galindo en la Biblioteca Nacional de Colombia. Ese día recorrió emocionado la exposición que tuve el honor de curar y se reencontró con viejos afectos y lectores. Hizo gala de su sentido del humor y de su permanente lucidez. Lo que empezó como una fiesta no sabíamos que sería su despedida. El lunes 5 de septiembre apagó los ojos para siempre. Esos ojos que leyeron miles de páginas y retuvieron tantos poemas y prosas se cerraron para siempre. Es la hora de nosotros los lectores volver a sus libros con gratitud y recordar muchos de sus versos que de una vez y para siempre harán parte de la memoria literaria nacional.

Buen viaje a esa eternidad que tanto obsesionaba a su amado Jorge Luis Borges.

POÉTICA

¿Cómo escribir ahora poesía,
por qué no callarnos definitivamente
y dedicarnos a cosas mucho más útiles?
¿Para qué aumentar las dudas,
revivir antiguos conflictos,
imprevistas ternuras;
ese poco de ruido
añadido a un mundo
que lo sobrepasa y anula?
¿Se aclara algo con semejante ovillo?
Nadie la necesita.
Residuo de viejas glorias,
¿a quién acompaña, qué herida cura?


SALÓN DE TÉ
Leo a los viejos poetas de mi país
y ninguna palabra suya te hace justicia.
Ni nube, ni rosa, ni el nácar de tu frente.
El pianista estropeará aún más
la destartalada melodía,
pero mientras te aguardo,
temeroso de que no vengas,
Bogotá desaparece.
Deja de ser este bazar menesteroso.
Ni la palabra estrella, ni la palabra trigo,
logran serte fieles.
Tu imagen,
en medio de aceras desportilladas
y el nauseabundo olor de la comida
que fritan en la calle,
trae consigo algo de lo que esta tierra es.
En ella, como en ti, conviven el esplendor y la zozobra.


¿PERDÍ MI VIDA?
Mientras mis amigos, honestos a más no poder,
derribaban dictaduras,
organizaban revoluciones
y pasaban, el cuerpo destrozado,
a formar parte
de la banal historia latinoamericana,
yo leía malos libros.

Mientras mis amigas, las más bellas,
se evaporaban delante de quien,
indeciso, apenas si alcanzaba
a decirles la mucha falta que hacen,
yo continuaba leyendo malos libros.

Ahora lo comprendo:
en aquellos malos libros
había amores más locos, guerras más justas,
todo aquello que algún día
habrá de redimir tantas causas vacías.


NUESTRA HERENCIA
En verdad sólo los viejos odian con razón.
Solo ellos han hecho el duro aprendizaje
de la trampa doméstica
Oponen así un aire paternal a la usura de los días
y logran llegar inmunes
al tumultuoso desorden de la fiebre,
la boca llena de flemas,
escupiendo sangre y maldiciones
mientras las visitas comienzan a retirarse, en voz baja,
y reanudan su charla en la habitación vecina:
pésames y condolencias.