12 Mayo 2022

Negros ilustres hablan del racismo en Colombia

Crédito: Foto: Yamith Mariño

El racismo en Colombia existe y es un tema del que hay que hablar. Los constantes ataques a las comunidades negras y a las figuras políticas demuestran los vacíos educativos de nuestro país y dan cuenta de una realidad que no se ha querido aceptar.

Por: Patricia Lara Salive

Apenas terminó la clase de pintura que le daban en un exclusivo colegio de Bogotá, esa niña trigueña, de pelo crespo, nariz algo ancha y cuatro años de edad, se acercó a la fila en la que sus compañeritas esperaban el turno para depositar en la canasta de la ropa sucia sus delantales manchados de pintura, se quitó el suyo e intentó colocarse en la fila. Pero una muchachita de su misma edad, blanca y altanera, la empujó y le dijo:

"Vete, con negras no jugamos".

Entonces la niña optó por aislarse de sus compañeras y dedicarse a leer. Así, en los recreos, mientras las otras niñas jugaban, ella leía. Y se convirtió en la mejor alumna. Y el golpe que desde niña le propinó el racismo la catapultó a la cima de la academia. Pero le dejó una huella que no cesa porque, como dice Francia Márquez en su entrevista para Cambio, “el racismo daña, el racismo lastima, el racismo hiere, el racismo mata”. 

Más doloroso que el caso de esa niña ha sido el de la fórmula vicepresidencial de Gustavo Petro, Francia Márquez, a quien en los trinos y en las redes sociales, innumerables veces han insultado y han pintado como un mico, y el de tantos millones de negros y de negras quienes, además de la discriminación que sufren por el color oscuro de su piel, padecen la violencia que se vive en sus territorios, y la exclusión que les genera la pobreza: las cifras hablan por sí solas: de los 4'671.160 colombianos que, según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida, en 2018 se reconocían como negros (eso es casi la décima parte de población), el 41 por ciento vivía en situación de pobreza y el 17,4 por ciento padecía pobreza extrema. Pero los índices promedio de pobreza monetaria para todo el país eran, en ese año, de 27,0 por ciento, y los de pobreza extrema llegaban al 7,2 por ciento. Es decir que, en la población negra, la proporción de personas que vivía en pobreza era casi el doble de la del resto del país, y 2,41 veces más la que vivía en pobreza extrema. Y luego, con la pandemia, esas cifras tuvieron que empeorar, porque en el 2021 el índice de pobreza del país había subido del 27 al 42,5 por ciento, y el de pobreza extrema se había elevado del 7,2 al 21,2. 

En el caso de la educación, también hay desequilibrio en contra de los negros: el porcentaje de ellos que ha terminado el bachillerato está cerca de dos puntos por debajo del del resto de la población. Y según la Comisión de la Verdad, en materia educativa, el 30,17 por ciento de esos grupos étnicos indicó que sufre rezago escolar. Y en lo que se refiere al acceso al agua potable, la diferencia es aterradora: la proporción de negros con privaciones de acceso a ese líquido fundamental es cinco veces mayor que el del resto de la población. Y sobre el impacto de la violencia y el desplazamiento en la población negra da vergüenza hablar: según la Comisión de la Verdad, a fines de septiembre de 2020, mientras el porcentaje de desplazados de la población en general era del 15 por ciento, en el caso de los negros era de 37,5 por ciento. Y según la misma entidad, 38,38 por ciento del total de víctimas del conflicto en Colombia son negros. Y un poco más del 35 por ciento de los líderes sociales asesinados entre 2015 y 2019 también eran negros. Y si se recuerda que la proporción de negros en el país es algo menor al 10 por ciento, se entiende la dimensión del racismo y de la discriminación que en su contra hay en Colombia, así como el olvido en que el Estado ha tenido a esas poblaciones.

Por otra parte, según la sentencia T572 de 2017 de la Corte Constitucional, en Colombia, “la estructura ocupacional del primer empleo (…) revela profundas desigualdades entre grupos raciales. El primer empleo para los individuos negros se caracteriza por el predominio de trabajos manuales de baja calificación (73 por ciento frente a 49,5 por ciento)”. 

