20 Febrero 2022

Luis Díaz y el poder indígena

El colombiano Luis Díaz, reciente fichaje del Liverpool.

Crédito: REUTERS/Luisa Gonzalez

De los ardientes desiertos de la Guajira a la fría y nublada Liverpool. Así ha sido el recorrido del principal futbolista colombiano del momento.

Por Juan Francisco García

El pasado 4 de febrero Luis Díaz llegó al AXA Training Center, el distinguido complejo de entrenamiento del Liverpool, para muchos el club que mejor fútbol juega en el mundo. Lo esperaba, jovial, Jürgen Klopp, para tantos el mejor técnico del mundo. “Cero inglés”, le dijo Luis al saludarlo por primera vez. “No problem”, le respondió Klopp, con su habitual calidez y carisma. 

“No problem”, pues las ansias por su llegada eran, desde hace días, la gran noticia en la industrial y grisácea Liverpool. Los siempre picantes tabloides ingleses le dieron las primeras páginas y la prensa deportiva europea coincidió en que su fichaje fue uno de los grandes “terremotos” del mercado. La efervescencia que generó el aterrizaje del exdelantero del Junior tuvo un relieve especial si se piensa que llegó a un equipo plagado de jugadores fuera de serie. Su fichaje, en vez de un recambio (otro más) para refrigerar y dar descanso a Mohamed Salah, Diego Jota y Sadio Mané, hoy actores principales del ataque del equipo de Anfield y uno de los tridentes más caros, glamurosos y letales de Europa, pareció más bien la incorporación de un redentor para un club agrietado y en crisis. 

“No problem”, lo tranquilizó el técnico campeón de Champions y de Premier, que confesó en las horas próximas a su arribo que desde hace tiempo lo seguía y era un enamorado de su fútbol. El “desde hace tiempo” de Klopp aludió, seguramente, a sus últimas dos temporadas en Portugal en las que Díaz se consolidó como uno de los extremos más excitantes de la élite. 

Con el Porto, después de una primera temporada de adaptación en la que, aunque la mayoría de las veces empezó como suplente, dejó vislumbrar su categoría de elegido y entregó destellos de crack. En la segunda, ya con todos los focos en su derroche de acrobacia, aceleración y sorpresa, no volvió a sentarse jamás en el banquillo, hizo 13 goles y 4 asistencias en 17 partidos y fue elegido como mejor delantero de la liga tres meses seguidos.

En el intermedio de su función, cuando volvió a Suramérica para jugar la Copa América con la selección Colombia, ganó la bota de oro, le metió un gol de media volea a Brasil, el anfitrión, ante la mirada absorta de Neymar; otro a Argentina, mezclando velocidad, cabeza fría y resolución exquisita, con Messi de testigo mudo, y dos a Perú, ante el aplauso reprimido de Gareca (que lo tendría como una de las grandes razones para aceptar reemplazar a Rueda en el 2023). Volvió al Mediterráneo premiado como el jugador revelación del continente y como feroz extremo del once ideal de América… 

“El desde hace tiempo” pudo referirse también, dada la omnipresencia de los scouts europeos en Suramérica, a los tiempos fantásticos de Lucho en el Junior. Si bien para nadie es un secreto que el tiempo del fútbol (léase el tiempo del mercado) es frenético e insondable, no deja de inquietar pensar en que hace poco más de tres años el nuevo chico prodigio de la Premier, la liga más competitiva y exigente de la tierra, daba a conocer sus trucos en las desniveladas y ahuecadas canchas de nuestro fútbol. Pegado a las bandas, ligero, pirotécnico, cargado con la responsabilidad de divertir y emborrachar al Metropolitano, en complicidad de fábula con Teófilo, Barranquilla deliró y el equipo de los Char ganó dos ligas seguidas, la Copa Colombia y la Superliga. “Se devoró el fútbol colombiano”, diría sin faltarle a la verdad cualquier hincha juniorista.

Luis Diaz en el Junior
"Pegado a las bandas, ligero, pirotécnico, cargado con la responsabilidad de divertir y emborrachar al Metropolitano, en complicidad de fábula con Teófilo, Barranquilla deliró y el equipo de los Char ganó dos ligas seguidas, la Copa Colombia y la Superliga". Crédito: Colprensa/Sofía Toscano

En el plano internacional, los futboleros recordarán su gesta en Copa Sudamericana contra Defensa y Justicia: con el Junior perdiendo tres a cero en Argentina, humillado, bailado, arrinconado, la joya se inventó un golazo que puso al Tiburón agónicamente en semifinales. Rememorar su paso por Barranquilla es corroborar que era inevitable no dejarse contagiar por la hipérbole y la histeria con la que colectivamente afirmamos, celebramos, agradecimos, el nacimiento de nuestra próxima estrella. 

