26 Marzo 2022

Venezuela vs. Colombia: todo lo que estará en juego este martes en Puerto Ordaz

Luis Díaz fue el encargado de acabar con la larga ausencia de gol de la selección Colombia.

Crédito: Colprensa

El partido que definirá si vamos al Mundial de Catar, o le hacemos compañía a Italia como simples espectadores, envuelve mucho más que una simple emoción futbolera. Detrás de ese enfrentamiento histórico se esconde una maraña de intereses deportivos, sociales y geopolíticos. Venezuela juega por el orgullo y la dicha de ganarle de nuevo a su más enconado rival. Colombia se juega la oportunidad de despedir a su generación más brillante de jugadores a lo grande o por la puerta de atrás.

Por Juan Francisco García

Es evidente que en el partido de este martes a las seis y media de la tarde contra Venezuela está en juego mucho más que los tres puntos del infartante esprint de las eliminatorias a Catar.

Si nos distanciamos del delirio futbolero que volvió a gobernarnos después de la goleada contra Bolivia, si logramos ir más allá del anhelo primitivo de ver al “equipo de todos” en el próximo Mundial, es fácil vislumbrar que el partido esconde un complejo acontecimiento sociológico.

Parece un chiste negro del borracho y pirómano guionista del fútbol que, justo en este momento, cuando las tensiones políticas entre la tiranía de Duque y la dictadura de Maduro han llegado a su cumbre, la suerte de “La Sele” se decida en Puerto Ordaz. Con Venezuela con nada que perder, se rumora que Nicolás Maduro le ofreció a “sus” jugadores un jugoso incentivo económico si logran desbaratarle el sueño mundialista a la selección Colombia (que, en cambio, aterrizará en Venezuela con todo por perder).

Aunque no se ha sabido nada sobre la respuesta del presidente Duque para seducir a los nuestros, a nadie le costaría creer que el famoso señor del maletín, con la tricolor puesta, se dé una vuelta por la concentración colombiana. Un pedazo de playa en San Andrés, por decir cualquier cosa, podría estar entre los incentivos del gobierno para que “los héroes de cortos” le eviten al pueblo colombiano la depresión colectiva en la que se sumiría si no se logra el cupo al Mundial.

Será triste y lamentable atestiguar cómo los políticos, que a estas alturas del debate se prenden a cualquier clavo ardiendo, sacarán partido del partido, valga el juego de palabras, para exacerbar los crecientes aires nacionalistas y xenófobos. ¿Cómo irá a “motivar” a los nuestros la muy patriótica y visceral senadora Cabal? ¿Qué tanto se incrementará el maltrato que acá sufren los venezolanos si la Vinotinto nos niega los tres puntos? Más allá del renacido (y endeble) sueño mundialista, lo más significativo de que Colombia se cumpla a sí misma y gane en Puerto Ordaz será que cesen las excusas para violentar a los desafortunados compatriotas de Maduro. Paradójicamente, los cientos de miles de venezolanos que hoy escampan del infortunio y de la infamia en nuestro país, querrán, para que los dejen en paz, que Faríñez no sea figura y que James se reencuentre con el gol.

En el plano emocional, por otra parte, es imposible no pensar en Pékerman. El amor que le profesamos al “abuelo” está todavía muy vigente. Tanto que parece ayer cuando, en el final de las eliminatorias para Rusia, con el país a punto de sentar al subordinado de Uribe en la Casa de Nariño, el clamor de ¡Pékerman presidente! se tomó las calles, los cuerpos y los fondos del celular. Si hoy se hiciera una encuesta preguntándoles a los hinchas si el argentino debería o no volver a la selección si esta logra el tiquete al Mundial, los resultados arrojarían que el 90 por ciento de los hinchas (o más) lo quisieran de nuevo en el banquillo.

Es imposible no ponerse nervioso al pensar en José Néstor como el hipotético verdugo de su segunda patria. El país en el que nació su hija. Este rincón caótico en el que -hasta ahora- no tiene que pagar las cuentas y en cada esquina lo esperan la pleitesía y los abrazos. No es sino morbo y veneno, una cruel jugarreta del azar, que el padre de nuestra generación dorada, esa con la que volvimos a ganarnos el respeto del fútbol de élite, para cumplir con sus obligaciones contractuales tenga que hacer lo posible para torpedearle el caminado a los mismos jugadores que él supo guiar hasta la cumbre. 

Incluso si negáramos nuestra idiosincrasia y, por esta vez, memoriosos y cándidos, le perdonáramos al rosarino sacarnos del inmerecido ensueño mundialista, su chick flick con Colombia pasaría a ser, en el mejor de los casos, una comedia negra. El martes estará en juego, pues, uno de los amores más puros en la historia de nuestra selección.

James
Los colombianos siguen a la espera de que James Rodríguez se reencuentre con el gol. Crédito: Colprensa

Además, para seguir echándole leña al fuego, hay que decir que el próximo 29 de marzo, en Puerto Ordaz, estará en juego la posibilidad de ver a Luis Díaz competir (¿y consagrarse?) cabeza a cabeza con los mejores de los mejores. Si bien es cierto que el extremo, por edad, alcanzaría a jugar al menos dos copas del mundo más, privarnos de este, su momento, sería una pena muy honda. El fútbol, como la política según Petro, es macabramente dinámico y el éxito de hoy, tan efímero, fácilmente se hace pena y nostalgia en el mañana.

Sería una auténtica anomalía idiosincrática que el Guajiro mantenga este nivel inverosímil por mucho tiempo más. La élite es un yunque que suele ser demasiado pesado para nuestros futbolistas. El fútbol orgásmico de Díaz, si siguiera la lógica, debería tender a mermar. Ir a Catar en su estado de forma actual lo pondría, sin duda, entre las atracciones principales. Quedarse por fuera sería privarse para siempre de comer en la misma mesa que Messi y que Cristiano.

También estará en juego la despedida legendaria que Radamel Falcao se merece. Si el fútbol no fuera el mercenario caprichoso que es, el Tigre tendría que dejar la selección rodeado de la élite y ante la mirada atenta y absorta de todo el mundo. Pensar en otro gol suyo en una copa del mundo eriza la piel.

El fútbol orgásmico de Díaz, si siguiera la lógica, debería tender a mermar. Ir a Catar en su estado de forma actual lo pondría, sin duda, entre las atracciones principales. Quedarse por fuera sería privarse para siempre de comer en la misma mesa que Messi y que Cristiano.

 

Asimismo, estarán en juego las justas despedidas de David Ospina y de Cuadrado, estandartes de la última década. Y el resurgir de James Rodríguez, quien, si entra en gracia en Catar, podría volver al fútbol de verdad. Y el chance histórico de verlo jugar junto a Juanfer Quintero, los dos sin lesiones, los dos ya maduros, los dos conscientes de que el tiempo ya les corre hacia atrás. Y la esperada y merecida revancha de Duván Zapata y de Muriel, quienes, con la camiseta amarilla, a pesar de romperla en sus clubes, han comido más polvo que miel.

Así que esta vez no es verborrea vacía afirmar que el próximo martes el fútbol será lo más importante de lo menos importante. Lo que pase en Puerto Ordaz tendrá eco geopolítico, electoral, emocional y económico. Habrá –es que la circunstancia justifica incluso las hipérboles clichés– que jugarse la vida. Será matar o morir.