Ahora, en el caso de las mujeres negras, las consecuencias del racismo y la discriminación son mucho más palpables, como lo afirma Francia Márquez en la entrevista que le dio a Cambio: “Las mujeres tenemos esa interseccionalidad de raza, clase y género”, dice. “A nosotras no nos discriminan solo por ser mujeres; también por ser mujeres negras y por ser mujeres empobrecidas”. Y las cifras le dan la razón: la tasa de pobreza en los hogares que tienen madres negras como cabezas de familia, es del 47,9 por ciento, muy superior a la del país en general. Y según el Dane, afirma Francia Márquez, “las mujeres negras viven seis años menos que el resto de las mujeres de la sociedad”.

Por eso no es de extrañar, como dice ella, que en su comunidad no haya agua potable. “Eso también es racismo”, afirma. “Racismo no es solamente que me digan vea, Negra; racismo es la exclusión” del desarrollo que el Estado ha hecho en esos territorios empobrecidos, pues el Estado considera “que la gente que está ahí no merece que inviertan socialmente” en ella.

Sin embargo, el chocoano Luis Gilberto Murillo, fórmula vicepresidencial de Sergio Fajardo, da una explicación más amplia de la razón del atraso de esos territorios: “Parte de la explicación tiene que ver con la historia de racismo estructural que tiene el país, porque no se han hecho las inversiones necesarias. Parte con la situación de corrupción que se vive en el departamento (del Chocó). Pero también está asociado a un tema que va más allá de la población negra, (y es) al hecho de que el país ha concentrado el desarrollo, la toma de decisiones del poder y la acumulación de riqueza, en un área específica, que es el área andina”.

Leyes perfectas


Ese desequilibrio y esa discriminación ocurren en Colombia no obstante que nuestra legislación antirracismo es cercana a la perfección. El artículo 13 de la Constitución dice, por ejemplo:

“Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica. El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados”.

Por otra parte, Colombia suscribió las Convenciones Interamericanas contra la discriminación racial y todas las formas de intolerancia. Y la Ley 1482 aborda el racismo y tiene como objeto garantizar la protección de los derechos de una persona, grupo de personas, comunidad o pueblo, que sean vulnerados a través de actos de racismo o discriminación.

Y no obstante que la Constitución reconoce el carácter multiétnico y pluricultural del pueblo colombiano; de que existen esas leyes; y de que el país ha suscrito esas convenciones internacionales, la Corte Constitucional, en diversas sentencias, ha dejado claro que, en Colombia, existe en efecto la discriminación racial, como lo dice en su entrevista para Cambio Luis Gilberto Murillo

De hecho, en la sentencia T- 098 de 1994, la Corte definió la discriminación como “un acto arbitrario dirigido a perjudicar a una persona o grupo de personas con base principalmente en estereotipos o perjuicios sociales, por lo general ajenos a la voluntad del individuo, como son el sexo, la raza, el origen nacional o familiar, o por razones irrelevantes para hacerse acreedor de un perjuicio o beneficio como la lengua, la religión o la opinión política o filosófica (...)”. 

Y en la sentencia T691 de 2012 la Corte dice que “resulta pertinente precisar que el racismo no es una tendencia natural de los grupos humanos o de las personas. Ha dicho el profesor Van Dijk que es “(…) un invento social para detentar poder y para mantener una situación de privilegio sobre otros cuyo origen, apariencia o cultura son distintos”, con lo cual, queda evidenciada la posibilidad de transformación que desde la sociedad puede lograrse respecto de tal construcción”.

De modo que ese invento social que es el racismo surge del ansia que padecen los que detentan los privilegios y se consideran superiores, de dominar a quienes perciben como inferiores porque los ven diferentes a ellos. Y esos señalamientos que se les hacen a los negros, y que los hacen sentir diferentes, les hiere su autoestima y se les instala en el inconsciente hasta el punto de que muchos acaban creyendo que, en efecto, son inferiores. 

“Yo creo que cuando uno está pequeño, no identifica que es discriminado”, afirma en su entrevista para Cambio la periodista Mábel Lara. “Pero sí identifica que es diferente. Y esa otredad se la marca a uno la persona que lo señala, porque uno no la siente”. Y Mábel cuenta: “Recuerdo que llegué a mi casa una vez a preguntarle a mi mamá que yo qué era, que si era café con leche, que qué venía siendo, porque los otros me identificaban como diferente, como negra, como distinta. Y le preguntaban a mi papá si yo era adoptada: no se imaginaban que él podía tener una hija negra. Y para una niña que andaba de la mano de su papá era como un insulto: ¿cómo así? Si este es mi papá, ¿cómo no lo entienden? Y mi papá respondía: esta es mi Negrita, azul como la noche”.