Si bien para nadie es un secreto que el tiempo del fútbol (léase el tiempo del mercado) es frenético e insondable, no deja de inquietar pensar en que hace poco más de tres años el nuevo chico prodigio de la Premier, la liga más competitiva y exigente de la tierra, daba a conocer sus trucos en las desniveladas y ahuecadas canchas de nuestro fútbol.

Mucho menos probable, pero acorde al mito del zurdo, sería que el “desde hace tiempo” del alemán se refiriera al origen.

A Barrancas, el remoto caserío guajiro (a 100 kilómetros de Riohacha) en el que bañado en un calor desértico, sin nada más que la pasión, su don y el gusto de su padre por el fútbol, Díaz aprendió los misterios de la pelota. Al espacio y tiempo en el que la joya por la que el Porto pagó 7 millones de euros y el Liverpool 45, pudo haberse extraviado, apagado o desaparecido en la polvareda y la hojarasca que cubre los márgenes de ese precario “país del norte”, históricamente olvidado y abandonado por el establecimiento.  

Si Klopp llegara hasta el génesis del relato de Luis se encontraría con que el éxito de su nueva estrella es una muestra arquetípica de la negación de la estadística, la razón y la norma. Agradecería en silencio, o acaso en una rueda de prensa, que por una inexplicable anomalía en el sistema, el zurdo que no deja de sonreír en los entrenamientos, ni en los partidos, ni en el camerino, pudo contradecir el destino colectivo que en Colombia condena a millones de niños que nacen como él en suelos a los que no llega el Estado a entregarle sus talentos e ilusiones a la escasez y la penuria. No podría sino sorprenderse al saber que el gran hito del último mercado de fichajes europeo, hasta los 17 años –cuando vino a Bogotá a probar suerte en la convocatoria para la Selección Nacional Indígena– no tuvo contacto alguno con el profesionalismo, escasísima formación escolar y no supo, hasta la mayoría de edad, lo que es irse a dormir con las necesidades nutricionales satisfechas.

Le preguntaría, apoyado en su asistente que habla perfecto español y portugués y que le ha servido de intérprete con Díaz, que cómo hizo para convencer en la capital, aterido de frío, inexperto y raquítico, al Pibe Valderrama –miembro estelar del cuerpo técnico de aquella selección indígena que en 2015 quedó subcampeona de la Copa Americana Indígena celebrada en Chile– de que su don para domesticar el balón y pensar y correr más rápido que los demás merecían la oportunidad de alejarlo del caserío. No podría sino expresar su admiración al ver su frenética evolución desde que Valderrama, después de verlo desplegar sus trucos y hacer un par de golazos en Chile, se lo recomendó con urgencia y con énfasis al Junior. Comentaría, contrariado, conmovido, sobre el tratamiento nutricional que recibió en el Barranquilla F.C. –club filial del Junior– para ponerse al día con el peso mínimo que exige el fútbol profesional con el que ganó diez kilos.

Mirándolo sonreír con la risa inconsciente y sin remedio del que todavía no sale del ensueño, le aconsejaría no ahorrarse ningún esfuerzo para traducir su revuelo mediático en visibilidad y atención para los despojados e ignorados pueblos indígenas. Algo tienes que hacer, le diría en imperfecto español, si indagara mínimamente en la situación de los wayuu, la comunidad indígena de Díaz, para que los más de 115.000 niños en riesgo de desnutrición en La Guajira, y las más de 120 muertes por desnutrición infantil en 2021 dejen de ser paisaje y cifras.

Quizá llegarían a la conclusión de que el gran reto del flamante 23 del Liverpool debería ser, además de seguir poniéndole color a la opaca Liverpool, erigirse como el gran símbolo de resistencia y poder indígena. Para que su comunidad, junto a todas las demás, entre de verdad en el núcleo de la conversación y tenga acceso a una vida digna. Lo que nos tienen por decir y por enseñar trasciende la efímera felicidad del fútbol.