Esos comentarios, explica Mábel Lara, hacen parte de un lenguaje que no se identifica como racista, pero en el cual el racismo está presente. Como lo está en tantos hechos de la vida cotidiana: por ejemplo, en la estigmatización contra la gente de pelo crespo, “pelo malo, pelo chuto, pelo puto, como se le dice en el Pacífico”, afirma ella. Son “esas raíces negras que se quieren esconder”, agrega. Ese pelo apretado que Francia Márquez, a los 14 años, alisaba a base de keratina para verse “más bonita” porque, seguramente, como la mayoría de las mujeres negras, había vivido con el complejo de sentir que la gente de su raza es fea porque no cumple con los patrones estéticos de la raza dominante. 

Y el racismo grita cuando a Paula Moreno, exministra de Cultura de Álvaro Uribe, como lo contó ella una vez, no la dejaron entrar a un restaurante en Cartagena porque era negra. Y cuando, como recuerda la estrella del fútbol de los años 70 y 80, Willington Ortiz, en entrevista para Cambio, él comenzaba a jugar como profesional en Cali y se sentaba en un lugar diferente al de los blancos y mestizos en el restaurante que les tenían asignado a los miembros del equipo. 

Y el racismo se manifiesta también cuando, como dice Willington, se observa que, en esa ciudad, una de las más racistas de Colombia, casi todas las empleadas domésticas son negras. Es que, como cuenta Luis Gilberto Murillo, los negros tienen que sufrir discriminaciones frecuentes, como aquella de la que él fue objeto cuando quiso arrendar un apartamento en Bogotá, le pusieron toda clase de trabas y luego le dijeron que ya el inmueble había sido alquilado; pero cuando su esposa, rusa, fue a preguntar por la vivienda, se la arrendaron sin problema. Porque, como afirma él, para los negros todo es más difícil. “Para nosotros todo es una lucha, es un desgaste”, dice, “porque como nosotros no somos de apellidos de abolengo, ni de la élite… Y además partimos de la sospecha, partimos de la presunción de culpabilidad y no de inocencia”. Y Francia Márquez lo reitera de la misma manera, a propósito del trato que les dan a las negras en sus lugares de trabajo: a uno le requisan “el bolso cuando va a salir de la casa porque tienen una sospecha de que somos ladronas”. 

“La raza se mejora”

Son tales las humillaciones que sufren las personas de raza negra, que es común que, en dichas comunidades, los niños crezcan con la creencia de que deben “mejorar la raza”, es decir, que deben buscar, cuando sean mayores, tener hijos con personas de raza blanca. 

Y es que el estigma contra los negros ha llegado hasta tal punto que no solo Fray Bartolomé de las Casas afirmó que los negros no tenían alma, sino que el cuadro de Juan José Nieto, el único presidente negro que ha tenido Colombia, quien subió al poder en 1858, siete años después de la abolición de la esclavitud en Colombia, y fue novelista, militar, masón, gobernador y congresista, duró 157 años sin hacer parte de la galería de retratos de los presidentes que hay en la Casa de Nariño. Solo el 2 de agosto de 2018, cinco días antes de dejar la jefatura del Estado, el presidente Juan Manuel Santos le hizo justicia, e instaló un cuadro del presidente Nieto en la galería de los mandatarios de Colombia. Pero la historia de su retrato es peor aún: según averiguó el periodista Gonzalo Guillén, un cuadro que se pintó de Nieto mientras él estaba vivo duró muchas décadas "tirado en las mazmorras del Palacio de la Inquisición de Cartagena", y fue enviado a París para ser blanqueado “y borrar la vergüenza de que alguien importante fuera negro".

Porque, como dice Luis Gilberto Murillo, la gente todavía no está acostumbrada a ver a los negros en escenarios de poder. Por eso, -cuenta-, cuando él e Íngrid Betancourt ingresaron como precandidatos a la Coalición de la Esperanza y Juan Manuel Galán dijo que había que reducir el número de aspirantes, él consideró “que las formas no eran las adecuadas”, se retiró de la coalición y preguntó: “¿será que no soportan la llegada de una mujer y de un negro?”

Murillo piensa que “para las poblaciones en condición de exclusión y sobre todo histórica (es el caso de las mujeres y de la población negra), las formas son importantes. Nosotros llegamos con Íngrid y ahí fue que se dio toda la discusión interna de que había muchos candidatos. Después ya públicamente Juan Manuel lo dijo. Pero esa discusión fue interna y casi todos dijeron eso. Entonces no fueron sensibles a la experiencia de población en situación de exclusión, donde la forma es importante porque nos golpean la autoestima todos los días (…Y) dije: no, yo no puedo estar aquí porque no están listos para la inclusión (…) Nosotros somos muy sensibles a sentirnos rechazados”.

Luis Gilberto Murillo y Mábel Lara son conscientes de que, si ellos no hubieran sido negros, no los hubieran escogido como fórmula vicepresidencial y como cabeza al Senado por el Nuevo Liberalismo respectivamente: los representantes de sus grupos políticos tenían que mostrar que sus políticas eran incluyentes. 

Sin embargo, Murillo es enfático en afirmar: “Si Sergio Fajardo no toma la decisión de que yo fuera su fórmula vicepresidencial, Francia no sería la fórmula vicepresidencial de Gustavo Petro. Se lo estoy diciendo para abrir un debate franco”, agrega.

¿Qué hacer para acabar el racismo?

El racismo es un “problema estructural con un fuerte arraigo social”, dice la Corte en su Sentencia T-015/15.
 
Por ello, lo primero que hay que hacer para acabar con el racismo, es reconocer que existe. Y no solo a nivel general y de políticas públicas. También a nivel personal. Por esa razón, quienes se sienten blancos o mestizos y consideran que no son racistas, harían bien en preguntarse y responderse con sinceridad: ¿cómo vería yo que mi hijo o mi hija de casara con una persona de raza negra?

“La negación de la existencia del racismo es, precisamente, una expresión del racismo. Una de las categorías del racismo es la negación,” insiste Francia Márquez, y agrega: “Reconocer que la sociedad no racializada tiene un privilegio en relación con la sociedad que ha sido racializada, es parte del desafío para avanzar en el cambio”.

Murillo coincide con Francia: “La gente no quiere aceptar (que hay racismo), a pesar de que la Corte Constitucional lo ha dicho, lo ha documentado (…) ¿Y de dónde venimos” ?, prosigue. “De la negación de nuestra humanidad. A nosotros no nos han humanizado todavía. Por eso cuando asesinan jóvenes (negros) pareciera que no es un problema del país o lo ven de una manera muy paternalista. ¡No! Necesitamos que se reconozca que hay una situación de discriminación racial y de racismo y que se generen las políticas desde el Estado, pero también desde la misma sociedad (…) para poder entendernos (…) y lograr que nosotros podamos vivir de manera digna en Colombia y ser parte de la sociedad colombiana (…) Y eso requiere políticas de Estado; y requiere de mucha concientización y educación”.

En la convicción de que es prioritario brindarles educación de calidad a las comunidades negras para superar el racismo, coincide Willington Ortiz: “Si tú te educas y estás de igual a igual con la otra persona, estás a la par. Si te dicen que tú eres negro, tú tienes manera de contestar. Se acaba la dificultad (…) El problema es cuando a ti te dicen que eres negro, que eres inferior por raza, y te la crees. Pero cuando tú no te la crees, (y) tú dices no, yo estoy a tu mismo nivel, o por encima (del) tuyo, no hay ningún problema”.

Para concluir, Mábel Lara afirma: “Yo sí quisiera invitarlos a hablar del racismo en Colombia. Me molesta cuando dicen que el racismo en Colombia no existe. Los ataques contra figuras como Francia Márquez y otras personas, que se han lanzado a la política, están evidenciando esas conversaciones privadas que se están haciendo públicas en el país, y que indignan y duelen porque (nos hacen sentir que) el país está fallando. Esta explosión de racismo en Colombia lo que nos muestra es que tenemos que trabajar desde la educación y poner el foco en las mujeres negras colombianas, porque lo que pasa con una figura como Francia Márquez, es que la gente no entiende que las mujeres, sobre todo las negras, a quienes las ubican en espacios de servilismo, tal vez puedan llegar a dirigir la nación. Eso nos sirve de ejemplo para hablar del tema y sacar todo ese odio”. 

Y nos sirve también para que ojalá llegue un día en el que, a los niños negros, de tres, cuatro y cinco años, nunca, nadie, vuelva a decirles: “Vete, porque con negros no jugamos”.